martes, 17 de octubre de 2017

El club de los mentirosos - Mary Karr


Título original:  The Liar´s Club.
Traducción: Regina López Muñoz
Edición:  Periferica y Errata Naturae (1ª edición. Octubre, 2017). 
Páginas: 517
ISBN: 978-84-16291-53-3 / 978-84-16544-45-5
Precio: 23,00€
Calificación: 7/10

Lo que más me ha gustado: el esfuerzo que Mary Karr ha tenido que hacer al contar el período de su vida transcurrido entre los ocho y los diez años debió ser hercúleo. La mejor terapia para lograr superar el torrente de cosas que ninguna niña (y ninguna persona) debería vivir, y menos con esa edad, ha sido la de vomitar todo cuanto lo que le sucedió. Sí, uso este verbo con toda la intención, vomitar, porque su infancia no fue fácil, máxime cuando en su familia existía una norma no escrita de que aquello de lo que no se hablaba, no existía. Bravo por Mary Karr, y bravo porque su testimonio conmovedor y honesto es todo un ejemplo de que la mejor manera de caminar por la vida es librarse de equipaje, dando voz a muchas realidades silenciadas.

Lo que menos me ha gustado: me costó hacerme con su estilo descarnado, caótico por momentos en las primeras páginas, turbio en su planteamiento. Así mismo, el relato de algunos de los acontecimientos, tan frío y distante, con un estilo casi de testigo de juicio o de reportera de prensa, ha provocado que haya tenido que parar en ese momento la lectura para poder rellenar yo los huecos que faltaban. ¿Quizás era eso lo que ella buscaba: no ser una narradora omnisciente? Pero es un libro de memorias y me habría gustado, para conocerla un poco mejor, que hubiese añadido, aunque solo fuese una línea, algo de sus sentimientos. 
«Qué raro», le señalé a mi hermana una noche en la bañera, «que pensemos que lo "normal" es que los árboles tengan hojas, cuando en realidad durante seis meses al año están completamente pelados». (Pág. 374)
Hay libros de memorias que cautivan por la formas, por ese narrar poético cargado de imágenes que transportan y acarician, por su estructura limpia y fluida, por su olor a magdalena que nos abre puertas de nuestra infancia que creíamos atascadas. Me viene a la mente, como ejemplos de esta clase de libros del género de memoir, La Plenitud de la Vida de Simone de Beauvoir, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou o Cuatro Hermanas de Jetta Carleton.
«(...) cuando eres una niña y ocurre algo gorodo el personal te hace el mismo caso que si fueras un mueble.» (Pág. 23)
Otros libros, sin embargo, cautivan por el fondo, por las historias que cuentan con un estilo seco y minimalista, despojado de adornos y centrado en diálogos repletos de latiguillos y frases hechas propias de cada entorno doméstico. Los personajes aparecen con ojeras, melenas despeinadas por acabar de levantarse y gritando, llorando, abrazando y peleando con un sentido del humor irónico que ayuda a romper tensiones, aligerar ambientes y tomar distancia de situaciones dramáticas. El ejemplo más prototípico es, sin duda, Léxico Familiar, de mi querida Natalia Ginzburg, e incluso Tú no eres como otras madres, de Schrobsdorff o Apegos Feroces, de Vivian Gornick, que logran sacarnos una sonrisa ladeada mientras leemos sus tragedias.
«Lo peor no fue el desbarajuste que trajo consigo, sino el silencio que cayó sobre nosotros. Nadie comentaba nada acerca de nuestra forma de vida anterior. Era como si los propios cambios nos hubiesen engullido igual que una gran ola, arrasando con todo cuanto habíamos sido.» (Pág. 88)
Mary Karr.
¿Y El club de los mentirosos? ¿A qué grupo pertenece? Pues es una mezcla de ambas. Confieso que me costó entrar en el libro. Al principio, la profusión de nombres, los saltos en el tiempo hacia delante y hacia atrás, las referencias a personajes que no acaban de tener trascendencia en la historia más allá de crear un boceto de atmósfera (vecinos, compañeros de clase...), el lenguaje insolente plagado de tacos, hizo que en alguna que otra ocasión me plantease dejar el libro de lado y pasar a otra cosa. Sin embargo, resistí porque una voz interior me decía que merecía la pena darle una oportunidad y que lo mejor aun estaba por llegar. Y, efectivamente, así fue. Una vez que te adaptas al estilo de Mary Karr es fácil deslizarse por él como si estuvieses aprendiendo a patinar y, después de darte unos cuantos culazos, lograses mantener el equilibrio y empezar a disfrutar del paisaje.
«Entonces dije algo que provocó que Lecia me diera un pellizco en el tobillo: «Me da mucha pena que estés encerrada [en el psiquiátrico]». Ella se echó a reír. «Qué coño, cariño mío», respondió, «vosotros también estáis encerrados. Sólo que en un cuarto más grande». (Pág. 280)
Mary Karr, haciendo alusión a la numerosa aparición de armas varias que aparecen en el libro, es una metralleta. Ráfagas de insultos, malas noticias y hechos de gran gravedad rociaron de casquillos la infancia de la autora que, en este libro, se centra en un período concreto de su vida entre los ochos y los diez años. Una madre alcohólica, amante de los libros, que va encadenando un matrimonio tras otro y que esconde un secreto que solo conoceremos al final de la obra y que nos ayudará a encajar las piezas de su personalidad; un padre que se reúne con un grupo de amigos formando el famoso "Club de los mentirosos", con el que pesca, caza, organiza barbacoas, todo regado de historias (muchas de ellas exageradas o inventadas) y alcohol; una hermana, Lecia, dos años mayor que ella que demuestra una madurez y un pragmatismo insólito para su corta edad, obligada por las circunstancias de su familia; una abuela desquiciada y amargada que cree en las palizas reparadoras y en la necesidad de controlar todo cuanto le rodea...
«Ahora lo imagino leyendo esto y me dan ganas de salirme de la página y agarrarlo por las solapas para que lo rememoremos juntos. Qué pasa, chaval. Seguramente ni leas, pero alguien habrá que lo haga por ti (...) Si cuento esto ahora, con la perspectiva de décadas y les de kilómetros, es para recordarte que sigo teniendo muy buena memoria, como me decía siempre mi padre». (Pág. 313)
En ese ambiente, tan aparentemente insano, las mentiras que dan nombre al club del padre se expanden como la mala hierba. Los miembros de la familia mienten, no tanto por acción sino por omisión. Aquello de lo que no se habla, no existe. Aquello que no se cuenta, nunca pasó. Es por ello que hay que reconocerle a Mary Karr el mérito de la catarsis personal que ha realizado en este libro autobiográfico contando todo cuanto vio y oyó, con el apoyo de su madre y de su hermana, durante aquella época. Es abrumadora, sin embargo, la frialdad con la que en muchas ocasiones aborda los temas que nos cuenta. Como si de un recorte de un periódico se tratase, a veces nos relata lo sucedido con la distancia de un periodista: pasó esto y aquello, a tal hora, en tal sitio y en tales circunstancias. Punto. ¿Qué sintió al respecto? ¿Por qué no se habló de ello? ¿Qué hizo ella inmediatamente después? Con el pudor que da hablar de una misma, Mary Karr se guarda las respuestas para sí y no las comparte con quienes la leemos. Sin embargo, a pesar de eso, Mary logra reconciliarse con su pasado y la admiración y el amor que siente por su familia, heredando el amor por la lectura de su madre, la capacidad para narrar historias de su padre, y la brújula en su vida que es su hermana, se detecta en cada uno de sus puntos y comas. No en vano, como señala la propia autora en el prólogo del libro: «cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional». 
«En cuanto al motivo por el no nos había contado nada hasta entonces (...), su respuesta literal se me ha quedado grabada por ser una de las frases más patéticas que pueda pronunciar una sexagenaria:—Pensé que dejaríais de quererme.» (Pág. 505)
Bayous en Texas.
La acción transcurre a caballo entre el seco Texas y el frondoso Colorado, dos ambientes distintos que se convierten en dos protagonistas más de la historia. Una de las cualidades como narradora de Mary Karr es la gran homogeneidad y coherencia de las imágenes literarias que usa ya que en ellas se recurre a elementos típicos de la cultura tejana y del western de Colorado: botas y sombreros de cowboys, serpientes y huracanes (cambios que arrasan con cuanto uno tiene), escarabajos y bayous (símbolo del fango en el que caminan esas relaciones familiares y esa realidad desestructurada), navajas y pistolas (la violencia como sombra del relato), son el esqueleto de la narración, dándole movimiento, veracidad y armonía. Y no quiero acabar sin mencionar algo que me ha llamado poderosamente la atención. En la faja que cubre el libro, se promete «la risa más sincera» [sic] y en la contraportada se denomina la niñez de Mary Karr como «tragicómica» [sic, sí, otra vez] e incluso he leído navegando por internet que esta obra le ha parecido a alguien «desternillante». Yo no sé qué libro habrán leído estas personas pero a mí, personalmente, no me ha desencadenado la «risa sincera» (en algún caso, alguna sonrisa ladeada al detectar la pauta que sigue Mary Karr para quitar hierro al asunto, como si nos dijera, preocupada por sus lectores: «tranquilos, salí de esta»), ni me ha parecido tragicómica (la única comicidad es la que la propia autora coloca en la narración desde la distancia, en un estilo que recuerda a Lucia Berlin, especialmente cuando habla de su padre) ni, por supuesto, «desternillante». Aviso para que no les pase como a mí, que me pilló desprevenida tanta frivolidad al abordar este libro; no quiero que me metan en el club de los mentirosos...


martes, 10 de octubre de 2017

Verde agua - Marisa Madieri



Edición: Editorial Minúscula.
Páginas: 168
ISBN: 978-84-941457-3-5
Precio: 12,00€
Calificación: 9/10
«El núcleo más antiguo de mi nostalgia se encuentra en una isla adriática, entre salvias olorosas que argentan los soleados pedregales y espumas «que en alta mar eran sirenas». Pero en aquella luz quieta, sin tiempo, ha transcurrido un presagio de ocaso. La isla ya no desconoce la contradicción». (Pág. 32)
Leer a Marisa Madieri es como flotar boca arriba en un lago de aguas tranquilas, verdosas, bajo un cielo azul sereno en el que aparece alguna nube blanca preciosa, ninguna amenaza de lluvia, que sirve para jugar a las formas mientras el ritmo acuático te balancea: esa tiene forma de colibrí, esa otra de cesta con manzanas... Pero sabes que por debajo de ti y de esa paz que te envuelve hay toda una vida. Peces y seres acuáticos recorren ese mismo agua en la que flotas, juncos se abanican al ritmo de corrientes subacuáticas, flujos de agua fría y caliente visitan cada rincón de ese lago, rocas se van desgastando adquiriendo formas imposibles... Marisa Madieri, una escritora "escondida" hasta hace poco, fue la mujer del prestigioso escritor Claudio Magris. Nacida en 1938 en Fiume (hoy Rijeka), antiguo territorio italiano que tras la Segunda Guerra Mundial pasó a pertenecer a Croacia, con once años se vio obligada junto a su familia a abandonar su ciudad natal para instalarse en un campo de refugiados de Trieste (Italia). Esta obra, escrita a modo de entradas de diario entre noviembre de 1981 y noviembre de 1984, fue publicada en 1987 cosechando unas críticas tan maravillosas que a día de hoy se le considera ya un «pequeño clásico contemporáneo».
«Esto le permitió [a mi madre] comprarme una falda acampanada y un conjunto formado por una rebeca y un jersey de cuello redondo, de orlón color verde Nilo (...) También verde agua se llamaba aquel color, que para mí es aún hoy el color del amor». (Pág. 138)
Igual que las capas de ese lago en el cual flotamos, la novela contiene también varias capas narrativas hiladas de forma sutil que nos permiten deleitarnos con los reflejos y las ondas de su superficie brillante y reposada pero también ver con claridad las simas, los remolinos, los bichos intimidantes, que contienen en su interior.
«He reflejado el rostro en el espejo de la noche y en el frágil verano de mis rasgos he visto reproducidas las ensenadas y los relieves de la isla Alcínoo, he recorrido los valles claros de la juventud, he seguido los senderos del tiempo, del recuerdo y del olvido». (Pág. 49)
Así, la primera capa estaría formada por el transcurrir de la vida vista con esa perspectiva apacible y serena que da no sólo el paso del tiempo sino también la superación de una enfermedad. Cuando Marisa, la bella Marisa, comienza a escribir este diario, ha superado un cáncer de mama. No tiene obligaciones laborales. Los hijos ya son mayores. El marido viaja bastante por temas laborales. Y de repente, se encuentra con una casa tranquila y silenciosa en la que las prisas por llevar a los niños al colegio, preparar cenas, poner lavadoras han dado paso a un discurrir lento del minutero del reloj que le permite reflexionar con calma sobre su propio pasado, en esa «profundidad del tiempo» que ha conquistado recientemente. Comienza por su infancia mostrándonos escenas congeladas recuperadas a golpe de recuerdo de su familia y de su Fiume natal. La infancia es su «Atlántida» particular, representada a través de ese comedor de la casa de su abuela paterna donde no se le estaba permitido entrar. Ya entonces se muestra como una niña tímida y retraída, estudiosa y responsable, con una gran curiosidad por todo cuanto le rodeaba, características que la asemejan a mi querida Natalia Ginzburg. Al igual que ésta, nos va retratando a través de las entradas breves y sucintas de su diario, a todos los miembros de su familia, creando una galería de personajes indestructibles que quedan grabados en la memoria del lector. Natalia nos hablaba de ese padre gruñón y exigente y esa madre hiperactiva y optimista. Marisa nos habla de una madre cariñosa empeñada en que sus hijas estudiasen para convertirse en mujeres independientes que le fue arrebatada demasiado pronto, «justo cuando habría podido empezar a devolverle aquello que hasta entonces sólo había recibido», y de un padre intermitente, preso político, con una imaginación prodigiosa, «consiguió siempre modificar alegremente su pasado en el recuerdo y transformar su vida en una novela llena de aventuras y de empresas gloriosas en las que acabó creyendo», que luchaba por encontrar un trabajo estable en medio de todas las turbulencias políticas que les rodeaban.
«Hay días en que miro de buena gana hacia a trás, otros en que el pasado se hace opaco y elusivo. Los intereses contingente prevalecen. Luego, de forma imprevista, el hilo secreto del tiempo que teje nuestra vida revela su tenaz continuidad. Un desgarro, un vuelvo del corazón. Todo está aún presente». (Pág. 51)
La segunda capa estaría formada por la historia de un éxodo, un éxodo que yo personalmente desconocía hasta que leí a Marisa Madieri. No en vano, a ella se la considera una de las voces representativas del éxodo istriano-dálmata. A través del relato de anécdotas domésticas Marisa nos arrebata el ambiente familiar, seguro y tranquilo que vivía en Fiume, nos habla de cómo el gobierno de Tito saquea, ocupa y reparte sus propiedades para obligarles a irse y nos introduce en los boxes grises, industriales, casi carcelarios del campamento de Silos, donde los italianos de Fiume son recluidos, en principio, de forma provisional. Pero el tiempo va pasando, Silos se convierte en guetto. Los boxes se deterioran, se vuelven inhabitables, frío helador en invierno, calor angustioso en verano. Marisa se refugia en el baño de la planta en la que vive, un baño con ventana desde donde puede imaginar todo el mundo que hay ahí fuera, esperándola, mundo al que ella tiene miedo a salir. La estabilidad y felicidad de las que gozó en su infancia han desaparecido y se aferra a pequeñas cosas, sobre todo a su madre, para poder lanzarse a la vida. Los miedos de Marisa son los miedos de cualquier refugiado, emigrado, exiliado. Llama la atención la figura de la abuela materna, representante de la voz autoritaria del fascismo de su época, matrona deseosa de controlar todo y a todos cuantos le rodean, que no sólo definía a las mujeres como «cloacas», sino que se erigió como «alcaldesa de Silos» y que atormentaba a la madre de Marisa con absurdas obligaciones como que le anotase detalladamente los partes metereológicos. Una mujer que llevaba a cabo «sórdidamente su obra de destrucción del más débil».
«A veces me siento incómoda en el papel de madre; me siento inepta, me parece que educo de forma descuidad, que hablo poco, que dejo escapar en vano estos preciosos años y días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores». (Pág. 53)
Sobre estas dos capas flota una tercera, la propia Marisa sobre el agua verde, su novela de formación, de desarrollo vital. Ella es quien es y está donde está por todo lo anterior. Agradece cada día extra que le concede la vida, sobre todo cuando el cáncer vuelve a reproducirse. Se reconcilia con su pasado, incluso con aquellos episodios terribles que algunos de sus familiares protagonizaron, en unos casos, o sufrieron, en otros. No oculta nada debajo de las piedras, remueve el agua para que salga turbia y luego observa cómo va reposando dejándonos ver lo que hay en debajo, en el lodo, sacándolo a la superficie. Como cuando nos habla de aquella tía materna, Teresa, que tras ser abandonada por su marido y ver perder a su hija de poco tiempo, murió sola con la única compañía de una foto de la pequeña descolorida por los besos, o de ese tío, Rudy, que superado por la miseria, comenzó a beber y se suicidó;
«Si he regresado a Ítaca, si en los largos silencios de mi vida han resonado por un instante las notas del vals que los planetas y las estrellas, tan relucientes esta noche, danzan en la odisea de los espacios, siento que debo dar las gracias a una multitud de personas, incluso a las que he olvidado». (Pág. 168)
Marisa regresa a sus amadas Croacia y Estonia tanto en sus recuerdos como físicamente cada vez que le es posible. Con ella viajamos a la Villa del Nevoso (hoy Ilirska Bistrica), a la isla de Cres (donde la pasión por su marido reflorece como en el sugerente «Cantar de los Cantares 7, 12», a las calles de la antigua Fiume. Dice Claudio Magris en el posfacio de este libro que la historia de Marisa es una grieta en la «atopía», el no-lugar de la mujer en la Historia, al conseguir que a través de ella hagamos un viaje a través de los ojos de una mujer, de su mujer para ser más exactos. Un viaje lleno de melancolía, afrontado con serenidad, que nos reconcilia con nuestro pasado, con nuestros recuerdos y que nos permite apreciar las pequeñas cosas de la vida, de nuestro presente. Marisa moriría en 1996, a los 58 años de edad, de cáncer. Este testimonio que nos ha dejado, aunque no se coincida con ella en algunas cuestiones ideológicas (Marisa fue católica y provida) es, simplemente, precioso.

viernes, 6 de octubre de 2017

Los restos del día - Kazuo Ishiguro


Título original:  The Remains of the Day
Traducción: Ángel Luis Hernández Francés

Edición: Anagrama Compactos (10ª edición. Octubre 2016). 
Páginas: 253
ISBN: 978-84-339-1429-3
Precio: 9,90€
Calificación: 8/10

Lo que más me gustó: el lenguaje preciso, elegante, correcto sin resultar sobrecargado, formal pero cercano, sereno aunque directo, con el que Kazuo Ishiguro hace hablar a Mr. Stevens, el mayordomo narrador de esta historia. El cuidado con el que el autor trata cada frase nos permite comprender por qué es considerado uno de los mejores narradores contemporáneos. Los diálogos entre Mr. Stevens y Miss Kenton también son épicos y le dan un ritmo a la narración necesario y también bello.

Lo que menos me gustó:  el ritmo de la narración es lento, igual que el transcurrir de ese viaje que Mr. Stevens hace a través de la campiña inglesa. Hay párrafos enteros dedicados al concepto de «dignidad», por ejemplo, que pueden hacer de la lectura algo engorroso. Pero si tenemos paciencia, si bajamos el ritmo de nuestros sentidos y lo acomodamos al del motor de ese Ford en el que viaja el protagonista, lograremos disfrutar de un paisaje que no nos decepcionará.
«Ahora relájese y disfrute. Eso es lo que pienso. Pregunte usted a cualquiera, y verá como le aconsejan lo mismo. La noche es mucho mejor que el día.» (Pág. 252)
Cuando comienzas a leer este libro y por la página cincuenta te das cuenta de que estás asistiendo al monólogo de un hombre, mezcla de robot y gentleman inglés, que habla hasta la extenuación sobre las responsabilidades que conlleva ser un mayordomo, el sacrificio casi monacal de su existencia y la obsesión con pequeños detalles como la colocación de un florero, es inevitable preguntarse: ¿pero qué demonios hago yo leyendo la historia de un snob que ni siente ni parece, que está continuamente autojustificándose, y cuyo ego rebosa hasta llegar al Támesis? Bien, paciencia. Todo tiene un por qué: mientras que en otros libros el momento de clarividencia, de epifanía, de «Clash», como lo llama el propio Kazuo Ishiguro, tienen lugar al comienzo del libro, en Los restos del día el Clash tiene lugar dentro de la imaginación del lector en el mismo momento en el que sucede en la mente de Mr. Stevens, casi al final de la novela. Por lo tanto, la obra es una excusa para ir desprendiendo, como si de capas de cebolla se tratasen, una a una, las vicisitudes de la vida del mayordomo y sus reflexiones sobre ella. 
«La dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa (...) Los grandes mayordomos adquieren esta grandeza en virtud de su talento para vivir su profesión con todas su consecuencias, y nunca les veremos tambalearse por acontecimientos externos, por sorprendentes, alarmantes o denigrantes que sean». (Pág. 51)
Pongámonos en antecedentes: Mr. Stevens en el clásico mayordomo inglés que ha servido toda su vida a casas señoriales. Flemático, pragmático y reservado se encuentra tan alejado del contacto con sus propios sentimientos que para él le resulta más sencillo hablar de qué método es mejor para limpiar la plata que hacer un chiste en mitad de una conversación. Su humildad, por tantos años trabajando al servicio de los grandes del país, está disfrazada de una dignidad muy útil para el desenvolvimiento de sus tareas pero terriblemente inútil para relacionarse con los demás. Es el típico hombre monotemático que no es capaz de llevar a buen puerto una conversación si ésta no versa sobre la colocación de la vajilla de gala o la contratación de una ama de llaves. Su padre también fue mayordomo y lleva grabada en su educación la creencia de que el gobierno de una casa está por encima de la vida privada de uno mismo, incluso en casos tan extremos como puede ser la muerte del propio padre.
«—¿Sabía que en mi relación con esta persona ha tenido usted un papel muy importante?
—¿En serio?
—Sí, mister Stevens. A menudo, pasado el tiempo riéndonos con anécdotas sobre usted. Por ejemplo, esta persona siempre quiere que le enseñe cómo se aprieta usted la nariz cuando echa pimienta en la comida. Le da mucha risa.
—Claro.
» (Pág. 226) 
Esta falta de sensibilidad de Stevens tiene su contrapartida en la ama de llaves, Miss Kenton, una mujer perfeccionista, intuitiva y responsable capaz de vislumbrar más allá del brillo de la plata cosas importantes en la vida, formando así una de las parejas más interesantes de la literatura contemporánea, protagonistas de escenas tan inolvidables como la disputa entre ellos dos sobre qué libro se encontraba leyendo Mr. Stevens en un determinado momento. Miss Kenton, con su peculiar sentido del humor y su sinceridad aplastante, intenta arrancar a Mr. Stevens de ese aletargamiento emocional en el que vive sumergido, sin conseguirlo. Hasta tal punto pone su empeño en despertarle algún sentimiento humano que transcendiera la lealtad incondicional a Lord Darlington, el noble para el que ambos trabajan, que al no conseguirlo, decide contraer matrimonio por despecho y abandonar Darlington Hall. Sin embargo, la correspondencia entre ellos continuará. Es sin duda, Miss Kenton, quien da una réplica precisa al frío Mr. Stevens. ¡Cómo me hubiese gustado saber más de ella! ¡Con cuántas ganas me he quedado de conocer su versión de la historia! Otro de esos personajes que se merecerían una novela propia. Inolvidable.
«Una de las frases (de la carta que Miss Kenton le envía a Mr. Stevens) empieza así: "Aunque no tengo la menor idea de qué utilidad puedo darle a lo que me queda de vida..." En otro párrafo dice: "...sólo veo el resto de mis días como un gran vacío que se extiende ante mí".» (Pág. 59)
Años después, cuando Lord Darlington ya ha fallecido y la mansión pasa a ser propiedad de un norteamericano frívolo y guasón se le plantea a Mr. Stevens la posibilidad de coger unos días de vacaciones por primera vez en su vida y recorrer los paisajes ingleses, lo cual aprovecha para viajar hasta Cornualles a visitar a Miss Kenton y tantear un posible regreso a Darlington Hall. Durante ese trayecto, que podríamos definir como un viaje más que de iniciación, de terminación, iremos comprobando cómo Mr. Stevens ha ido construyendo su identidad en torno a un único factor: su profesión, y como en la más elegante tradición británica va desplegando un flujo de conciencia hacia unas conclusiones que le van a sorprender y desestabilizar. Alejado de su profesión por este viaje vacacional comienza, por primera vez, a reencontrarse consigo mismo sin su uniforme y se plantea: ¿cómo podría haber sido mi vida si hubiese dejado mi trabajo? ¿hice lo correcto dejando marchar a Miss Kenton? ¿me ha compensado sacrificar mi existencia por un Lord que parece no ser tan digno como pensaba? Y, conjuntamente con él, llegaremos a dos conclusiones, a cada cuál más inquietante: la primera, que su anterior patrón, Lord Darlington, colaboró con el gobierno nazi para intentar llegar a una acuerdo entre Inglaterra y Alemania en aras de un supuesta paz común; la segunda, que renunció a cualquier posibilidad de tener vida propia, relación sentimental con Miss Kenton, incluida, por servir a un Lord al que por más que lo intente a lo largo de todo el libro, es imposible de justificar a esas alturas sabiendo a posteriori todo lo que pasó durante la Segunda Guerra Mundial.
«—Entonces quizá pueda sernos de agua Eno otro problema. ¿Cree usted que la situación monetaria de Europa mejoraría o empeoraría en caso de llegarse a un acuerdo militar entre franceses y bolcheviques?
—Lo siento mucho, señor, pero es un problema en el que tampoco puedo ayudarle
». (Pág. 96)
Esta doble historia de fracaso y devoción mal enfocada sume a Mr. Stevens en una sensación de vacío, futilidad y tristeza que sólo logra vencer aferrándose a la voluntad de disfrutar "Los restos del día", a la creencia de que la noche es mejor que el día. La frustración que siente sólo puede ser enfrentada por una gran honestidad con uno mismo que consiga salva un poco de su "dignidad", de su autoestima. En definitiva, los restos del día es la historia de cómo afrontar los errores cometidos en el pasado que ya son imposibles de enmendar y cómo aprender a sobrevivir lo que queda de vida con ellos. Una historia profunda, llena de matices, «hermosa y cruel» como la definió Salman Rushdie.
«Pues eso es lo que he observado, mister Stevens. No le hace ninguna gracia que haya chicas guapas entre el personal. ¿Teme acaso que le distraigan? ¿No será que no tiene demasiada confianza en sí mismo? Después de todo, también usted es de carne y hueso.» (Miss Kenton a Mr. Stevens. Pág. 166)
Como curiosidad, decir que el autor, Kazuo Ishiguro, nació en Nagasaki en 1954 pero con seis años se trasladó a vivir a Inglaterra. Lo que en principio iba a ser una estancia provisional para realizar su formación académica se convirtió en una estancia definitiva, de tal manera que Kazuo tiene nacionalidad británica aunque siempre ha conservado sus raíces japonesas, con esa forma de observar lo que le rodea con la sutilidad y la delicadeza que caracteriza a su cultura natal. Para escribir esta novela confiesa que devoró todo cuanto cayó en sus manos relacionado con las tareas de los mayordomos ingleses, su personalidad, su organización y sus deberes encontrando, inesperadamente, dos fuentes de inspiración distintas: la película The Conversation de Francis Ford Coppola y la canción de Tom Waits titulada Ruby´s arms. En la primera fuente encontró la inspiración sobre cómo tareas en las que uno pone todo su empeño y profesionalidad pueden desembocar en hechos trágicos; en la segunda encontró la inspiración necesaria para dotar a Mr. Stevens de esa personalidad tan poco acostumbrada a traslucir sus emociones, tan en dominio de sí mismo, que sin embargo, en un momento determinado colapsa y explota.
«Harry siempre anda por ahí intentando que l agente del pueblo se interesemos todos los problemas actuales, pero la vedad es que la gente lo único que quiere es que la dejen tranquila». (Pág. 217)
Un último apunte antes de acabar: reflexionando sobre muchos pasajes del libro en los que se habla sobre el sufragio universal, la necesidad (o no) de que los ciudadanos se involucren en la toma de decisiones políticas o la validez de la democracia como sistema político así como sobre las jerarquías sociales, las "buenas intenciones" de actos que tienen consecuencias dramáticas o el disimulo inquebrantable de opiniones y sentimientos, me ha sido inevitable cuestionarme, ¿no somos todos y todas un poco mayordomos? ¿no nos comportamos en ocasiones así como ciudadan@s? ¿qué importancia tiene realmente una profesión en nuestra identidad? ¿nos define nuestra supuesta profesionalidad o la supuesta bondad de nuestros actos? En conclusión, un libro muy interesante, de los que, como podéis comprobar, plantea más preguntas que respuestas da y que lo ilumina todo con una ligera luz de esperanza como el atardecer del resto del día. 


Nota: fotos correspondientes a la excelente adaptación cinematográfica rodada por James Ivory en 1993 con Anthony Hopkins y Emma Thompson como protagonistas. Sin ninguna duda, papeles hechos a medida para estos brillantes actores.

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