lunes, 26 de junio de 2017

Memorias de una joven formal - Simone de Beauvoir


Título original: Memoires done Jeune Fille Rangée
Traducción: Silvina Bullrich
Edición: Editorial Sudamericana (10ª ed. septiembre 1970)
Páginas: 387
Precio: 9,00€ (en librería de Segunda Mano por encontrarse la obra descatalogada. ¿Por qué? ¿Por qué hay libros tan bellos descatalogados y tan difíciles de encontrar? No se darles respuesta a estas preguntas).
Calificación: 9/10
«Papá solía decir: "Simone tiene un cerebro de hombre. Simone es un hombre". Sin embargo, me trataba como a una mujer (...) No me desesperaba. Confiaba en mi porvenir. ». (Pág. 135)
Simone, mi admiración por usted aumenta, si eso es posible, a medida que voy profundizando en su vida, no sólo por la intensidad con la que vivió la misma, que en muchos aspectos, quizás pueda no ser muy diferente a la de otras personas, sino por la honestidad que como el vapor de la tierra caliente mojada tras una tormenta de verano desprende cada una de sus líneas. Si bien no tuvo una infancia con penurias económicas graves gracias a la buena posición económica de su familia que, aunque arruinada, logró conservar un mínimo de desenvoltura pragmática, sí pasó una época de gran profundidad introspectiva, cuestionándose desde muy pequeña el porqué de la vida, intuyendo que hay mucho más detrás de eso que intentaban convencerla de que era "vivir", buscando y luchando por su pasión, su voluntad de hacer y de hacerse a sí misma.
«En particular no deploraba ser mujer. (...) No tenía hermano: ninguna comparación me reveló que algunas licencias me eran negadas a causa de mi sexo; sólo imputaba a mi edad las privaciones que me infligían; sentí vivamente mi infancia, nunca mi femineidad. Los varones que yo conocía no tenían nada prestigioso» (Pág. 61)
Simone, su madre y su hermana Hélène.
Simone nació «a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles pintados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail», bulevar parisino burgués. Su padre, Georges Bertrand de Beauvoir fue durante esos primeros años abogado de profesión, si bien era actor de vocación. Su madre, Françoise Brasseur era una mujer profundamente católica y conservadora que desde el primer momento se arrogó la misión de educar a su hija en los valores típicos de su clase social, a saber, convertirla el día de mañana en una mujer casadera capaz de coser, tocar el piano, recibir visitas y sonreír con dulzura a cuantos la rodeasen. El nacimiento, dos años después, de Hélène, a la que llamarían cariñosamente Poupette (algo así como muñequita), afianzó a la madre en esa delicada misión de conservar la pureza de las niñas, educarlas en los valores cristianos y formarlas como mujeres burguesas de familia mientras que provocó en el padre una reacción adversa puesto que él siempre había deseado tener un hijo varón. Esta situación es la explicación por la cual, según Simone, los primeros años de su infancia carecieron de una presencia paterna más allá de su aparición a última hora de la tarde cargando un «portadocumentos lleno de cosas intocables llamadas expedientes» mientras que la presencia de la madre «más lejana y más caprichosa», aunque con necesidad de su sonrisa, estaba mediatizada por los cuidados de su niñera Louise, a quien debía su «seguridad» cotidiana. 
«La naturaleza me descubría, tangibles, cantidad de maneras de existir a ls que nunca me había acercado (...) Aprendí las mañanas ingenuas y la melancolía crepuscular, los triunfos y las decadencias, los renacimientos, las agonías. Algo en mí un día coincidiría con el perfume de las madreselvas. » (Pág. 
La infancia de Simone transcurrió rodeada de primos y tíos, abuelos, amigos de sus padres, cuidados, atenciones «protegida, regaloneada, divertida con la incesante novedad de las cosas, (...) era una niñita muy alegre». Caprichosa, espontánea, pizpireta, Simone era una niña sociable que usaba a su hermana como muñeca de juegos y que pronto mostró un interés por los libros, fomentado por su padre, y una gran devoción religiosa, fomentada por su madre. La Primera Guerra Mundial dio un giro radical a la vida de los Beauvoir. El abuelo paterno de Simone, director del Banco de la Meuse, tuvo que declararlo en quiebra y los Beauvoir se vieron expulsados de la élite aristocrática a la que habían pertenecido, si bien conservaban los valores burgueses como un mástil firme al que agarrarse. Simone se refugió aun más en sus libros y en su sentimiento religioso. Desaparecida la dote que garantizaba el matrimonio social y conveniente de ella y de su hermana, lo único que les quedaba era estudiar y trabajar en el futuro, un destino que Simone aceptó encantada pues a pesar de ser una "joven formal» sentía ya un sentimiento de rebelión hacia el matrimonio y hacia todo lo que supusiese la sumisión a otra persona.
«Siempre consideré con disgusto el casamiento. No veía en él una servidumbre pues mamá no tenía nada de oprimida; era la promiscuidad lo que me chocaba. "¡De noche en la cama, uno ni siquiera puede llorar tranquilamente si tiene ganas!, me decía aterrada. (...) a menudo de noche, lloraba por placer» (Pág. 79) 
Simone de Beauvoir y Zaza.
Con un lenguaje directo pero bello, un estilo envolvente y detallista, Simone nos sumerge en su vida de adolescente y la contemplamos pasear por la propiedad de su abuelo en Mayrignac con su libro bajo el brazo, disfrutando de los amaneceres en soledad, pasando sus dedos por las altas hierbas y matorrales, la brisa matinal acariciando su rostro y enredando sus piernas en los faldones de su desgastado vestido, corretear con su hermana por los caminos de tierra, hablar extasiadas de una puesta de sol. Con la adolescencia Simone se vuelve una chica crítica, rebelde, inconformista, curiosa e introvertida, a la que le sigue gustando hablar pero que ha aprendido a disfrutar de su soledad y también a callar aquello que no debe decirse porque no es conveniente para una señorita de bien. Se calla su primer amor, el que siente por su primo Jacques, un joven volátil y culto que se convierte también en su despertador literario y artístico. Silencia también la pérdida irremediable de la fe que la hizo pasar de una vocación religiosa infatigable a un sentimiento de liberación por no ser más un «mono» en las manos de un Dios que ya no contestaba sus preguntas. Sin palabras acepta el alejamiento de su madre quien no la perdona su caída en el ateísmo y se resigna a la indiferencia de su padre, dolido porque no la perdona que naciese mujer. «Aprendí la clandestinidad», confiesa una dolida Simone.
«Felizmente no estaba condenada a un destino de ama de casa. Mi padre no era feminista; admiraba la sabiduría de las novelas de Colette Yver donde la abogada, la doctora, terminan por sacrificar su carrera a la armonía del hogar; pero necesidad es ley: "Ustedes, hijitas, no se casarán", repetía a menudo. "No tienen dote, tendrán que trabajar"». (Pág. 114)
Simone dedica la mayor parte del día a estudiar en la Biblioteca Nationale, primero devorando todo cuanto caía ante sus ojos, después depurando su sentido crítico seleccionando a los grandes de la Literatura (Louisa May Alcott, Colette, Coucteau, Victor Hugo, Proust...) y de la Filosofía (Leibniz, Kant, Aristóteles). Sueña con escribir un libro en el que contarlo todo, todo, toda su verdad, todo su día a día, exhaustivo como un diario pero dotado de reflexiones en un intento de atrapar la vida y que no sea ésta la que le atrape a ella. La lucha contra el nihilismo que se ha instalado en su vida como un visitante inesperado y no invitado será una constante en Simone durante esos años. 
«Me enteré con estupor leyendo una noticia de policía que el aborto era un delito; lo que ocurría en mi cuerpo sólo me incumbía a mí; ningún argumento me hizo ceder». (Pág. 205)
Compagina sus encuentros con sus amigos, especialmente con Elisabeth Lacoin (a quien ella llama cariñosamente Zaza) con sus paseos por el París de la época. Y con Simone paseamos por sus calles, descubrimos la magia de las tertulias en Cafés, bebemos un ginfizz en el Jockey, acariciamos los lomos de los libros de la biblioteca Nationale, y, como si de una amiga íntima se tratara, la acompañamos en el discurrir de sus reflexiones, observando cómo de forma valiente se enfrenta a sus miedos de aquella época, a las mentiras que ella misma se contaba, y, sobre todo a su condición de exiliada. Así llamaba Simone a su status de esa época, denominándolo exilio, un exilio doble provocado por un lado por su expulsión de la élite social de la que antes hablábamos y por otro por su autoexpulsión de la vida que por entonces se consideraba que una «joven formal» debía llevar. Simone es una de las primeras alumnas de Filosofía de la Universidad de la Sorbona, pertenece a la clase de los "intelectuales" despegada de Dios, del determinismo vital de la mujer de su época, rodeada de libros y de ideas ¡qué peligroso! Logra que sus padres, con el paso del tiempo, vayan aceptando su curiosidad cultural, soltando las amarras que la ataba a ellos, rompiendo el cordón. Su admiración por Garric, el creador de Los Equipos Sociales, (antecedente de lo que en España se conocería durante la Segunda República como "Misiones Pedagógicas"), la llevó a convencerse de su vocación pedagógica. Esa admiración que llegó a ser un auténtico amor platónico, la alejó aun más de su familia. Sin embargo, pronto esa vocación fue siendo sustituida paulatinamente por otra: la Filosofía.
«Yo no tenía ideas subversivas; en verdad, no tenía ninguna idea, sobre nada; pero todo el día me ejercitaba en reflexionar, en comprender, en criticar, me interrogaba con precisión la verdad: ese escrúpulo me volvía inepta a las conversaciones mundanas». (Pág. 193)
Sus clases en la Sorbona le abren las puertas a un mundo nuevo. En primer lugar, la permite el acceso a libros de canto dorado que contienen un saber hasta ese momento inaccesible para ella. En segundo lugar, comienza a conocer gente afín a ella, despegándose del trampolín que su primo Jacques supuso en su vida para ahondar en debates, discusiones, intercambios de ideas, construcción de su propia autoestima. En tercer lugar, es en la Universidad de la Soborna donde entra en contacto por primera vez con las corrientes de izquierdas. Aunque, en ocasiones, sigue considerándose en el exilio, ya no se ve a sí misma como un ser extraño. Siguen conviviendo en ella ramalazos de su educación burguesa, que dan los últimos coletazos como si de un pez moribundo se tratase. Simone no puede evitar soñar, de vez en cuando, con un futuro con Jacques, recibiendo visitas en su casa, reintegrándose en la sociedad a través de ese matrimonio. 
«Me gustaba mucho la frase de Lagneau: "No tengo más sostén que mi absoluta desesperación." Una vez esa desesperación establecida, como yo seguía existiendo, debía arreglármelas en la tierra lo mejor posible, es decir, hacer lo que me gustara». (Pág. 259)
Simone y Sartre
La pelea interna entre la educación recibida y sus propios deseos es agotadora. Pero finalmente, como a día de hoy sabemos, ese matrimonio nunca se celebrará. Simone seguirá estudiando, licenciándose en Filosofía en 1928. En ese camino universitario le acompañarán su nuevo grupo de amistades: Simone Weil, Pradelle, Stépha, Merleau-Ponty, Lévi-Strauss, Nizan, Herbaud -quien, en realidad se trata de René Maheu-, y, por supuesto, Sartre (a quien conocería a través de Herbaud su «compañerito»). Junto a este grupo permanecen leales e inamovibles sus dos principales apoyos, sus almas complementarias: su hermana y su amiga Zaza. Es precisamente Herbaud quien comienza a llamarla por el apodo con el que Sartre seguiría llamándola toda su vida: 
«Un día escribió (Herbaud) en mi cuaderno en grandes letras: BEAUVOIR=BEAVER (castor en inglés). "Usted es un castor —dijo—, los castores andan en banda y tienen espíritu constructivo». (Pág. 348)
En definitiva, esta obra, la primera de sus memorias, está escrita con una sinceridad tan plena que conmueve. Simone remueve en su pasado, profundiza en esa tierra a veces árida, a veces fértil, bailando del sentimiento piadoso al nihilismo, de la desesperanza al optimismo más tenaz en su futuro, del exilio al refugio, abonando, sin saberlo, desde su más tierna infancia, el terreno del existencialismo, de la identidad de género, de la dialéctica filosófica que luego marcaría su vida. 
«Lo que soñaba escribir era una "novela de la vida interior"; quería comunicar mi experiencia. Me parecía sentir en mí "un montón de cosas que decir"» (Pág. 223)
Este primer volumen acaba en un punto álgido y trágico en la vida de Simone. A medida que nos vamos acercando al final intuimos una desgracia. El tono va alcanzando un dramatismo, una irreversibilidad hasta ese momento desconocidos. Simone comienza a volar, a tener cada vez más claro que su destino no es casarse sino hacer algo importante, transcender, pero paralelamente a ese alzamiento su amiga, la persona que ha sido su sombra de vida, su espejo, comienza a encogerse. La alegría de Simone se ve contrarrestada por la amargura de Zaza; la primera brilla, la segunda se apaga. 
«Juntas habíamos luchado por el destino fangoso que nos acechaba y he pensado durante mucho tiempo que había pagado mi libertad con su muerte». (Pág. 387)
Decía Franz Kafka que «la literatura es siempre una expedición a la verdad». Gracias, querida Simone, gracias por decidirse a contarnos su verdad, su vida interior, su autobiografía espiritual, gracias Simone, querida Simone.



Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

jueves, 22 de junio de 2017

Dame tu corazón - Joyce Carol Oates


Título original: Give Me Your Heart
Edición: Gatopardo ediciones (1ª edición, febrero 2017)
Traducción: Patricia Antón de Vez Ayala-Duarte
Páginas:337 
ISBN: 978-84-945100-6-9
Precio:19,95
Calificación: 9/10

Desde hace años, cuando se va acercando la fecha en la que se anuncia el ganador del Premio Nobel de Literatura, el nombre de Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) aparece siempre en las apuestas. Y no es de extrañar. Lo extraño, más bien es que no lo haya ganado aún. Leyendo este libro de diez relatos publicado en 2010 y que ha sido traducido este año por Gatopardo ediciones entiendes por qué esta escritora está entre las más grandes de la literatura contemporánea. Oates es una araña, animal al que recurre con cierta frecuencia, y leer un relato suyo es como contemplar a esa araña tejer paso a paso, sin prisa pero sin pausa, una preciosa y artística red en la que nosotros, como moscas ingenuas y atolondradas, caemos.

Los protagonistas de sus relatos suelen caminar como equilibristas en la cuerda floja entre la cordura y la locura, entre el autocontrol y la explosión incontrolada. Y ahí es donde Oates demuestra su maestría: en la ausencia de miedo. Oates perdió el miedo a profundizar en el lado más oscuro de la mente humana, en la fosa más sórdida. Si leer a otros autores es como observar un armonioso paseo a nado por un hermoso lago canadiense, leer a Oates es sumergirse en una tenebrosa cueva submarina a pulmón donde no sabes qué te vas a encontrar ni cómo vas a salir... si sales. 
«Invisible tanto de día como de noche, sigo hilando la tela que brota de mis entrañas, incansable y leal... Feliz». (Pág. 27)
En el primer relato, que da título al libro, Dame tu corazón, una mujer rencorosa y obsesionada con el que fue su primer amor, le escribe una carta muchos años después reclamándole ese corazón que le fue prometido en su momento, cuando ella, una joven estudiante, se sentaba tal y como vino al mundo sobre las rodillas desnudas de un hombre mucho mayor que ella, el doctor K. Durante todos estos años no sólo no le ha olvidado sino que le ha observado de cerca sin que él lo supiera, como una araña, sigilosamente, silenciosamente. 
«En ese instante en el que empuja suavemente la puerta, ella ve todo eso, igual que el fogonazo de un único relámpago puede iluminar un paisaje nocturno de retorcida e inimaginable complejidad». (Pág. 35)
El segundo relato, Cerebro/Escindido es ese fogonazo que alumbra la cara de la protagonista de una película de terror justo antes de morir. El lector suplica mientras lo lee, «vete, sal de ahí» y a veces parece que lo va a hacer, que sí se va, pero otras ves cómo la apuñalan. Oates da saltos en el tiempo, se adelanta al pensamiento del lector y juega con nosotros de forma retorcida con una inimaginable complejidad. 
«Sonrió al pensar que, como una boa constrictor que engulle viva a su presa paralizada por el terror, su secreto envolvería al de Valerie y, con el tiempo, lo engulliría». (Pág. 52)
Como en el primer relato, aparece en El primer marido una obsesión, la de los celos. Un exitoso abogado encuentra por casualidad unas antiguas fotos de su mujer con el que fue su primer marido. Las mira, las estudia, las memoriza, regresa a ese cajón donde están guardadas una y otra vez, subrepticiamente, como una serpiente de cascabel. Pero esa serpiente va creciendo, se convierte en boa, y acaba devorándole a él. 
«Lo que haces con lo que te han repartido. En eso consiste el póquer». (Pág. 95)
Cuando lees el título del cuarto relato, Strip Poker, y descubres que la narradora es una adolescente de catorce años en bikini que se sube en la lancha de un grupo de treintañeros borrachos, te echas a temblar. Es Oates, con ella no hay final feliz... ¿o sí?
«La amnesia es un desierto de fina arena blanca, deslumbrante bajo el sol, que se extiende hasta el horizonte. La amnesia no equivale al olvido». (Pág. 119)
Asfixia es, sin duda, uno de los mejores relatos de este libro y donde Oates juega con el lector de forma descarada. No es difícil imaginármela riéndose entre diente mientras observa cómo el lector va cambiando de opinión a cada página: ¿es? ¿no es? Una aspirante a artista que se gana la vida como modelo en las Universidades de Bellas Artes comienza a tener sueños recurrentes sobre una niña de dos años muerta por asfixia. Las pesadillas se van perfilando, se vuelven más detalladas, más realistas. Se siente confundida. Hasta que un día ve un titular en el periódico sobre un caso de asesinato que se ha reabierto y las piezas comienzan a encajar en su mente. Sin embargo, cuando la policía acude a interrogar a la madre de la joven, una prestigiosa investigadora en Psicología, conocemos su versión y dudamos. ¿A quién creemos? ¿A la inestable joven ex drogadicta o a la respetable mujer?
«El sol derrama su luz en el puente, en el río, como una detonación a cámara lenta en la que, pese a que miles de personas acaban destrozadas en un feroz holocausto, nadie siente dolor alguno». (Pág. 184)

En el sexto relato, Tétanos, Oates nos muestra su extrema sensibilidad hacia uno de los grandes problemas de la actualidad: la infancia perdida. Sin compasión pero con una indulgencia Oates nos habla aquí de los niños que amenazan como tiranos a su familia, se meten en líos cada vez más graves, se rodean de malas compañías, adoptan de forma precoz roles y se sumergen en un mundo tenebroso que por su condición de niños aún nos genera más desconcierto, rabia e impotencia. El narrador de este relato, un asistente social, intenta poner un poco de luz en la vida de estos menores pero cuenta con muy pocos medios para hacerlo. El sistema jurídico y de bienestar no tiene una respuesta eficaz para estos casos más allá del castigo y él mismo está enfrentando un divorcio que le impide iluminar siquiera su propia vida.
«Lizabeta veía los estratos rocosos y las aguas relucientes que fluían revueltas y ruidosas hasta desembocar en el río, más abajo. Percibía el olor del agua, el olor del lodo. Un hedor intenso y mareante a descomposición invadió sus fosas nasales» (Pág. 226)
En El Torrente un adulto con mentalidad de niño es mandado por su madre a vivir con sus tíos. Lizabeta se resigna a acogerle en su casa y observa en un primer momento, agradecida, cómo este niño grande juega con sus hijas, las cuenta cuentos y permite ser su bufón. Pero las dudas aparecen. El niño adulto es raro. Hace cosas raras. Mira a las niñas de forma rara. Lizabeta debe proteger a sus hijas y toma una decisión impulsiva, inconsciente, como el torrente...
«¿Dónde había estado? Tenía la boca seca, terrosa. Como si hubiera dormido con la boca abierta, tan indefensa en el sueño como una niña pequeña». (Pág. 283)
En Ninguna parte nos presenta como en Strip Poker a una adolescente rodeada de veinteañeros, drogas y alcohol. Una adolescente que odia a su madre pero que lleva ese odio a un extremo casi mortal sin que ella parezca consciente de las consecuencias.
«(...) Refugiarse en sus pensamientos más secretos y prohibidos, pensamientos enfermizos, pensamientos culpables, a los que ni su madre i su padre tenían acceso. Porque hay lugares en el mundo que son como grietas secretas y recovecos en los que podemos refugiarnos, y escondernos, adonde nadie puede seguirnos». (Pág. 287)
El noveno relato, Sangría retoma esa confusión narrativa que ya mencionaba en Asfixia. Oates nos confunde. Los padres sospechan de su hijo adolescente. El lector, a párrafos se posiciona a su favor y a párrafos en su contra. El adolescente se convierte en adulto y un siniestro episodio atraviesa su vida. ¿Qué es realidad y qué es sueño? ¿Cuál es la verdad y cuál es su verdad? 
 «Muchas cosas le resultaban confusas en la oscura zona de su cerebro donde las cosas se perdían». (Pág. 319)
Décimo y último relato de este libro Vena Cava conmueve y aterroriza por igual. Un ex militar regresa a casa tras luchar en Irak. Oates critica aquí como el estado exprime a los soldados y cuando ya no les son útiles les mandan a casa con una vena cava artificial, una medalla y la cabeza llena de recuerdos que les convierten en otras personas diferentes a la que eran cuando les reclutaron. Una clara flecha directa contra el sistema que no es capaz de estar a la altura de las circunstancias.

En conclusión, dice Oates en Sangría que hay grietas adonde nadie puede seguirnos pero nos miente porque Oates sí te persigue, te persigue y se queda. Allá donde nadie se atreve a entrar ella lo hace a pecho descubierto y allá de donde todo el mundo quiere huir ella se queda a observar, diseccionar y narrar. ¡Qué grande es Oates!



martes, 20 de junio de 2017

No, mamá, no - Verity Bargate



Título original:  No Mama No
Traducción: Mireia Bofill
Edición: Rara Avis. Alba (1ª edición. Mayo 2017). 
Páginas: 174
ISBN: 978-84-9065-309-8
Precio: 16,90€
Calificación: 10/10

Mira que me lo he dicho veces: «cuidado con los libros cortitos; son los más peligrosos», pero aun así sigue sorprendiéndome la capacidad que algunas obras tienen para conmoverme, agitar el suelo por el que piso, tambalear mis estereotipos literarios. Este es uno de ellos. Hacía meses que no leía un libro (excepto Oculto Sendero de Fortún) que me embarcase con tanta pasión en la vida de su protagonista, como si pasando su brazo con fuerza sobre mi hombro me dijese, «ven, sígueme, lee atentamente, vive mi historia». Porque es un libro que se vive ya que, la honestidad con la que está escrito y el estilo tan hipnótico que despliega, le convierten en una obra sobre la que es imposible caminar sin acompasar la respiración a su ritmo. Lo cogí a ciegas cuando la lectura de la sinopsis de la contraportada me convenció para incorporarlo a mi catálogo de #MaternidadesLiterarias. Sin embargo, mis expectativas se han visto superadas y eso que, como decía, siempre suelen ser altas cuando el libro es "cortito".
«Lo que más me impresionó cuando me dieran a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada.» (Primeras líneas del libro. Pág. 13)
Sinopsis muy sencilla: una mujer, tras dar a luz a su segundo hijo cae en una terrible depresión post parto porque su deseo de ser madre de una niña no se ha visto tampoco, en esta ocasión, cumplido. ¿Sencilla? Tras leerlo no lo considerará así en absoluto, se lo aseguro. Verity Bargate, nos coloca a bocajarro en el abismo de esa depresión ya en la primera página y a partir de ella nos va deslizando cada vez más en el foso de ese abismo de forma lenta, como si estuviésemos resbalándonos con todo nuestro cuerpo por esa pendiente embarrada, a cámara lenta, sin nada a lo que agarrarnos para evitar la caída, ni una raíz, ni un pedrusco, ni un desnivel en esa cuesta. Jodie, la protagonista, una mujer que vive en el Soho, sorteando dificultades económicas porque tras ser madre ha dejado de trabajar, se obsesiona con que el motivo de su infelicidad es su imposibilidad de poder dar a una hija todo el amor que ella no recibió de su madre. Plantearse tener un tercer hijo, "intentarlo de nuevo", está descartado porque, a pesar de su supuesta locura, reconoce que su matrimonio con su esposo, David, ya está acabado. 
«Se refería a David como "su pobre marido" o "su desgraciado esposo" y habló mucho de él. Hablaba en apartados y fue abriendo cada uno de ellos con una referencia a David. (...)El primer apartado se referió a la infelicidad de David; no dijo nada de la mía.» (Encuentro de Jodie con el psiquiatra. Pág. 43)
A pesar de ello accede a visitar a un psiquiatra pero a su consulta solo acude en una ocasión. Sin embargo, la figura de este médico indiscreto y poco profesional tiene una gran relevancia en la trama pues da énfasis a una idea que aparece en varias ocasiones en el libro: cómo los hombres son capaces de aliarse entre sí para enfrentarse a la mujer incomprendida, y por supuesto, salir victoriosos. Como apunte curioso, la protagonista se refugia en la relectura de sus libros favoritos como una forma de hacer más llevadera su rutina diaria de biberones, pecho y pañales. Algunos de esos libros son Orlando, de Virginia Woolf (de hecho, a ese segundo hijo le llama así, Orlando) o En Grand Central Station me senté y lloré de Elizabeth Smart, o El fin del romance de Graham Greene, todos íntimamente relacionados con el argumento del libro. Nada se deja al azar a pesar de esa verborrea directa y bruta, ausente de pulido.
«—Hay algo que quería decirte —dije—, algo en lo que he estado pensando mucho. Esa vez que me obligaste a abortar, justo antes de casarnos. Apuesto a que habría sido una niña.» (Pág. 52)
Verity Bargate
Apenas he podido encontrar por Internet más información que la que aparece en la bio de la solapa del libro y que prácticamente se corresponde con la que hay en la Wikipedia. En un artículo leí que en la vida real ella tuvo dos hijos, los cuales quedaron tras su muerte al cuidado de su padrastro. Una reseña de Goodreads dice que Verity Bargate escribió este libro del tirón, mientras sus dos hijos tenían varicela, lo cual explicaría su estilo en bruto, apena pulido que le da ese aire tan fresco y auténtico, como si estuviésemos leyendo un diario, escrito sobre la marcha sin pararse a reflexionar demasiado sobre lo que está sucediendo más que para transcribirlo sobre el papel. ¿Es esta historia autobiográfica? No podría decirles... pero la forma en la que la cuenta es tan creíble, tan rica en detalles a pesar de su economía lingüística, que al menos lo parece.
«Opté por lavarme. David era un practicante bastante entusiasta del ritual de exaltación del pene de la noche del sábado. Seguramente millones de mujeres eran violadas en nombre del amor conyugal en todo el país las noches de sábado.» (Pág. 88. ¡No me digan que no es esta una frase para exclamar un exultante Woooooowww!)
La protagonista recuerda algunos retazos de su infancia como, por ejemplo, aquella vez que se enteró de que su madre había descrito su parto como «un viaje a las puertas de los infiernos» o esos veranos que pasaba con una familia de acogida que por más que se esforzaron en convencerla de que ella era un miembro más del núcleo se reservaban determinado momentos para ellos solos en los que ella no podía participar. Ese desapego de su madre hacia ella es lo que le ha conducido a obsesionarse de forma compulsiva con la idea de tener una hija, a fin de poder representar esa figura maternal de la que ella careció. La forma en la que algunas mujeres se aferran a la maternidad como una solución factible a sus problemas, y sobre todo, como una manera de reconciliarse con su propio pasado, transcenderse a si mismas a través de sus hijos en quienes vuelcan todas sus miserias y sus miedos, sus proyectos y sus sueños, desviviéndose por que ellos vivan la vida que ellas querrían pero no pudieron vivir, como si a través de ellos la vida les diese una segunda oportunidad para poder ser vivida, se lleva en este libro a su máximo extremo.
«Cuando hube terminado y bajó los ojos para mirarse y después contemplo a Orlando, me miró perplejo, casi con miedo, y protestó:—No, mamá; mamá, no.—Sí, Mathew; Mathew, sí». (Pág. 114)
En conclusión, No, mamá, no, va mucho más allá del tratamiento de una depresión postparto pues trata temas tan vitales como la forma de vivir la maternidad, la soledad, las expectativas, la relación de pareja, la amistad entre mujeres, el vacío existencial que se rellena con sueños imposibles, la traición más terrible, la unión de los hombres contra las mujeres. El giro que da la novela cuando inesperadamente aparece una antigua amiga a la que daba por perdida y su desenlace, la convierte en una de esas obras-joyitas inolvidables que a pesar de haber pasado desapercibida durante tantos años, por fin se ha podido editar. Para leer, releer, comentar con amigas y profundizar, No, mamá, no me ha hecho exclamar un Sí, Verity, sí. 

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