miércoles, 17 de octubre de 2018

Cuentos completos - Flannery O´Connor


Lo que más me ha gustado: cada relato es una sorpresa. Nunca sabes muy bien qué te vas a encontrar en ellos debido al carácter imprevisible de sus personajes que tan pronto manifiestan unas fuertes convicciones morales como que reaccionan de forma ruin humillando al prójimo. O´Connor les coloca en una posición alta, no económicamente ni socialmente, pero sí éticamente y luego va poco a poco desnudándoles de esos principios que resultan vacíos, pura fachada. De esta manera, la autora consigue poner de manifiesto la sociedad sureña decadente que, sin embargo, en muchos aspectos no parece tan lejana a la nuestra. 

Lo que menos me ha gustado: muchos de los personajes no tienen salida. O bien son ancianos que no tienen a dónde ir, o bien son niños que se intuye que el día de mañana se convertirán en ese tipo de ancianos. La mayoría culpa a los demás de sus problemas, ya sea a los negros (la esclavitud, aunque abolida parece añorada por muchos blancos sureños e incluso por un sector de los propios negros), a las mujeres, a la madre, al vecino, a la guerra. Carentes de espíritu de autocrítica y de ambición, son dejados llevar a menudo por las circunstancias y como hoja que lleva el viento, se pierden por el camino. No, no son precisamente relatos alegres aunque es cierto que invitan a la reflexión.
«—Uno de los derechos fundamentales del hombre es el derecho a no comportarse como un imbécil. El derecho a ser diferente. —Y con voz ronca añadió—: ¡Por el amor de Dios! El derecho a ser tú mismo.» [Del cuento «Partridge en fiestas»]
Flannery O´Connor
Flannery O´Connor (EEUU, 1925-1964) ha sido comparada en múltiples ocasiones con otros de los grandes pesos pesados de la literatura norteamericana del siglo XX. Al igual que Carson McCullers o William Faulkner ambienta sus obras en los estados sureños mostrando la decadencia de una sociedad que, por una parte aun es reacia a aceptar la abolición de la esclavitud y sigue viendo en la comunidad afroamericana una clase inferior, y que por otra lucha por mantener una economía basada en la agricultura y la ganadería. Sin embargo, mientras que McCullers (a quien recuerda por esas descripciones de la naturaleza con esas puestas de sol sangrantes o esas casas de madera en las que algún personaje cree ver magníficos templos orientales) o Faulkner (con quien tiene en común esos diálogos internos llenos de connotaciones morales y a veces nihilistas)  lograron mantener su nombre en los cánones literarios, O´Connor cayó tras su muerte en el olvido. Ha sido en décadas recientes, gracias a la recuperación de su obra y a su estudio crítico, que ha sido recuperada deslumbrando por su gran coherencia narrativa y su estilo tan identificable.
«—En mis tiempos —dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y venosos—, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono! —Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza—. Qué estampa más bonita, ¿verdá?» [Del cuento «Un hombre bueno es difícil de encontrar»]
Generalmente, ante una recopilación de cuentos, mi tendencia es ir leyendo uno cada día a fin de poder asimilarlo e interiorizarlo, para que su huella quede grabada en mi memoria. Sin embargo, con estos «Cuentos completos» que reúnen los treinta y uno que escribió O´Connor me ha pasado algo curioso: no podía soltarlos. A pesar de que todos son diferentes entre sí presentan unos rasgos comunes que nos dan la clave de la técnica narrativa de esta excelente escritora. En primer lugar, siempre presenta a un personaje frente a otro, uno en un nivel de superioridad social (un empleador, un blanco, un joven) y el otro en un nivel inferior (un empleado, un negro, un anciano). El que se considera «superior» suele hacer un alarde de plenitud moral, de principios válidos e inamovibles, poseedor de la verdad universal, mientras que el otro suele ser observador o partícipe de cómo aquel ve caer su castillo de naipes. Los giros de sus relatos son en ocasiones inesperados porque, como en la vida misma, la reacción de las personas que tenemos enfrente son imprevisibles y sorprendentes, desconcertantes incluso, y es esa sensación de perplejidad la que nos atrapa y la que nos empuja, a pesar o quizá debido a, sus finales abiertos, a seguir leyendo sus relatos del tirón.
«—Jesús murió pa redimirte —le dijo.

—Yo no se lo he pedío —masculló él.» [Del cuento «El pelapatatas»]
En segundo lugar, O´Connor escribe haciendo referencias continuas a las Escrituras, lo que ha provocado que se le considere como una escritora católica. Sin embargo, los temas que ella trata y la forma en la que los aborda va mucho más allá de consideraciones religiosas pues realmente está hablando de cómo las personas conocemos a pies puntillas los principios éticos pero luego nos cuesta llevarlos a la práctica o cómo nos negamos a aceptar un rasgo de nuestra personalidad que no nos gusta y lo escondemos bajo discursos que después contradecimos con nuestros actos. Con un sentido del humor ácido, que incluso puede rozar el absurdo (como en «Enoch y el gorila», donde un hombre roba al otro su disfraz de simio para conseguir ser tan fuerte y admirado como él) logra ir al grano y esbozar sus personajes con tan solo un par de líneas, dotando también de gran simbolismo todos sus relatos, como si fuesen una parábola, algo que también Eudora Welty, otro de los grandes nombres de la narrativa estadounidense, hacía en sus relatos, no dejando nada al azar, no dando puntada sin hilo. 
«El mundo se creó pa los muertos. Piensa en tos los muertos que hay —dijo y luego, como si hubiera concebido la respuesta a todas las insolencias, añadió—: ¡Los muertos son un millón de veces más que los vivos y el tiempo que los muertes se pasan muertos es un millón de veces más que el tiempo que los vivos se pasan vivos!— Y soltó al chico lanzando una carcajada» [Del cuento «Más pobre que un muerto, imposible»]
Por último, O´Connor fue diagnosticada de lupus (la misma enfermedad de la que falleció su padre) en 1951 y a partir de ahí pasó largas temporadas ingresada en hospitales o en la granja que regentaba su madre, dedicada a escribir. Ese ambiente claustrofóbico fue aprovechado por ella al máximo diseccionando exhaustivamente cuanto le rodeaba. Las madres que aparecen en sus relatos, sacrificadas, abnegadas, recordando a sus hijos que están en deuda con ella al mismo tiempo que ellos intentan romper el cordón umbilical sin conseguirlo, podemos imaginarlas fácilmente como un reflejo de su propia madre. Así mismo cada vez que uno de los habitantes de esas granjas en las que todo transcurre como si no hubiese vida ni mundo más allá de ellas, se arriesgan a salir de ellas a la ciudad o a la carretera suceden cosas horribles como que te traicione la única persona que te quiere (como sucede en «El negro artificial»), que te asesine un peligroso delincuente huido («Un hombre bueno es difícil de encontrar») o que te abandonen y no sepas cómo volver («La vida que salvéis puede ser la vuestra») son también un espejo de la vida que llevó O´Connor en sus últimos años. Pero no sólo es difícil salir de la granja. Pero si difícil parece salir de la granja, más aun parece entrar en ella como sucede a los refugiados polacos que llegan huyendo de los pogromos nazis en «La persona desplazada».
«—Está en el corazón y en cómo se hacen las cosas. El modo de hacer las cosas está determinado por ser quien eres.
—A nadie en ese maldito autobús le importa quién eres.
—A mí me importa quién soy.» [Del cuento «Todo lo que asciende tiene que converger»]
En definitiva, una lectura magnífica que nos sumerge en la narrativa gótica sureña, cuyo acento y dicción peculiares mantiene O´Connor en sus relatos con esa exactitud que la caracteriza y que a ratos nos hará reír, a ratos llorar, a ratos escandalizarnos, siempre reflexionar. Los títulos de sus relatos son maravillosamente gráficos, sus diálogos, espléndidos, sus tramas, magníficas, sus desenlaces, imprevisibles, sus personajes, universales. Critica el mundo rural cerrado, las personalidades rígidas, la soberbia, la falta de empatía y humanidad, las relaciones de poder, la hipocresía, las desigualdades, el racismo, y aunque parezca que lo hace con resignación, como diciendo esto es así, nadie puede cambiarlo y para sobrevivir el hombre debe ser un lobo para el hombre, lo cierto es que si ahondamos en sus trasfondos no podemos dejar de encontrar una cierta esperanza. Leerla nos ayuda a comprender por qué a día de hoy se la considera una de las grandes. 


Ficha técnica
Puntuación: 9/10
Título original: The Complete Stories
Traducción: Marcelo Covián / Celia Filipetto / Vida Ozores
Editorial: De Bolsillo (3ª edición, 2014)
Páginas: 841
ISBN: 978-84-8346-131-0
Precio: 14,95 €

lunes, 8 de octubre de 2018

Madres - Jacqueline Rose


Lo que más me ha gustado: En mi búsqueda de libros que aúnen Maternidad y Literatura, este libro es una de las #joyitas de mi biblioteca. Por un lado es un ensayo en el que ahonda en la responsabilidad que tienen las madres social y personalmente así como su invisibilización en prácticamente todos los ámbitos; por otro, va poniendo ejemplos muy gráficos de sus argumentos no sólo de noticias y artículos sino también de obras literarias, mencionando a escritoras que han tratado el tema de una u otra manera como Rachel Cusk, Doris Lessing, Adrienne Rich, Virginia Woolf, Edith Wharton, Alison Bechdel, Sindiwe Magona, Simone de Beauvoir, y, por supuesto, Elena Ferrante (a la que dedica un capítulo entero por esa conspiración que denuncia del mundo para ocultar el cuerpo de las madres y por declarar que «Para escribir bien hay que hablar desde el fondo del claustro materno»). ¿Cómo no enamorarme de este libro que he subrayado, disfrutado y anotado hasta la saciedad?
«O reconocemos qué es exactamente lo que les estamos pidiendo a las madres que hagan en el mundo —y por el mundo—, o seguiremos destrozando el mundo y a las propias madres». 
Si escuchamos conversaciones cotidianas no es difícil encontrar alguna en la que hablando sobre el comportamiento de una persona alguien se pregunta: «¿qué tipo de educación recibió en su casa?», lo que equivale si leemos entre líneas a «¿qué tipo de educación le dio su madre?». Si ese comportamiento es especialmente cruel o inhumano en algún momento se plantea la cuestión de «¿qué vio en su casa para llegar a convertirse en alguien así?», o lo que es lo mismo, «¿qué clase de madre tuvo que no fue capaz de controlarle/ inculcarle valores/ enseñarle a comportarse según las normas sociales?, «¿sería que no le quiso, no se ocupó de él, o le sobreprotegió y no le puso límites?». Y este es el eje sobre el que gira este libro de título tan sugerente como revelador: la madre es ese chivo expiatorio sobre el cual no sólo descargamos nuestras frustraciones personales, nuestros defectos y fracasos sino también todo aquello que va mal en la sociedad. Exigimos a las madres que eduquen, que lancen a sus hijos al mundo ya maduros, responsables, sensibles, pacifistas pero al mismo tiempo, y he ahí la paradoja, no se habla de qué condiciones deben acompañar a esas madres para que puedan cumplir ese cometido, a saber, una estabilidad económica, un tejido familiar o social que las apoye, una condiciones laborales que les permitan compatibilizar ambas facetas, un entramado sanitario y de prestaciones que vea a los hijos como algo que no es únicamente responsabilidad de las madres sino de la sociedad como un todo ya que redunda en beneficio de la misma. Ahí es cuando la política se lava las manos, la carga que se exige a las madres es excesiva y se manda un mensaje contradictorio: vive por y para tu hijo pero al mismo tiempo edúcale para que no sea un ser ni caprichoso ni violento ni egoísta. 
«Asistimos en la actualidad a lo que la socióloga feminista Angela McRobbie ha descrito como la "intensificación neoliberal de lo materno": esas madres, que suelen ser blancas, con un acabado perfecto en toda su persona (...) Y ello posee el valor añadido de que se exime de toda responsabilidad a los Gobiernos, cuyas políticas de austeridad siempre caen con todo sus peso sobre las mujeres y las madres más vulnerables». 
Haciendo un recorrido histórico que va desde cómo las madres son tratadas en la literatura griega, con esos arquetipos de madre violenta capaz de hacer daño a sus propios hijos, tipo Medea, o dedicar su vida a ellos, al estilo Démeter hasta llegar a esos menores no acompañados que recalaron desde el continente africano en la denominada Jungla de Calais actual, cuyas madres no tienen voz ni parecen interesar a nadie, Jacqueline Rose hace un recorrido completo por cómo la figura de la madre ha sido tratada históricamente: ¿qué se le ha exigido? ¿qué se le ha recriminado? ¿qué alternativas tiene? Llega así a una conclusión: «en la cultura occidental de nuestros días, las madres son casi siempre objeto o bien de demasiada atención, o no de la suficiente». Así, la maternidad sigue siendo una parcela íntima que las madres deben comentar en susurros, encerradas en un «silencio nuevo», como señaló Melissa Benn, «sabemos lo que hacemos pero sin hablar de ello en público», sin molestar.  Es más, cuando la mujer se convierte en madre es mejor que desaparezca de la escena pública, no vaya a herir sensibilidades. «Ser padre no es hacer ninguna transición sino pasarse al enemigo; es un acto político», escribió Rachel Cusk (la autora de las magníficas obras «A contraluz» y «Tránsito») . Leyendo el libro recordé el escándalo que hace poco se montó en nuestro país cuando la diputada Carolina Bescansa quiso reivindicar el derecho de las madres a formar parte de la vida pública y política al llevar a su bebé al Congreso de los Diputados. Sólo si eres una madre enajenada por el dolor, como las madres de Plaza de Mayo en Argentina, se toma en serio su opinión y reivindicaciones, siempre y cuando no indaguen ni hablen demasiado. Pero, ¿qué habría pasado si fuesen los hombres quienes parieran? ¿Se trataría de igual manera temas como la anticoncepción, el aborto, la maternidad en soltería, la adopción, la política de conciliación?
«Según escribe Adrienne Rich en su revolucionario Nacemos de mujer (1976) "Hay algo que sugiere que la mente masculina ha estado siempre obsesionada con la idea de dependencia de una mujer para vivir"»
Jacqueline Rose. 
Jacqueline Rose (Londres, 1949), reconocida crítica literaria y feminista, usando un lenguaje sencillo y a través de ejemplos realmente gráficos tanto de la literatura como de artículos de actualidad, critica de forma contundente un patrón que ha venido repitiéndose desde el principio de los tiempos: las madres son invisibles y deben quedarse encerradas en casa, conviviendo con su propia condición de extranjeras que es como Julia Kristeva denomina a esa dimensión de la maternidad como «la forma de contacto más intensa con la extrañeza del ser próximo a nosotros y con nuestra propia extrañeza», pero cuando hay que buscar culpables en por qué la sociedad es injusta ahí sí, se las pone en primera línea de tiro y se carga contra ellas. Da igual en qué condiciones fueron madres, dónde están los padres, de qué recursos económicos dispusieron, cuál es el origen de la educación que ellas mismas recibieron. Poner el foco en la falta de recursos y en el desmantelamiento del estado de bienestar significaría tener que replantearse toda una estructura económica, social y jerárquica y eso, obviamente, no interesa, siendo más fácil el recurso a una cabeza de turco aunque ello suponga un desgaste desastroso para las madres como colectivo y a título individual que, aunque se quiera mirar para otro lado, repercute también en la sociedad como conjunto. En conclusión, un ensayo imprescindible que con gran lucidez y contundencia nos hace abrir los ojos ante las flagrantes desigualdades, descorrer las cortinas de humo que nos distraen del auténtico foco del fuego y nos impele a la acción.

Ficha técnica
Puntuación: 10/10
Título original: Mothers
Traducción: Carlos Jiménez Arribas
Editorial: Siruela (1ª edición, 2018)
Páginas: 219
ISBN: 978-84-17454-05-0
Precio19,95 €

sábado, 6 de octubre de 2018

Las sangres - Audrée Wilhelmy


Lo que más me ha gustado: Los diarios de las siete mujeres de Barba Azul tienen una cualidad que no abunda en la literatura y que por ello se reconoce en cuanto se ve y nos hace dar un grito de emoción porque Audrée consigue algo realmente único: sorprendernos. Una sorpresa que además baila en un rango muy amplio que va desde la estupefacción hasta el sobrecogimiento pasando por la fascinación, la repulsa, el horror y el embeleso. La amoralidad, hilo conductor de todos los diarios, así como de las anotaciones posteriores del propio Féléor «Barba Azul», es un tema difícil de tratar sin caer en el esperpento y Audrée consigue cruzar la cuerda como una auténtica equilibrista.

Lo que menos me ha gustado: La versión original recogida por Perrault fue poco a poco cayendo en el olvido debido a que esa escena del cuarto prohibido con los cadáveres de las anteriores esposas de Barba Azul no era considerada apta para los tiernos oídos infantiles según la moral de la época  puritana posterior. Sin embargo, poco a poco se ha ido reivindicando no solo por su vigencia a la hora de estudiar la normalización del maltrato en la esfera doméstica hasta hace poco tiempo sino también por su final apoteósico en el que la última esposa evita morir asesinada gracias a la intervención de sus hermanos y se hace así justicia. Por el contrario, Audrée Wilhelmy (Québec, 1985), da un paso atrás en esta versión y cierra la puerta para cualquier salida posible.
«Creo que cuando soñamos mucho tiempo con el peligro y el mal, ya nada, ni siquiera la verdadera violencia de la vida real, nos parece auténtica o grave. Lo mismo pasa con el amor, las esperanzas, los miedos...»
Barba Azul. Litografía de Gustave Doré (1862)
Érase una vez un hombre muy rico y poderoso que tenía numerosas propiedades y una hermosa y enorme casa decorada con hermosas telas, grandes chimeneas, costosos muebles, suntuosos cuadros, vajillas de oro y plata... Ese hombre se llamaba Barba Azul y todas las mujeres le temían porque había estado casado en numerosas ocasiones y sus mujeres habían desaparecido de forma misteriosa. Un día una joven accede a contraer matrimonio con él y, tras desobedecer la orden de no abrir la puerta misteriosa, descubre tras ella una estancia en la que cuelgan los cadáveres de las anteriores esposas. En 1697, Charles Perrault publica este cuento infantil que recupera de la tradición oral. Es tal el realismo del cuento que sumado a la ausencia de elementos mágicos ha propiciado numerosas teorías sobre si está basado en hechos reales. La autora canadiense Audrée Wilhelmy le da una vuelta de tuerca para, en primer lugar, dar voz a las siete mujeres de Barba Azul y, en segundo lugar, contestar a la siguiente pregunta: ¿y si hubieran sido ellas mismas las que hubiesen pedido que las matasen?
«No pienso escribir en ninguna parte que quiero que me maten». 
A lo largo del libro leemos los diarios de cada una de las siete mujeres y, al final de cada uno, una anotación a posteriori del propio Barba Azul que aquí es llamado Féléor Barthélémy Rü. A diferencia de Barba Azul, temido y odiado, Féléor es un joven apuesto, atractivo y rico, descendiente de la noble estirpe de los Rü, plagada de generaciones y generaciones de hombres fuertes, luchadores y cazadores, amantes de la sangre y con un concepto de la masculinidad muy enraizado en la violencia y la dominación. De niño, dedicaba el tiempo libre a estudiar los retratos de su casa y localizar a sus ascendentes en el prolijo árbol genealógico. Le fascinan los retratos en los que aparecen escenas de caza y desarrolla una pasión por la carne cruda, la sangre, el dolor infligido, las experiencias al límite que poco a poco desarrollará con sus distintas compañeras.
«El plato está cubierto por una campana de plata. La pequeña sirvienta la levanta y descubre una pechuga de pato que está sin cocinar y el costillar crudo y despeinado de un cordero. Féléor sonríe y da las gracias con mucha delicadeza».
El amor platónico de Mércredi que le idealiza de tal manera que el propio Féléor lucha por convertirse en el hombre que ella soñó que él sería, una especie de Hannibal Lécter sin escrúpulos pero elegante, pausado, sereno, masculino. La dolorosa Constance que contrae matrimonio con él para olvidar a su difunto marido. La masoquista Abigaëlle que asocia el dolor que infringe a su cuerpo en sus prácticas de ballet clásico con el éxtasis sexual. La desolada Frida, una mujer madura que culpa a sus hijos y al paso del tiempo de su pérdida de juventud y de firmeza en su piel y que se siente tan halagada por que Féléor se haya fijado en ella que accede a casarse de nuevo. La fría y racional Phélie, que ve la muerte como algo tan natural que acepta como inevitable que Féléor la asesine. La bellísima Lottä, marcada por la profecía que le auguró su madre antes de morir, rota por su ausencia, busca en el taro el reencuentro con ella y en ese camino del destino, se une a Féléor en un intento de escapar del mismo destino sufrido por las mujeres de su familia. Y por último Marie, la curiosa, la que intenta ser todas las anteriores a la vez, y la más despreciada por un Féléor ya viejo pero aun imponente.
«Dice que le gusta mi deseo, pero que la muerte de ella fue un placer más fuerte, más intenso, aunque ella no lo amara nunca. Entonces comprendo que, mientras yo viva, esa otra mujer valdrá más que yo (...) Así es como se me ocurre la idea de dejarlo que me mate».
Audrée Wilhelmy
El placer que siente al someter a sus mujeres va en aumento con cada una de ellas, necesitando a cada paso más violencia, más erotismo, más estímulo, como el drogadicto que requiere cada vez de una dosis mayor. En un primer momento todas acuden a él por voluntad propia, por una supuesta libertad de elección (¿De verdad lo eligen con libertad? ¿Hasta que punto están condicionadas por sus antecedentes, por su historia personal?), atraídas por su riqueza, por las leyendas que se cuentan de él y por el deseo de pasar a la historia. Todas saben que tarde o temprano serán asesinadas, eso sí, cuando ellas decidan. Una de las cosas que más me han llamado la atención de este libro es la múltiple capas que lo componen. Si nos quedamos con una lectura superficial lo más probable es que nos quedemos con una mezcla a caballo entre el horror y la repulsión. Sin embargo, si profundizamos en lo que sus protagonistas nos cuentan, nos damos cuenta de que cuando la reseña del semanario francés L´Obs afirma que «bebe del medievalismo, del romanticismo y del freudismo», está dando en la clave del mismo. Así, en la más pura tradición medieval, Audrée nos sumerge en un mundo casi onírico de peligros que acechan, de aventuras y encierros que entrañan una moraleja más que moral, amoral. Siguiendo la estela del romanticismo todas las pasiones son llevadas al extremo: el amor exclusivo y absorbente, el mundo que gira en torno al otro, la búsqueda de la salvación o de la destrucción a través de sentimientos vehementes que toman el control de uno mismo. Y sus personajes, que habrían hecho la delicia de cualquier analista freudiano, se sumergen en un erotismo sin límites (Sade, por supuesto, es mencionado) y manejan sus instintos más salvajes, crueles incluso, cayendo en espirales de autodestrucción que escandalizan por su perversión y fascinan por el ímpetu de la pluma narrativa de Audrée.
«Soy la Luna. Es a mí a quien aúllan los animales. Los hombres son los animales y el cangrejo agazapado en el agua es la locura que los acecha».
Sin duda, estamos ante una obra arriesgada, un excelente ejercicio literario, de esos que no tienen término medio: o te atrapa o te repele. Leer «Las sangres» es romper la línea que separa emociones tan dispares como dolor y placer, amor y odio, repulsa y atracción, y puede llevar a quien la lee a sorprenderse por verse seducido, o por el contrario, escandalizado, por los relatos que contiene. Cada mujer entraña un estereotipo, tienen en común los celos y la inseguridad así como un aislamiento social, ahí, en la opulenta mansión rodeadas de lujos, sin más aspiraciones que vivir por y para Féléor, intentando colmar la copa vacía de su interior mediante la sensualidad, adictas a ella. Todas pueden ser analizadas y eso también es interesante: Audrée no nos da el trabajo hecho; somos las lectoras quienes tenemos que apartar las cortinas para descubrir qué esconden. Un libro excelente para que quien lo lea ponga a prueba sus propias reacciones. En todo caso, un libro que en ningún caso dejará a nadie indiferente. 

Ficha técnica
Puntuación: 8/10
Título original: Les Sangs
Traducción: Luisa Lucuix
Editorial: Hoja de Lata (1ª edición, 2018)
Páginas: 186
ISBN: 978-84-16537-39-6
Precio18,90€