jueves, 14 de diciembre de 2017

Cuentos escogidos - Shirley Jackson


Edición: Editorial Minúscula S.L. (1ª ed. Diciembre 2015)
Traducción: Paula Kuffer
Páginas: 163
ISBN: 978-84-943539-7-0
Precio: 18,50€
Calificación: 8/10
«Pero quizá una de las cosas más prácticas de ser escritor de ficción es que no se desaprovecha nada; cualquier experiencia sirve para algo; tiendes a verlo todo como una estructura potencial de palabras.» (Experiencia y ficción. Pág. 103)

Shirley Jackson es poseedora de una característica que la hace única: cuando la leemos nos reconocemos en ella. No solo porque sentó las bases que inspiraron cientos y cientos de películas, libros y relatos de terror psicológico (Stephen King y Carol Joyce Oates han confesado que ella es una de sus fuentes de inspiración, reivindicando su figura) sino porque nada a pulmón como nadie en el lado más oscuro, inconfesable incluso para nosotros mismos, que todos encerramos bajo cien llaves en un armario del sótano. No me consta que Shirley Jackson y Carson McCullers llegaran a conocerse, aunque fueron contemporáneas, pero ambas comparten algo más que esa clasificación de su obra como "gótica" y es una profunda inquietud por el aislamiento y la incomprensión. Pero mientras que McCullers batea este tema a través del desgarro emocional embellecido por una prosa lírica y unos atardeceres sureños, Shirley lo hace de forma más dramática recurriendo a una violencia psicológica que nos aterra por su recurrencia a lo cotidiano, a lo banal, a lo que rodea esa clase media norteamericana no muy alejada de la nuestra.
«En el país de los cuentos el escritor es el rey. él dicta todas las reglas, solo debe cuidarse de no pedir al lector más de lo que este puede conceder razonablemente. Recuerda, el lector es un cliente muy pero muy exigente, obstinado, que arrastra los pies y se irrita con facilidad.» (Notas para un joven escritor. Pág. 149)
Esta selección que nos presenta Minúscula recoge siete cuentos y cinco escritos que podríamos denominar autobiográficos sumamente interesantes para poder entender mejor el mundo tanto personal como profesional de Shirley y, especialmente, cómo el relato de «La lotería» impactó en su vida. En ellos observamos ya el universo de Shirley, que luego desarrollaría en obras como «Siempre viviremos en el castillo» o «The Haunting of Hill House» en toda su plenitud: el desarraigo, la angostura del límite entre la locura y la cordura y el aislamiento. Y es que Shirley Jackson fue una mujer infeliz. Rechazada por su madre quien la insultaba y menospreciaba, continuó sufriendo el maltrato de su marido, un adúltero que se burlaba de su obra y de su condición de mujer. Leyéndola da a veces la sensación de que el único consuelo que encontró en su vida, aparte de la escritura, fue el juego con sus hijos, del cual se sirvió para desarrollar su talento artístico y conseguir la tenacidad suficiente para poder escribir relatos tan increíbles como los que podemos leer en este libro.
«Sabía que en el otro apartamento había alguien, porque podía oír las voces hablando en voz baja y alguna risa de vez en cuando (...) no importa cuán a menudo o cuán fuerte llamara, nunca le abrieron la puerta». (El amante demoníaco. Pág. 31)
Hay una balada escocesa titulada «The Daemon Lover», cuyo argumento es el siguiente: un misterioso hombre llamado James Harris regresa a su antigua amante para convencerla de que huya con él abandonando a su marido e hijos. ¿Y qué tiene que ver esta balada con Shirley Jackson? Pues muchísimo ya que el tal James Harris, un elegante hombre vestido con traje azul aparece en el primer relato, que lleva el mismo nombre de dicha balada y que se ha traducido como «El amante demoníaco». Una joven espera en su casa la llegada de su prometido para ir juntos a casarse pero él no aparece. Ella sale a la calle, sigue su rastro, pregunta por él a sus vecinos, al kioskero, al florista. Todos se ríen de ella al mismo tiempo que la miran con lástima, con desconfianza. Ella descubre una terrible verdad y entiende el por qué de las risas: está pagando el precio por apartarse del camino marcado para las mujeres. Eso le pasa por ingenua, por tonta, por descarriada, se va a quedar solterona, excluida de la sociedad... No me digan que no es desgarrador.
«El Niño asintió con más vehemencia, y la madre alzó la vista del libro y sonrió mientras escuchaba. 
—Le compré un caballito y una muñeca y un millón de piruletas —dijo el hombre—, y luego la cogí y le puse las manos en el cuello y apreté y a pretender y apreté hasta que se murió.» (La bruja. Pág. 36).
James Harris vuelve a aparecer a través de la imagen de un hombre vestido con un traje azul en «La Bruja», donde la autora nos da una auténtica lección: el peligro no está en las brujas ni en lo sobrenatural sino en lo doméstico y en lo ordinario. Un relato perturbador cuyo protagonista es un niño deseoso de dejar volar su imaginación. Ante la pasividad de su madre la presencia de ese desconocido de traje azul será el resorte para elevar el juego de las historias a un nivel peligroso. Leyéndolo es imposible exclamar un ¡Madre mía, Shirley Jackson! ¡Eres increíble! En «Siete tipos de ambigüedad» aparece encarnado en un librero que representa un ejemplo espeluznante de la mezquindad humana, una maldad sin más motivo que la envidia, el deseo de hacer sufrir de forma gratuita a otra persona, aprovechar su debilidad para humillarle, hundirle. Terrible. Y en «La muela» es la voz de la tentación que susurra al oído de una mujer, casada y con un hijo, que viaja a Nueva York para visitar al dentista, promesas de un paraíso de blancas arenas, azules cielos y verdes hierbas.  Mientras tanto, el dolor de muelas de la protagonista se extiende al lector, le incomoda, le molesta y sufre con ella. Es el equivalente al dolor psíquico que Shirley sitúa en el cuerpo para su mejor comprensión. La angustia que se siente al leerlo va aumentando paralelamente al desequilibrio mental de la mujer a quien el paso del pueblo a la ciudad aniquila, destruyéndola. 
«Ella era solo su incómodo vehículo, y solo como al resultaba de interés para el dentista y la enfermera, solo como soporte de su muela era digna de una atención inmediata y experta.» (La muela. Pág. 75)
El entorno doméstico, que siempre ha sido sinónimo burgués de seguridad, limpieza y confort, Shirley Jackson lo deconstruye para alzar sobre él la sombra de la duda y de la sospecha, de la incertidumbre y del peligro en cada esquina. Como en «Después de usted, mi querido Alphonse», un ejemplo de cómo los niños gozan de una ingenuidad y de una ausencia de prejuicios que los adultos van poco a poco arrebatándoles o en «Charles», donde el hijo inventa la presencia de un compañero de colegio para dar cuenta de su propio comportamiento antisocial e irreverente.
«Cuando oyes hablar a los más jóvenes, nada es lo bastante bueno para ellos. Dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cuevas, que nadie trabaje, que vivamos así un tiempo. Solía haber un dicho, "La lotería en junio con el trigo a punto". Así acabaremos comiendo guiso de pamplina y bellotas. Siempre ha habido lotería». (La lotería. Pág. 94)
Pero, sin duda alguna, el relato estrella de esta recopilación es «La Lotería». Cuenta en «Biografía de una historia», que la idea se le ocurrió empujando el cochecito de su hija cuesta arriba y que al llegar a casa, colocar la compra en la nevera, y a la niña en su parque, la escribió del tirón. Era el año 1948. Shirley vivía ya con su marido en una pequeña comunidad rural de Vermont en la que la autora no pudo llegar a integrarse por sentir el rechazo del resto de las tradicionales mujeres de la comunidad. De ahí que muchas de las protagonistas de sus obras sean mujeres aisladas de su entorno, objeto de burla y de exclusión, y también el mensaje principal que se manda en este breve pero magistral relato: toda comunidad necesita un chivo expiatorio y éste se elige al azar, sin ningún motivo determinado. Puede ser un defecto físico, una característica racial o sexual, una mala palabra dicha en un momento o dado, un rumor, o simplemente una debilidad, en definitiva, convertirse o no en ese objeto de rabia de un grupo es tan aleatorio como que te toque una lotería.





lunes, 11 de diciembre de 2017

La analfabeta - Agota Kristof


Título original: L´analphabète (2004)
Edición: Obelisco. (1ª edición, 2006)
Traducción: Juli Peradejordi
Páginas: 78
ISBN: 84-9777-332-2
Precio: Tomado en préstamo de la biblioteca
Calificación: 8/10.

Lo que más me ha gustado: una de las virtudes que más me gusta de Natalia Ginzburg, y que gracias a ella he aprendido a apreciar, es esa capacidad de aferrarse al "menos es más" y con ello conseguir transmitir más emociones que un maremoto de imágenes pomposas, exuberancias y excesos. Bien, pues Agota Kristof se puede encuadrar también en ese tipo de escritoras que no necesitan retorcer las líneas, recargar las letras ni llevarnos a situaciones límite para conseguir transmitir honestidad, intensidad y buen hacer. 

Lo que menos me ha gustado: es muy corto, tan corto que cuando lo acabé dije, ¡necesito más! Pero no hay más. La analfabeta es un mini libro joyita que concentra todo lo que Agota nos quiso contar. El resto debemos descubrirlo en el resto de su obra.
«En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulan en los cajones y los olvidamos para escribir otros.» (Pág. 67)

Agota Kristof
Cojan papel y bolígrafo. Comiencen a hacer garabatos. Quizás siguiendo el ritmo de alguna canción que estén escuchando o el propio ritmo de sus pensamientos. Al principio verán que nada de lo que dibujen parecerá representar algo concreto y sentirán que eso no es más que un galimatías de rayas y curvas de distinta longitud. Sin embargo, si se fijan atentamente, comprobarán que la mente tenderá a poner orden en medio de ese caos, rellenará vacíos, unirá puntos y seguro que al final podrán decir: «uy, he dibujado un elefante/cielo nublado/rostro/etc...» Pues eso es lo que hace Agota Kristof (Hungría, 1935- Suiza 2011) en este libro autobiográfico de apenas setenta páginas: presentarnos pinceladas, once exactamente, para que contemplemos un esbozo de su vida y de ahí extraigamos lo intensa y dura que ésta fue.
«Leo aún, si tengo algo que leer, a la luz reverberante. Luego, cuando me duermo llorando, nacen frases en la noche. Dan vueltas a mi alrededor, cuchichean, adquieren un ritmo, riman, cantan, se convierten en poemas.» (Pág. 24)
Once bocetos, once episodios fundamentales de su vida, once fotografías, como si estuviésemos pasando páginas al álbum de los recuerdos que la marcaron y determinaron la mujer en la que se convirtió. Una niña, devoradora de libros, que mantuvo su pasión contra viento y marea gracias al orgullo que su padre sentía porque ella hubiese aprendido a leer con cuatro años; una infancia feliz con el húngaro como idioma de cabecera, el de los libros, el de las historias que le contaban y que ella se contaba cuando de la infancia feliz pasó a la absoluta pobreza tras la segunda guerra mundial; el húngaro del internado en el que se vio recluida apartada de su familia; el húngaro en el que recibió la noticia de la muerte de Stalin; el húngaro que la acompañó como único equipaje durante la huída de Austria con su hija en brazos; el húngaro al que tuvo que renunciar para poder dejar espacio al francés al llegar a Suiza.
«Cinco años después d haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en un analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años.» (Pág. 76)
Y es en Suiza, en Lausanne concretamente, donde esa niña de lectura precoz, culta y desenvuelta en su idioma se convierte en analfabeta, analfabeta en francés. Pero poco a poco irá domando esta lengua y en ella escribirá este breve cuadro impresionista esbozado con once pinceladas donde comprobamos la enorme fortaleza de Agota Kristof. Cambia de idioma y quizás por ello, por no ser el francés su idioma materno, el lenguaje resulte sencillo, directo y contundente. No hay apenas metáforas, ni retruécanos, ni barroquismos. Todo es lineal y sencillo. ¿Todo? Aparentemente, sí. ¿Aparentemente? Solo aparentemente, porque igual que cuando contemplamos un cuadro impresionista, si nos acercamos demasiado a él únicamente observamos pinceladas sin ton ni son. Sin embargo, al alejarnos, nos encontramos con un atardecer de Monet, una noche estrellada de Van Gogh, una escena de baile de Renoir...
«¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz.» (Pág. 58)
Pues eso mismo nos sucede con Agota. Al terminar este libro descubrimos que hemos leído un relato duro pero que se sostiene de forma sólida gracias a su precisión y a que se trata de una de esas #joyitas en las que aquello de lo que no se habla, lo que se calla, asoma entre líneas con una contundencia tal que es imposible no estremecerse ante este relato. Ahora sí, ya estoy preparada para leer Claus y Lucas. No puedo terminar esta reseña sin dejar este párrafo anotado con las primeras líneas de este libro que me definen, no solo a mi, sino seguro que a muchas de las que leáis esta reseña. Ya solo por esto merece la pena abrir la puerta de La Analfabeta e introducirse en esta joya:
«Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.» (Pág. 9)


viernes, 1 de diciembre de 2017

Lecturas noviembre


«Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.» 

Así comienza «La Analfabeta», de Agota Kristof, una de mis (felices) lecturas de este mes. Y cuando estas líneas fueron procesadas por mi cerebro inmediatamente me di cuenta de cuánto nos parecíamos Agota y yo con cuatro años. Las dos leíamos cualquier cosa impresa que caía bajo nuestros ojos, listados de ingredientes de alimentos, rótulos de calles, carteles publicitarios, incluidos. Hoy, casi cuarenta años después, sigo leyendo como una enfermedad pero me he vuelto más selectiva. Es inevitable. Con los años y la experiencia adquirida, el gusto adaptado a nuestra personalidad, así como la falta de tiempo y el amplio volumen de libros que se publican semanalmente, no nos queda otra que plantarnos y decidir: ¿qué leemos? Este mes ha habido un poco de todo, aunque en general estoy muy satisfecha con todas estas mujeres que han convertido mi mes de noviembre en un mes para recordar literariamente por su intensidad, su viveza y su belleza. Estas son las lecturas que me han acompañado. Me temo, querid@s amig@s, que a estas alturas mi enfermedad lectora, aunque diagnosticada, es ya incurable. Sé que me entienden...

1. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Jeanette WintersonAcercarse a una autobiografía a veces no es fácil. Diferenciar al escritor de su obra es imposible y si éste no te inspira simpatía o confianza a nivel personal es complicado atreverse a abrir unas páginas en las que nos vaya a hablar de su vida. NO es, obviamente, el caso de Jeanette Winterson. Esta impresionante mujer, a la que ya conocía no solo por ser una de las voces narrativas contemporáneas más consolidadas sino también por haber leído su (impresionante y diferente) «Espejismos», ya me caía simpática antes de leer esta obra suya y, tras haberla leído, aun me cae mejor por su cercanía, su honestidad y su humanidad. Una historia dura de superación en la que nos lanza mensajes de lucha, de amor por la vida, por la escritura y la literatura, y por las personas que nos hacen el día a día más fácil. Una auténtica obra inspiradora escrita con ese estilo tan personal y repleto de talento propio de Jeanette. Yo prefiero ser feliz... Al fin y al cabo, ¿qué es lo «normal»?

2. Tres mujeres. Sylvia Plath. La poesía... mi gran asignatura pendiente. Pero nunca es tarde para emocionarse ante versos como estos (abro el libro al azar): «Nunca están quietos / quietos, como el vacío que llevo en mí». O estos: «¿Qué hacían mis dedos antes de tenerle?/ ¿Qué hacía mi corazón con este amor?» O estos (y sigo abriendo al azar): «¡Es tan agradable no tener ataduras!/ Soy solitaria como la hierba. ¿Qué me falta?» Tres mujeres, tres visiones de la maternidad: la primera ansía ser; la segunda cumple su sueño de ser madre; la tercera renuncia a ser madre. Con ellas lloramos, nos estremecemos, alzamos la voz, nos preguntamos y cuestionamos nuestra situación personal. Tres mujeres a las que queremos abrazar, tranquilizar, consolar. Tres mujeres que pueden ser tú o yo. Tres mujeres que son todas nosotras a la vez que somos al mismo tiempo cada una de esas tres mujeres. Qué maravilla, Sylvia...

3. La extraña desaparición de Esme Lennox. Maggie O´Farrell. Hay libros que llegan a tu vida recomendados por personas de confianza (en mi caso, como no, mi querida librera Alba, de @Lib_Mujeres) sin que sepas más sobre ellos que el nombre de una autora que te suena de haber visto por ahí (Maggie O´Farrell y su libro, que por supuesto leeré, «Tiene que ser aquí» estaba por todos los lados). Abres la primera página del libro y lo primero que detectas es un estilo narrativo cristalino y elegante, sutil y cuidado, repleto de emoción e intriga, rico en colorido e imágenes. Dos mujeres, una sentada y otra de pie, asisten a un baile de sociedad. Sabes que tienen una historia que contar, misteriosa e impactante. Vas pasando las páginas. La historia avanza. Comienzas a tener las primeras sospechas sobre qué pudo pasar y te niegas a creerlo. Una felicidad enjaulada, simplemente por cometer el delito de querer volar. La madre cierra la puerta, el padre tranca la cerradura y la hermana tira la llave. Dolor, injusticia, traición... Una de esas historias que seguiré recordando toda mi vida. Inolvidable. Imprescindible. Necesaria.

4. Tránsito. Rachel Cusk. Lo confieso. Siento debilidad por esta autora, y no solo porque sea tocaya mía. Tras leer su anterior libro, «A Contraluz», esperaba ansiosa la publicación de Tránsito, su continuación aunque pueden leerse como libros independientes. Ambos tienen en común que la narradora, Faye, solo aparece precisamente así, «A Contraluz», y la vemos a través del relato que ella realiza de las historias que personas con las que cruza le van contando. En Tránsito, Faye regresa a Londres donde intenta rehacer su vida tras su inesperado divorcio. La herida aún duele. La autoestima está bajo tierra. Las inseguridades se comen a las certezas. Las preguntas que se creían cerradas vuelven a resurgir con más fuerza que antes, como si hubiese rebotado contra una pared recogiendo los signos de interrogación. ¿Qué es la responsabilidad? ¿Cómo afectan los padres/madres en l@s hij@s y viceversa? ¿Cuánto pesa la soledad? ¿Cómo conseguimos avanzar arrastrando recuerdos? ¿Es posible disimular el dolor y aparentar lo que ni somos ni sentimos? Con Rachel Cusk te sientes como si te encontrases con una amiga para tomar un café y profundizar en cuanto os ha sucedido. Rachel escucha. Y yo, al escucharla, no puedo menos que incomodarme y reflexionar sobre cómo me afecta lo que me está contando. Al fin y al cabo, tod@s hemos vivido momentos vitales de «Tránsito»... y los que nos quedan.

5. La leyenda de una casa solariega. Selma Lagerlöf.  ¿Saben cuántas mujeres han recibido el Premio Nobel de Literatura desde que empezó a concederse en 1901? Catorce. ¿Y hombres? Noventa y siete. Por ello, Diana del blog Todo mi ser  tuvo una idea genial: leer a las catorce mujeres por orden de premiadas. ¿La primera? Selma Lagerlöf, en 1909. Reconozco que no sabía absolutamente de ella e indagar en su vida y en su obra ha sido todo un descubrimiento genial. Selma era una mujer adelantada a su tiempo que tuvo claro desde niña que quería ser escritora. Se imaginaba su futuro muy alejado del prototipo de la época de mujer de su hogar y de su casa. Al contrario, ella solo quería escribir y ser autosuficiente. En este libro el joven protagonista, Gunnar, es un estudiante que se vuelve loco cuando se ve obligado a trabajar para recuperar su casa familiar y tener que renunciar así a su violín. La joven Ingrid Berg, uno de esos personajes femeninos que quedan fácilmente incorporados al imaginario literario por su tenacidad, su resiliencia y su realismo se enamora de Gunnar, al que de loco llaman el Chivo. Esta historia de amor, a camino entre la fábula y la novela, es deliciosa de leer. 

6. La analfabeta. Agota Kristof. ¿Es la cantidad directamente o inversamente proporcional a la calidad? Pues depende... pero en el caso de este pequeño libro #joyita está claro que menos es más y que cada una de sus cortas frases contiene una grandeza literaria inigualable. Agota selecciona once momentos clave de su vida para narrarnos, cada uno en un capítulo, cómo pasó de ser una lectora infatigable a convertirse en una analfabeta. Su exilio de Hungría a Suiza la obligó no solo a abandonar su país, su familia y sus raíces sino, sobre todo, su idioma, aquel en al que se aferró para lograr sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, a una existencia solitaria en un internado, a unos primeros años en un país en el que todo era desconocido. La emoción que contiene cada una de sus comas, cada uno de sus puntos, cada palabra, es tal, que es imposible no sentir el desgarro que transformó a esta mujer por dentro y la llevó a escribir este relato que por breve es dos, y hasta tres veces, bueno. Otra #joyita más que me prepara para lanzarme a leer, próximamente, su celebradísimo «Claus y Lucas».

7. Madre mía. Florencia del Campo. «La pregunta que yo me estaba haciendo era: ¿tenemos (hijos e hijas) la obligación (moral) de cuidar de nuestros padres cuando enferman o es algo que puede elegirse (según los sentimientos, la historia, las circunstancias...)?» Esta pregunta es el punto de partida de esta historia. Una pregunta muy interesante que supedita la lealtad a la familia a que ésta sea correspondida. Sin embargo,  con este libro he tenido sentimientos enfrentados. Mientras lo leía anotaba frases de una potencia brutal, imágenes que se depositaban en nuestra mente revolviendo recuerdos, reflexiones interesantes que me obligaban a parar para contestarlas. Pero, por otro lado, me costó mucho empatizar con la protagonista hasta el punto de que por la dureza de algunos episodios que relataba tuve que dejar el libro a un lado para tomar aire unos instantes mientras exclamaba: ¡madre mía! Quizás, a diferencia de lo que sucede con el libro de Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal?, faltan aquí unos anclajes previos que nos ponga en antecedentes sobre la relación de la protagonista con su madre, a la que llama Bernarda Alba en referencia a la tiránica mujer de Lorca. Al acompañar el relato con los informes médicos de la madre tiraba inevitablemente a posicionarme a favor de ésta y a no entender a la protagonista. La discreción a la hora de hablar de uno mismo es más que comprensible pero eso impide que tengamos una perspectiva completa del pasado y que la ausencia de detalles dificulte que entendamos por qué se comportó como lo hizo. Aun así es una novela valiente, muy bien construida y con un potente lenguaje que no deja indiferente. 

8. Los Mandible. Una familia: 2029-2047. Lionel Shriver. Esta autora, que obtuvo el reconocimiento internacional por «Tenemos que hablar de Kevin», regresa con esta distopía de apocalipsis económico en la que se pone en el peor de los escenarios posibles para un estadounidense actual: el dólar se devalúa, el sistema quiebra, el oro es confiscado, el mercado colapsa, y EEUU pasa de ser el país que maneja los hilos a convertirse en un paria internacional. México cierra sus fronteras, progresa espectacularmente e impide que los «blancos» vayan allí a trabajar. El mundo al revés. Y, mientras tanto, cuatro generaciones de Los Mandible sobreviven a estos cambios en función de sus posibilidades y personalidad. En este ejercicio de ficción es interesante comprobar cómo Los Mandible aprenden dos lecciones muy interesantes: la primera, todo puede cambiar en cualquier momento así que abre bien los ojos y estate preparado para lo que venga; la segunda, si tienes una buena red de familiares y amigos, siempre lograrás salir adelante. Un #tocholibro de más de quinientas páginas en las que las lecciones de economía se alternan con lecciones de vida. Realmente interesante para salir de "mi zona de confort literario".


9. La brigada de Anne Capestan. Sophie Hénaff. Otra obra más con la que salir de "mi zona de confort" literario. Tras una temporada de lecturas intensas, necesitaba algo liviano pero bien narrado, ¿y qué mejor que una novela policíaca narrada por una de las revelaciones en Francia de este género? Anne Apestan, una policía apartada de servicio por tomarse la justicia por su mano, es reincorporada al frente de una brigada de «tarados» a donde destinan a aquellos policías con los que nadie quiere trabajar. Un oficial de Asuntos Internos que sabe demasiado, una escritora best seller, un alcohólico, un cenizo... todos encuentran en esa brigada un hogar en el que convivir a gusto. Los personajes están muy bien elaborados, la trama es ágil y la autora tiene un sutil sentido del humor que ayuda a pasar un rato agradable. Aunque el final es un poco previsible (una pena, porque la trama enganchaba) lo cierto es que disfruté muchísimo leyendo las peripecias de esta brigada y, sabiendo que hay una segunda parte, recurriré de nuevo a ella para «desconectar». 

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