lunes, 31 de julio de 2017

Apegos feroces - Vivian Gornick


Título original:  Fierce Attachments: A Memoir.
Traducción: Daniel Ramos Sánchez.
Edición: Editorial Sexto Piso (1ª edición. 2017). 
Páginas: 195
ISBN: 978-84-16677-39-9
Precio: 19,90€
Calificación: 10/10

Lo que más me ha gustado: Su honestidad. Vivian Gornick despoja su narrativa de todo adorno innecesario para, al más puro estilo Natalia Ginzburg (#miNaty, por quien la autora ha manifestado su admiración) construir una escritura compacta y redonda donde no sobra ni una coma ni falta un punto, lo cual le permite centrarse en lo realmente importante: su ambivalente relación con su madre. Se podría decir que Apegos Feroces es el negativo de Querido Miguel. Mientras que en esta novela, Vivian Gornick cuenta la versión de la hija, en Querido Miguel, Natalia Ginzburg desarrolla la de la madre. 

Lo que menos me ha gustado: Las novelas autobiográficas, como señala Rosa Montero en «La ridícula idea de no volver a verte» conllevan un riesgo evidente a la hora de delimitar qué contar y qué callar a fin de no herir a terceros ni perder la integridad uno mismo. Vivian Gornick maneja con deleite estos dilemas, si bien me ha faltado un poco más de desarrollo de algunas pinceladas que esboza.
«(...) es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: "Ésta es mi hija. Me odia". Y a continuación se dirige a mí e implora: "¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?". Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.» (Pág. 18)
El vínculo con la madre... ¿qué se puede decir de esa relación que nos marca de por vida? Una relación determinada por el azar y que, como dice Gornick, es un ejemplo perfecto de «la naturaleza circunstancial de la mayoría de los apegos». No elegimos a nuestros padres. Tampoco elegimos a nuestros hijos. La cocktelera genética hace de las suyas tirando sus dados para que ¡voilá! allá aparezcamos en brazos de una mujer con la que conviviremos, si todo va bien, durante muchísimos años. Hablar de apegos maternos es casi imposible si no hacemos referencia a nuestra propia figura materna y eso es lo que hace Vivian Gornick en este libro publicado en 1987: desgranar con pasión, rabia, admiración y amor profundo su vínculo con una madre que a veces nos desata la admiración y otras veces nos desencadena la ira. Y es que, sin duda, no hay relación más llena de sentimientos ambivalentes y altibajos que la de una madre y una hija. El poder que tienen las madres es tal que determinan la forma en la que caminamos, respiramos y miramos cuanto nos rodea. Como si de una veneración religiosa se tratase, una palabra suya basta para sanarnos... o para herirnos. De esos momentos imprescindibles de apego pero también de los momentos de desapego «nace el relato que contamos de nuestras vidas»
«—La infelicidad está tan viva hoy en día.
Sus palabras me sobresaltan y me satisfacen Siento placer cuando dice algo cierto o inteligente. Llego casi a quererla.
—Ése es el primer paso, mamá —digo con suavidad—. La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa.» (Pág. 41)
Vivian Gornick.
Eso mismo le sucede a Vivian Gornick con su madre, una mujer «judía y comunista» de fuerte carácter que esconde su sensibilidad detrás de la consabida cortina de dureza que, en ocasiones, desenmascara una cortante crueldad. Vivian Gornick nace el Bronx en 1935, y su infancia transcurre en un barrio judío de viviendas pequeñas y edificios en los que se vive de puertas para fuera ya que la intimidad allí es un imposible. Los olores, los gritos, los jadeos y las risas traspasan muros y cerraduras convirtiendo a los demás vecinos en testigos involuntarios de las propias vidas. En ese ambiente ruidoso la pequeña Vivían aprende pronto a reconocer los matices en las voces de esas mujeres que entran y salen de su casa con toda familiaridad para quejarse, tomar un té, pedir sal, enseñar un ojo morado, cotillear sobre las vidas de las demás, desplegar la sororidad en la comunidad. El enorme cinismo y la inteligencia aguda de su madre ejercen de banda sonora de un conocimiento de los entresijos de la vida que muchas veces se produce antes de tiempo, antes de que el cerebro del niño sea capaz de procesar con toda su complejidad cuanto está ocurriendo a su alrededor. Esa banda sonora se va alternando con la de Nettie, una joven vecina viuda y madre de un hijo, que comienza a ejercer la prostitución y tiene un único objetivo: seducir a los hombres al estilo mantis religiosa.
«Nettie, como pronto se comprobó, no tenía dotes de madre. Muchas mujeres carecen de ellas. Reproducen los gestos y ademanes que recuerdan de las mujeres en las que han sido entrenadas para convertirse y esperan que todo salga bien.» (Pág. 55)
Así, dos mujeres, una madre que construye su identidad entorno al matrimonio y al amor idealizado y una joven vecina que la construye a través del amor erótico y del desprecio hacia los hombres, son las encargadas de introducir a Gornick en el complejo mundo de las emociones, el sexo y el amor, algo que la marcará de por vida junto con la muerte temprana de su padre. El padre, eje en torno al cual giraba la madre con su idealización sobre exaltada del amor y de su importancia en la vida de una mujer, coloca al pequeño núcleo familiar en una oscuridad de la que solo el hermano mayor logra salir. Pero Gornick, aun adolescente, se ve obligada a convivir bajo esa sombra que el duelo por la muerte del padre ha convertido a la madre en un ser fantasmal de una presencia asfixiante. Gornick no tiene opción de manifestar su propio dolor por su orfandad paterna; no puede llorarle ni echarle de menos porque no hay ni un solo rincón donde poder expulsar su desconsuelo. Todo, cada cajón, cada escondite detrás de una cortina o debajo de una mesa, cada muesca en la pintura de la pared, está ocupado por el inmenso, enorme, exagerado dolor de la madre. La compasión que ella siente es única y exclusivamente dirigida hacia sí misma. El vínculo que une a Gornick con ella, que ya había sido complejo, se convierte a partir de ese momento en un «Apego feroz». La madre comienza entonces a crear su identidad alrededor de una única idea romántica: sufrir en su papel de viuda. Y en esa nueva identidad creada se enfada con Nettie y obliga a su hija a elegir entre ambas. Gornick la odia pero no puede separarse de ella; la ama pero ese amor duele y apesta; la admira pero nada más lejos de su deseo que parecerse a ella. 
«La había embargado un sentimiento de pérdida tan primigenio que había acaparado toda la pena. La pena de todos. La de la esposa, la de la madre y la de la hija. La pena la había llenado y la había vaciado. Se había convertido en un recipiente, en un conducto, en una manifestación.» (Pág. 68) 
Emil Nolde. Garden (artista que se menciona en el libro)
Gornick contrae matrimonio con veintitrés años tras acabar la universidad y pronto descubre que ella no siente esa veneración por el amor y por el hombre que se ha casado como el que su madre sí sentía por su padre y por el amor en general. «¿De qué sirve todo lo que me has enseñado, madre?» parece preguntarse Gornick en esa etapa de su vida. Desorientada, sin referencias a las que aferrarse, debe ir construyendo a deshoras, poco a poco y por sí misma, su propia identidad. Su trabajo como divulgadora del feminismo la ayudará a ello. 
«—¿Por qué no te vas ya? ¿Por qué no te partas de mi vida? No voy a detenerte.
Veo la luz, oigo la calle. la mitad de mí está dentro; la otra mitad, fuera.
—Ya sé que no, mamá.» (Pág. 195)
Con el paso de los años la relación entre ambas se calma. Gornick, aun manteniendo su vínculo con su madre, consigue ir reafirmándose como mujer, como profesional, como persona. Esa distancia con la que puede observar el pasado le permite salir a pasear todos los días con su madre. Y es a través de esos paseos por Nueva York, mientras contemplan escaparates, observan suelos desnivelados, sienten el desvelo de los atardeceres, cuando ambas consiguen encontrar un lugar en común en el que poder sentarse a descansar, observarse con unos ojos que transcienden de lo personal, de la ira acumulada, de los reproches. Por primera vez en su vida ambas se molestan en conocerse, comprenderse, y sobre todo, aceptarse. Recordando historias pasadas de vecinas del bloque de edificios (la señora Kornfeld, los Roseman, la señora Singer...) en el que convivieron van tejiendo una red mutua donde el odio deja pasar a la comprensión, la rabia, a la empatía y los reproches al reconocimiento mutuo. Gornick descubre que, por más que lo haya negado, tiene más en común con su madre de lo que pensaba. Sus raíces se hunden en sus brazos, sus pensamientos en sus palabras, sus recuerdos se enredan de forma indisoluble a los de ella. Nunca es tarde para convertir esos apegos feroces en apegos dulces pues, no en vano, la historia de nuestras madres es también una parte de nuestra historia. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Cómo dejar de escribir - Esther García Llovet






Edición: Anagrama. (1ª edición, enero 2017)
Páginas: 128
ISBN: 978-84-339-9827-9
Precio: 15,90 €
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: el libro se lee como si estuvieses viendo una película (no en vano, la autora estudió Dirección de Cine y ha trabajado como guionista de documentales), con localizaciones constantes (la calle López de Hoyos, el barrio de Arturo Soria, la Puerta del Sol...) que permite que con pocas palabras la autora nos cree imágenes completas.

Lo que menos me ha gustado: el tono narrativo a veces es demasiado ligero, volátil, y al alejarse de la narración clásica con una trama definida y desarrollada linealmente hay que estar muy pendiente para distinguir lo onírico de lo real, lo que ha pasado y cuándo ha pasado.
«—Siempre encerrado, no sales nunca. ¿Qué es lo que escondes en esa casa?
En esa casa escondo la promesa de un pasado (Pág. 93)

Tres horas ha durado el libro entre mis ojos y mis manos. Comencé a leerlo y desde ese mismo momento supe que no podría dejarlo hasta que no hubiese llegado a la última página. Lo recibí como regalo de Reyes retrasado el mismo día que se publicó, el 11 de enero, y lo primero que hice al ver el nombre de la autora fue investigar en internet sobre ella dado que me era completamente desconocida. ¿Esther García Llovet? No me sonaba de nada, ni siquiera de haberla visto en las librerías que tanto frecuento (seguramente estaba allí, a la vista, con alguna de sus obras anteriores, pero nunca quedó grabada en mi memoria) y no tardé en encontrar elogios sobre ella: «Se lee a velocidad de vértigo» ( Elvira Navarro sobre Submáquina, entrada en su blog del 11 de agosto de 2011); «Nos da igual lo que García Llovet nos cuente, porque siempre lo hace con una forma de mirar e interpretar la realidad que no se parece a la de nadie.» (Emilio Ruiz Mateo sobre Mamut, entrada en su blog del 25 de julio de 2014); «autora de culto» (Sara Mesa, en la contraportada de este libro que estamos comentando).
«Que yo nunca supiera por qué mi padre me mandó a estudiar a Ginebra cuando tenía diez años y prácticamente no volviera a verlo en mi vida es algo que me preocupa menos que el hecho de que nunca me importó gran cosa.» (Pág. 30)

El argumento es sencillo de contar si bien lo que diferencia a García Llovet de otros autores es que en este caso el "de qué va el libro" no es lo importante, es más, ni siquiera es importante pues sirve únicamente de excusa para dar a conocer lo que realmente importa a su autora: los personajes, el devenir del tiempo, la pusilanimidad, el ir sin rumbo por la vida. Aún así diré en pocas líneas que Cómo dejar de escribir trata de Rulfo, el hijo de Ronaldo, un afamadísimo escrito chileno que fallece en un accidente de avión. Tras su muerte, Rulfo regresa a la casa madrileña del padre a quien apenas conoce porque con diez años le envió a estudiar a un internado de Ginebra y con el paso de los años sólo se lo ha encontrado en contadas ocasiones. En esta casa, acompañado de Curto, amigo ex convicto del padre, se dedicará a la búsqueda de un manuscrito perdido de su padre y paralelamente del viejo coche del mismo que fue robado, un Seat 1.500. Ante este argumento podríamos imaginar todo un entramado de carreras, armarios saqueados, secretos que reaparecen entre papeles perdidos en la buhardilla, entrevistas con amigos y conocidos, habitaciones revueltas, todo en aras de encontrar el dichoso manuscrito y el misterioso coche. Pero nada más lejos de la realidad.
«El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte». (Pág. 43. Frase dicha por Roberto Bolaño en una entrevista para la revista Playboy, julio de 2003, México y que Esther usa para dar título a la segunda parte del libro).

Despiadada. Así es Esther con sus personajes en este libro, porque si sus personajes se hubiesen dedicado a realizar tal búsqueda se habrían encontrado ocupados, entretenidos, ilusionados por tener un proyecto, un fin en su vida. Y entonces habría sido un libro de aventuras, o una road movie literaria, o una novela negra, pero entonces no la habría escrito Esther García Llovet. La autora tiene estudios en Psicología Clínica lo que le permite profundizar en las esquizofrenias de sus personajes, en sus paranoias, sus pasividades. Una escritura despiadada, desquiciada, desesperanzada que coloca a los personajes como robots, dejándose llevar por el tiempo, por la tristeza, el rencor y la inacción. Zombies que hablan unos con otros mediante diálogos de cuatro frases, sentencias cortas pero llenas de contenido. Esther dice que empezó a escribir por el impacto que le causó Roberto Bolaño (escritor chileno, como el padre de Rulfo, Ronaldo ¿es Ronaldo un alter ego de Bolaño?) y, sin duda, la influencia de este autor se nota en su narrativa. El maestro (adorado por unos, defenestrado por otros), estaría orgulloso de esta alumna que lejos de imitarle crea un estilo propio.
«La farola del jardín tililaba como la llama de una vela, la llama rojiza de cumpleaños de muerto (Pág. 29)
Cada frase de Esther es una bofetada (una "hostia", creo que diría ella, sin tapujos) en toda la boca. Con la nariz sangrando sigues leyendo esperando reencontrarte con esos protagonistas de nombres tan feos, con vidas feas, que viven a la sombra del gran Ronaldo (por cierto, nombre que coincide con el del otro ídolo del fútbol, ese deporte del que tanto hablan y tanto gusta algunos de los personajes que desifilan por aquí). Seguir la trama de la novela ciñiéndonos a su argumento es complicado. Al igual que en la obras de Bolaño hay saltos en el tiempo, elipsis, personajes que aparecen de la nada y que sñolo páginas después vas entendiendo, o mejor dicho, intuyendo, qué hacen aquí.
«Cogió el primer folio del montón, un montón de unas doscientas páginas. Lo levantó, estaba escrito hasta la mitad. 
El segundo folio estaba en blanco.
El tercer folio estaba en blanco.
El cuarto folio estaba en blanco.
Como los otros doscientos.» (Pág. 98)

El personaje de Renfo me ha recordado, salvando las distancias, a la protagonista de Cicatriz de Sara Mesa. Ambos tienen en común una sensación de abandono respecto a su familia (mucho más acusada en el caso de Renfo quien ha vivido sin su padre y sin su madre -de la que sólo sabemos que era alcohólica-) y un caminar por la vida sin rumbo esperando que otros decidan por ellos, que una luz les ilumine, que pase algo que les haga hacer algo. Renfo tiene que buscar un manuscrito que nunca busca, no del todo; un coche que tampoco busca; un padre con el que sólo habla cuando sueña reproduciendo conversaciones que nunca tuvieron; tiene que escribir un libro sobre su padre que nunca escribe; y tiene veintitrés años así que tiene que vivir, pero tampoco vive. Todo el día encerrado en casa, sólo deambula y sale a correr por la M30, por Alfonso XIII, por Corazón de María, por ese Madrid lleno de chalets que resulta tan superficial y tan frío como el propio Renfo. Y entre carrera y carrera, fuma Kool mentolado, charla con VIPS, la antítesis de Renfo (quien no deja de ser un niño bien con una buena posición económica heredara de su padre), un desempleado de larga duración que sobrevive también como puede y observa desde la distancia a Claudia, una pija de la que se ha enamorado.
«(...) quizás lo que sonaba era ese zumbido de aburrimiento puro y duro de la gente de mucho dinero, la falta de ambición, no tener que tenerla.» (Pág. 73)

A lo largo del relato Esther hace referencia a Bouvard y Pécuchet, los personajes de la obra homónima inacabada de Gustave Flaubert y los relaciona con el deseo de Renfo de tener a un Pécuchet en su vida, un amigo, alguien que no le abandone y con el que poder emprender todo tipo de acciones juntos, incluso las más descabelladas. Curto podría ser ese Pécuchet, de hecho lo es, incluso cuando se vean obligados a separarse. 
«Después de la muerte viene el olvido.» (Pág. 123)

La prosa de Esther nos hace tomar conciencia de nuestras carencias como lectores. Acostumbrados a que muchas voces narrativas decidan por nosotros y nos den la comida comprada, cocinada y masticada, con Esther es un "tú te lo guisas, tú te lo comes". Debemos estar pendientes de cada línea, de esos dobles sentidos, de esas frases aparentemente pronunciadas al viento y que contienen una vida, y rellenar con nuestra imaginación e intuición propias los huecos como valles que Esther nos deja.
«—La desesperación es corta. La pena, larga.» (Pág. 34)
En ella nada es superficial. Todo es importante. Y cuando digo "todo" es "todo" porque a pesar del nihilismo que destinan en ocasiones los personajes, en quienes recae todo el peso, Esther nos manda un mensaje, una "hostia" tras otra.

Un apunte biográfico. Esther García Llovet 


 Esther García Llovet nace en Málaga el 23 de noviembre de 1963 y en 1970 se muda a Madrid, donde se licencia en Psicología Clínica y realiza estudios de Dirección de Cine. Comienza a escribir en el 2000 por la profunda impresión que le produjo la lectura de Roberto Bolaño. Así, en un artículo publicado en Culturamas Esther define Nocturno de Chile (novela de Bolaño publicada en 1999) como la novela de su vida y dice: «En el año 2000 yo acababa de volver de Santiago de Chile a donde había ido detrás de un chileno que con treinta y tantos años seguía viviendo con su mamá, en casa de su mamá, con fotos suyas (de él) en todas las habitaciones. Estoy en Madrid entonces, en una librería de estas de franquicia donde compro lo de siempre; autores centroeuropeos, polaquitos suicidas, etc. Y veo: “Nocturno de Chile”. Autor: Roberto Bolaño. Esa misma noche lo empiezo y lo acabo. Lo empiezo. Lo acabo. A la mañana siguiente me siento a escribir el primer relato de mi vida.» Leyó tanto a Bolaño que en una entrevista del 2014 para Lecturas sumergidas dijo: «De él lo leí absolutamente todo. Me quedé tan saturada que ahora no me comería ni una tapa.»

Ha escrito reportajes en publicaciones periódicas como el suplemento El Viajero de El País, Qué Leer y El Asombrario
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lunes, 24 de julio de 2017

En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart


Título original: By Grand Central Station I Sat Down and Wept.
Edición: Periférica (Diciembre 2009)
Traducción: Laura Freixas
Páginas: 155
ISBN: 978-94-92865-00-0
Precio: 17,50€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: Se percibe, por la gran sensibilidad de Elizabeth, que gran parte de la novela ya estaba escrita antes de que conociese a Barker pues su búsqueda del amor, su intensidad emocional y sexual, su espejismo poético, sus instintos puros, son emociones galvanizadas que la movieron a sentir algo extraordinario.

Lo que menos me ha gustado: Esa visión del amor como un todo que aísla a la amante del mundo (la Segunda Guerra Mundial, cuyo eco resuena en la novela, queda relegada a un segundo plano por esa pasión que desborda), que le da vida y se la quita (y que me recuerda en ocasiones a Sylvia Plath) y que otorga identidad y único sentido. No es un amor, el de Smart en esta novela, que complemente, sino un amor obsesivo, sumiso, que anula y que absorbe. De hecho, cuando Angela Carter lo reseñó para The Guardian confesó que no deseaba que ninguna hija suya se encontrase en la situación de llegar a escribir un libro como este, por muy exquisita que fuese la prosa que se encontrase en ella.
«Nunca antes había yo estado enamorada de la muerte, ni agradecida a las rocas por prometerme una muerte segura. (...) Pues no hay belleza en negar el amor, excepto quizá a través de la muerte, y hacia el amor ¿existe algún camino?» (Pág. 24)
Abro el libro al azar y me encuentro frases como estas: «Nuestro beso fue un torrente que hizo un canal alrededor del mundo: de él paró el amor, igual que un refugiado en el último barco» (Pág. 35); «Estoy ciega, mas fue la sangre, no el amor, lo que cegó mis ojos.» (Pág. 33); «El día engaña, pero de noche, nadie está a salvo de alucinaciones» (Pág. 14). Da igual qué página se abra, como una dama de noche, en todas y cada una de ellas encontramos una cita llena de belleza, a veces inundada por el amor, a veces desbordada por el tormento. La escritura de Elisabeth Smart, quien escribió este libro cuando se encontraba embarazada de su primera hija, Georgina, vomita todas las emociones que ella comenzó a sentir al conocer a George Barker, un amor que desplazó a un lado a los millones de habitantes de la tierra y convirtió nuestro planeta en un espacio aislado en el que solo existían ella, George... y la mujer de George.
«¿Cómo puedo hablarle? ¿Cómo reconfortarla? ¿Acaso puedo justificarme ante ella, más de lo que me justifico ante las flores que aplasto con el pie cuando camino por el campo? Y él, solícito, se inclina sobre ella.» (Pág. 22)
Elizabeth Smart
Pero para entender mejor esta obra lírica, puesto que no se trata de una narración al uso con descripciones y explicaciones sino, como decía antes, un vómito de emociones, es necesario conocer antes un poco de la vida de esta mujer que ha pasado a la historia de la literatura por este libro que Angela Carter definió como la historia de una «Madame Bovary fulminada por un rayo». Elisabeth Smart nace en 1913 en el seno de una familia acomodada de Ottawa (Canadá). Ya desde pequeña muestra una sensibilidad notable por cuanto le rodea, quizás motivada por el carácter frío y estricto de un padre abogado y la absorbente relación con su madre, una mujer de "Apegos feroces" (que diría Vivían Gornick) que la rodeaba con unos brazos exultantes que ella misma califica de ¨garras». En 1937 comienza a trabajar como secretaria de Margaret Watt, Presidenta de Associated Country Women of the World y con ella viaja por distintos países. En Londres, al entrar en la librería Better Books en Charing Cross Rd., descubre un libro del poeta inglés George Barker y es ahí cuando se enamora no sólo de su obra sino del hombre que la escribe. 
«Bajo la cascada me sorprendió bañándome y me dio algo que no pude rehusar, como no puede la tierra rechazar la lluvia. Luego me besó y se fue a su cabaña.» (Pág. 22)
A través del escritor británico Lawrence Durrell comienza a mantener una relación epistolar con Barker y en 1940 accede a pagar el billete de avión para él y su mujer, Jennifer, a fin de que ante la amenaza de la Segunda Guerra Mundial logren salir de Japón (donde él trabajaba como profesor) con destino a California. Es aquí, en este punto, en esta espera de Elisabeth en la estación de tren, donde comienza esta novela:
«Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo.» (Primeras líneas. Pág. 11)
George Barker
La atracción entre ellos es inmediata y pocos días después comienzan una relación intermitente y tormentosa que durará dieciocho años. La presencia de la mujer, de quien Barker se negará a divorciarse alegando que sus creencias católicas se lo impiden, rodea a Elizabeth de remordimientos. Cuanto más placer siente por esa relación apasionada, mayor es el dolor que le asola imaginando el sufrimiento de Jennifer. Pero ese dolor se verá agravado por un motivo que a ella le toca personalmente: el rechazo social a su relación. En la frontera de Arizona los dos amantes son detenidos por su relación pecaminosa. Esa detención refleja claramente el doble rasero moralizante: mientras que él, el adúltero, es dejado en libertad, ya que todos los americanos son castos «por ley», ella, la mujer que se aparta del buen camino, la que provoca, la que rompe matrimonios, es tratada como una delincuente y devuelta a Canadá. Esa doble moral que Elisabeth sufrirá como la espada de Democles durante toda la relación, se convierte en algo tangible en boca de esos policías, de esos hombres y de esas mujeres, que la juzgan, criminalizan y humillan. 
«Se me acusa de silencio y de amor.

La matrona dice: Deme esa pulsera, no están permitidas las joyas. (El amado mío...) Démela inmediatamente. Y el anillo. (El amado mío...) Y el bolso. ¿Todo este maquillaje lleva aquí dentro? ¡Pero qué barbaridad! ¡Barra de labios! ¡Perfume! No me extraña que esté donde está. (Aliviadme con flores y con manzanas, dadme algún contento). » (Pág. 53)
Grand Central Station (New York)
De ahí que las referencias bíblicas a lo largo del libro sean constantes, así como ha personajes de las tragedias griegas y latinas clásicas, o a personajes melodramáticos de Shakespeare. Elizabeth ha roto la voluntad divina, se ha apartado del buen camino que una mujer decente ha de seguir, ha desobedecido los imperativos sociales, y lo que es "aun peor", no esconde su amor. Embarazada de Georgina, su primera hija, regresa a EEUU tras un enfrentamiento con sus padres, y en Nueva York, en Grand Central Station, con veintitrés años, se sienta a llorar al regresar de uno de sus encuentros furtivos con Barker. 
«Dicen: A medida que nos hacemos mayores aceptamos la resignación.
Pero cómo entran en ella: tambaleándose, humillados, ciegos. Y para ese pecado, el pecado de bajar la cabeza ante la resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención.» (Pág. 127)
De esa relación con altibajos nacerían cuatro hijos de los quince que Barker tuvo a lo largo de su vida con cuatro mujeres. A ninguna de ellas las dejó expresamente, pues tal y como relatan sus hijos, él se limitaba a irse y luego a regresar cuando mejor le convenía, confiando siempre que ellas estarían esperándole. En la entrada de su diario del 3 de febrero de 1976, Elizabeth escribiría: «Love. Children. Earning a living. Friends. Drinking. Pushed too far, to do too much. Silent years». Elizabeth fue silenciada por la tarea de sacar adelante ella sola a sus cuatro hijos y no fue hasta que estos crecieron y ella tuvo su dinero propio (Virginia Woolf, como siempre, demostró tener razón con su cuarto propio y sus quinientas libras al año) cuando retomó su voz para escribir. En 1980 la sombra de Elizabeth eclipsaba a la de Barker y, al coincidir ambos en una conferencia literaria, éste llegó a decir de esta novela que era un folletín propio de una revista femenina y que él no era ese hombre al que ella se refería. Los celos profesionales de Barker no han impedido que a día de hoy Elizabeth haya conseguido que su obra perdure y emocione más que nunca. 

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