viernes, 27 de julio de 2018

Claus y Lucas - Agota Kristof


Traducción: Ana Herrera Ferrer / Roser Berdagué Costa
Páginas: 444
ISBN: 978-84-7669-710-8
Precio: Préstamos en biblioteca municipal (desde aquí una llamada para que lo reediten, por favor)
Calificación: 8/10.

Lo que más me ha gustado: una historia contada por dos niños de la guerra, hermanos gemelos, recién llegados a casa de la abuela materna cuya existencia desconocían, tras estallar la Segunda Guerra Mundial y que les llama hijos de perra, es una gran manera de atrapar a quien, por casualidad o con premeditación, se atreve a leer sus primeras líneas. De ahí ya es imposible soltarlo. Aconsejo leer La analfabeta (por si os apetece echarle un vistazo podéis leer la reseña que hice de esa #joyita aquí), obra autobiográfica de Agota Kristof, menos dura aunque igual de sensible, antes de lanzarse a este pedazo de obra brutal, impactante e inolvidable.

Lo que menos me ha gustado: los tres libros que se recogen en este volumen titulado Claus y Lucas fueron publicados como historias independientes. De ahí que al leerlos del tirón resulten a veces demasiado obvios y repetitivos. Mientras que el primer volumen El Gran Cuaderno me deslumbró por ese estilo incisivo y directo con el que se narró La analfabeta, en los otros dos el impacto se atenúa. 
«Decimos:
—¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! Yo os quiero... No os abandonaré nunca... Sólo os querré a vosotros... Siempre... Sois mi vida...
Y a fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa.
» (Pág. 25)
Agota Kristof. 
Agota Kristof (Hungría, 1935- Suiza, 2011) fue una niña traviesa que gastaba a su hermano pequeño bromas diciéndole que realmente era adoptado y que leía, leía todo cuanto caía bajo sus ojos, como una enfermedad. Su padre presumía de que su niña con cuatro años era una lectora talentosa y ella disfrutaba recogiendo del suelo cuanto papel impreso encontraba para descifrar el mensaje misterioso. Pero estalló la Segunda Guerra Mundial y el mundo se derrumbó. El padre fue movilizado, la madre no pudo hacerse cargo de sus hijos y tuvo que repartirlos entre varios lugares, dejando a Agota en un orfanato. Ahí comienza las pesadillas, el frío, los sabañones, el hambre, las carencias afectivas, la SOLEDAD con mayúsculas. La guerra acaba pero la situación no mejora. Agota se casa, tiene una hija, y con su niñita recién nacida en brazos la familia abandona clandestinamente el país y se refugia en Suiza. En el cantón francés. Agota no habla francés. Se convierte en una analfabeta. Estas pinceladas de su biografía las narra la propia autora en su librito escrito en 2004, cuando ya era una autora consagrada, de apenas setenta páginas llamado así precisamente, La analfabeta.
«Nuestro padre está caído junto a la segunda barrera. Sí, hay un medio de atravesar la frontera: hacer pasar a alguien delante de uno.» (Pág. 158)
Bajo el título «Claus y Lucas» se recogen tres libros escritos por Agota Kristof en tres momentos distintos: El gran cuaderno (1987, primera novela de esta autora), La prueba (1988) y La Tercera mentira (1991), novela que obtuvo el Prix du Livre Inter en 1992. En cada uno de ellos, Agota hace un despliegue de riqueza narrativa al contar la historia de los dos hermanos gemelos, Claus y Lucas, siguiendo un estilo diferenciado y único, hasta el punto de que parece que estuviésemos leyendo tres obras escritas por tres autoras diferentes con un único hilo conductor como intersección. Esta diferencia en la voz narrativa resulta tan evidente que por ello es inevitable que, para quienes lo leemos, haya un libro que destaque por encima de los demás, el favorito, el inolvidable. En mi caso es, sin duda alguna, el primero, El gran cuaderno, en el cual cada capítulo acaba con un ¡oh! y con reflexiones tan agudas como esta:
«La mujer dice:—¿Que no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos... Vosotros, una vez acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido; ¡hacedla pues, héroes de mierda!» (Pág. 91)
Quienes ya conozcan La Analfabeta reconocerán en esa primera obra el mismo estilo de Agota: capítulos cortos, de apenas dos páginas cada uno, que con pinceladas sutiles logran componer auténticos escenarios teatrales que sientan al lector en la butaca dispuesto a disfrutar de microhistorias narradas de forma compacta, sin lenguaje accesorio, sin adornos barrocos, directas al grano. Frases simples, que en muchos casos se componen de una estructura básica de sujeto-verbo-predicado, nos introducen en la mente de los dos niños gemelos, pues son ellos quienes escriben ese gran cuaderno contando, como si fuesen periodistas al igual que su padre, la verdad y nada más que la verdad. Sin sentimientos, tomando distancia de los hechos, no dejándose llevar por emociones ni consideraciones subjetivas. La verdad. Nada más que la verdad.
«Para decidir si algo está "bien" o "mal" tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos.» (Pág. 31)
No emocionarse, sin embargo, ante ese relato frío y distante, es imposible. La trascendencia de lo que escriben en su gran cuaderno esos dos niños rubios, tan guapos, tan despiertos, tan inteligentes, a quienes quisiéramos adoptar, abrazar, salvar de ese entorno de guerra, es tan envolvente, que les creemos a pies juntillas mientras observamos con admiración su capacidad sobrehumana y madura de resiliencia, con sus trabajos en el huerto, su formación autodidacta, sus ejercicios de endurecimientos del espíritu, de mendicidad, de ceguera y sordera, del ayuno... No solo encuentran la forma los dos, al alimón, de sobrevivir a las circunstancias que les acaecen sino que también logran prever la forma de afrontar aquellas que saben que les van a acaecer. Desde las primeras líneas, cuando les vemos caminar desde la estación de tren hasta la casa de la abuela, cargados con una pequeña maleta, cada uno a un lado de su madre, ésta con los ojos rojos, intuimos que vamos a leer una historia turbia. Y así es. La madre se ve obligada a abandonarles en casa de la abuela porque no puede hacerse cargo de ellos. En la ciudad pasan hambre. El padre ha sido movilizado y está en el frente. La abuela accede a regañadientes a hacerse cargo de ellos aunque no sabía ni que existían. Les llama hijos de perra.
«—Estoy obligado a creer.
—Pero, en lo más profundo de ti mismo, ¿qué piensas?
—No pienso. No puedo permitirme ese lujo. Llevo el miedo en mi interior desde la infancia.» (Pág. 233)
La forma en la que esos dos hermanos logran sobrevivir en ese pueblo fronterizo es heroica. Acabamos el primer libro deshechos, aplastados por dentro pero al mismo tiempo agarrándonos a que si esos críos lograron salir adelante sin amor pero con valores el mundo sigue mereciendo la pena. No estaban solos. Se tenían el uno al otro. Todo podía superarse. También habían escrito un libro, un gran cuaderno...
«(...) todo ser humano ha nacido para escribir un libro, y sólo para eso. Un libro genial o un libro mediocre, poco importa, pero el que no escriba nada es un ser perdido, no ha hecho más que pasar por la tierra sin dejar huella alguna». (Pág. 244)
Pero entonces llega el segundo libro, La prueba, y todo se derrumba. Agota cambia de estilo a través de una narración más madura, con construcciones más largas, diálogos elaborados y distintos personajes, cada uno más fascinante que el anterior: Clara, Victor y su historia del vecino insomne,  con algo que aportar a esa narración. Toca deshacer el puzzle y rehacerlo porque las piezas no encajan. Con lo orgullosos que nos sentíamos de esos dos críos ahora resulta que nada era lo que parecía. Agota nos ha engañado. Agota nos ha puesto a prueba. Tras la magistral obra maestra que, en mi opinión, constituye el primer libro, El gran cuaderno, con esa simpleza compleja y esos hermanos que se funden para ser uno solo, La prueba me resultó más aburrida por su ritmo lento y porque Agota comete un pequeño fallo: explicar demasiado las cosas, tanto que a veces se repite.
«—El dolor disminuye, los recuerdos se difuminan.
El insomne levanta los ojos hacia Lucas:
—Disminuyen, se difuminan, es he dicho, sí, pero no desaparecen.
» (Pág. 254)
Pasamos las páginas y llegamos al tercer libro La tercera mentira. Definitivamente, Agota nos ha mentido. Pero no se enfaden. Todo tiene un por qué y merece la pena. La narración recupera nivel y aunque sigue en el mismo estilo elaborado del segundo libro, recobra la frescura del primero. Los recuerdos se difuminan, los nombres se mezclan, y de ahí la necesidad de repetir, de recordar y de reiterar, aunque cause dolor. Debemos preguntarnos: ¿Qué es verdad y qué es mentira? ¿Cómo nos protegemos de aquello que nos duele? 
«—Llueve, como siempre. Lluvia una y fría, cae sobre las casas, sobre los árboles, sobre las tumbas. Cuando "ellos" vienen a verme, la lluvia chorrea por sus rostros destrozados. "Ellos" me miran y el frío se hace más intenso. Mis muros ya no me protegen. Nunca me han protegido. Su solidez no es más que una ilusión, su blancura está mancillada.» (Pág. 304)
La historia es brutal. Durísima. Especialmente en el primer libro donde ese contraste continente infantil-contenido bestial perfora las entrañas. En los otros dos libros ahondamos más en la psicología de los personajes, en historias que cuentan y que no sabemos si pasaron realmente o no, si les sucedió a los críos o se limitaron a ponerlas en boca de otros personajes, si lo vivió Agota en su carne o si fueron pesadillas imaginadas… Dudas, preguntas, mentiras… Pues conociendo esas pinceladas biográficas que comentábamos al principio, contadas por la propia Agota, es inevitable preguntarnos si ella necesitaba contar esta historia y engañarse a sí misma haciéndose creer que las cosas habían pasado de otra manera. Si lo hizo para curarse, literatura como medicina. O si lo hizo porque eran historias que ella misma se inventó en esas interminables horas solitarias en el orfanato o durante ese trabajo monótono en la fábrica suiza para lograr sobrevivir. Sea como fuere, está claro que Agota tenía que contar esta historia y que esta historia tiene que ser leída. 
«La historia se hace insoportable por su misma verdad y entonces me veo obligado a modificarla. Le digo que intento contar mi historia pero no puedo, no tengo valor, me hace mucho daño. Entonces lo embellezco todo y describo las cosas no como sucedieron sino como yo querría que hubieran sucedido.» (Pág. 317)

martes, 3 de julio de 2018

El papel pintado amarillo - Charlotte Perkins Gilman


Título original: The Yellow Wallpaper
Traducción: María Tabuyo y Agustín López
Edición: José J. de Olañeta, Editor (1ª edición. 2014)
Páginas: 93
ISBN: 978-84-9716-910-3
Precio: 9,90€
Calificación: 10/10
«John es médico, y tal vez, tal vez, ésa sea una de las razones de que yo no mejore con más rapidez.

¡NI siquiera cree que esté enferma! Y ¿qué puedo yo hacer ante eso?» (Pág. 32)
Vivo encerrada en una habitación. En parte porque mi marido, John, que es médico y especialista en estos temas y, por tanto, debe saber más que yo, me ha recomendado reposo absoluto, apartarme de cualquier actividad intelectual o física que me inestabilice, centrarme en descansar, dormir y recuperar fuerzas; en parte también porque nos hemos venido a esta casa unos meses a pasar las vacaciones y ni tengo amistades en la zona ni puedo invitar a nadie a que me visite porque John, ese gran especialista de reputado prestigio, repito, me dice que pueden desestabilizar mi frágil estado de ánimo. Estoy aislada. La niñera cuida de mi bebé. El desánimo es mi única compañía... El desánimo y este papel amarillo de las paredes de la habitación que parece mandarme un mensaje. Se mueve, vibra, adquiere vida propia. Debo interpretar qué me dice. Debo encontrar un patrón que explique ese estampado desafinado, esa repetición de caras de mujeres, pájaros y bulbos que no parecen tener ni ton ni son. A primera hora de la mañana son una cosa, a mediodía otra y al atardecer algo totalmente diferente. Pero el peor momento es por la noche, cuando hay cuerpos de mujeres que parecen salir de entre esos galimatías para intentar tocarme, atraparme, hablándome en susurros. No las entiendo, pero las entenderé...
«Es muy desalentador no tener ningún consejo, ni recibir el apoyo de nadie en mi trabajo (...) ¡Cómo me gustaría poder mejor más deprisa!» (Pág. 45)
He decidido contar la sinopsis de este pequeño libro de apenas 70 páginas en primera persona porque no puede hacerse de otra manera. La forma en la que la Charlotte nos habla a través de esta mujer es tan directa e intensa que, o te sientes identificada con ella, te cubres con su chal y observas ese papel amarillo a través de sus ojos, o entonces detestas este relato y tienes que abandonarlo. No hay término medio. No voy a engañarles: su lectura no es fácil. La sensación de angustia que me invadió durante su lectura aumentaba en una proporción alarmante con cada giro de página (ahora entiendo por qué es tan corto; si hubiera sido de una extensión mayor me temo que tendría que haberlo dejado a medias). Para la protagonista, la causa de su asfixia es un papel amarillo, un papel cuyos dibujos se convierte en barrotes reflejo de las convenciones sociales que la aprisionan; un papel que contiene caras de mujeres que la observan, algunas la juzgan, otras la entienden, y que reflejan esos ojos de la sociedad que la hacían sentir mala madre, mala esposa, mala mujer; un papel del que se desprenden run run de sonidos como  las voces de esos hombres que le dicen que va a mejor, que todo saldrá bien, que tiene que relajarse y poner de su parte; un papel del que se desprenden a rastras cuerpos de mujeres que reptan por el suelo y que proyectan el estado mental y físico de la propia protagonista. Unas personas escuchan voces, otras ven fantasmas; esta mujer proyectó su vida, sus emociones, sus miedos, su soledad, en ese terrible papel amarillo.
«¡Este papel me mira como si supiera la nefasta influencia que ejerce sobre mí!» (Pág. 45)
Charlotte Perkins. 
Charlotte Perkins (1860-1935), una mujer con una vida interesantísima que invito a conocer, insistió en que este relato no estaba basado en su propia experiencia pues si bien ella sufrió depresión post parto cuando dio a luz a su primera hija Katharine en 1885 no llegó al grado de gravedad que muestra la protagonista de este relato. Y si no llegó a esa locura fue porque, precisamente, Charlotte Perkins, que era una mujer de armas tomar adelantada a su tiempo, no se sometió a esa terapia de descanso absoluto que el prestigioso neurólogo Silas Weir Mitchell de Philadelphia le recomendó. Todo lo contrario, viendo que esta terapia la estaba hundiendo en lo que ella misma llama «el límite mismo de la más absoluta ruina mental que se pueda imaginar», hizo acopio de los restos de inteligencia que le quedaban y con ayuda de una amiga comenzó de nuevo a trabajar, a escribir, a involucrarse en el activismo social. 
«Todas esas cabezas estranguladas, esos ojos bulbosos,y esos hongos que proliferan y se agitan, ¡chillan burlándose de mí!» (Pág. 82) 
Cuando este libro se publicó en 1892 el revuelo social fue tremendo, como se pueden imaginar. No solo porque Charlotte se atrevía a hablar por primera vez de un problema que no existía (la depresión post parto era un síndrome que en aquella época no estaba diagnosticado y sus síntomas se blandían como una prueba del carácter impresionable y débil de las mujeres) y se silenciaba, sino que además animaba a otras mujeres a identificar sus síntomas y a luchar contra ellos haciendo precisamente lo contrario de lo que se les ordenaba hacer, a saber, pensar, en lugar de reposar, actuar, en lugar de tumbarse, escribir, trabajar y vivir, en lugar de enclaustrarse. Por lo tanto, estamos ante una de las primeras novelas feministas de la literatura, escrita por una de las primeras luchadoras a favor de los derechos de la mujer. Por un importante sector de opinión de la época se consideró que este texto podía empujar a la locura a las mujeres que la leyesen. Nada más lejos de la realidad. Tras su publicación, muchas mujeres confesaron que leerlo las salvó de la demencia incipiente que las amenazaba y así mismo, el texto ha sido considerado en el mundo de la psiquiatría como un magnífico fresco de la génesis de la enfermedad mental. 
«El texto no fue escrito con la intención de volver loco a nadie, sino de evitar que ciertas personas fueran llevadas a la locura. Y funcionó» (Pág. 93. Apéndice de Charlotte Perkins sobre «Por qué escribí El papel pintado amarillo.»)
Si cuando reseñé Las Retrasadas, otro librito de apenas setenta páginas también, decía que Jeanne Benameur nos enseñaba que menos es más, respecto a El papel pintado amarillo debo repetirme. En pocas páginas se tocan con profundidad temas como el sobreproteccionismo de la época de los hombres hacia las mujeres, su paternalismo y condescendencia, la frustración al no cumplirse las expectativas previstas tras ser madre, la soledad, el traspaso de la fina línea que separa locura de cordura, y un largo etcétera existencia. Y de nuevo AVISO: cuidado con los pequeños libros, los cortos relatos, aquellos que en pocas páginas son capaces de condensar capítulos enteros, pues a veces dejan una huella en nuestras vidas tan imborrables como ese papel amarillo adherido con pegamento durante décadas a una vieja pared. 


lunes, 2 de julio de 2018

Lecturas de junio


«Leer a las mujeres es leer nuestra voz, un deber con nosotras», dice Belén García Abia en su excepcional «El cielo oblicuo», «Cada mujer guarda una feroz. Sale a través de nuestra voz», continúa diciendo. De ahí la importancia de leer autoras, no sólo para dar visibilidad a mujeres que tradicionalmente siempre han sido relegadas a un segundo plano en los cánones literarios sino, y sobre todo, por una cuestión de justicia con nosotras mismas, de recordarnos de dónde venimos, de que no somos uniformes ni iguales sino todas distinguibles, con un mundo interior propio, una voz diferenciada, cada una corriendo con lobos a nuestra manera. Y es que no es cierto que la escritura escrita por mujeres sea toda igual, «literatura femenina» como se la llama a veces de forma condescendiente. Y como muestra de que hay tantos libros diferentes como autoras distintas y tantas autoras distintas como mujeres individuales, he aquí mis lecturas de este mes:

1. El cielo oblicuo. Belén García Abia. Hay libros de los que una no sabe cómo hablar, no por qué no sepa qué decir sino porque son tantas y tan intensas las cosas a contar que una teme empezar y no poder parar de hablar de emociones, de encuentros que marcan, de libros que son como personas que incorporas a tu vida para siempre, de frases subrayadas, anotadas en el diario, analizadas en minutos de embeleso, y vueltas a subrayar. Un libro -vómito-lágrima sobre algo que se perdió aunque solo se tuvo en sueños y en esperanzas. Una visión de la maternidad desde la imposibilidad de ser madre y de la mujer desde la propia perspectiva de quien se siente engañada por las expectativas sociales y por los imperativos de género. Un libro sublime que nos reconcilia, como mujeres, con nuestro deber de leer autoras, pues son nuestras voces, aquellas de donde venimos y aquellas también que nos acompañan hacia donde vayamos. Léanla. 

2. Canto rodado. María Barbal. Me emociono con los libros. Entro en sus historias, las hago mías, permito que sus personajes pasen a formar parte de mi vida. Sin embargo, no suelo llorar con ellos. Y, sin embargo, con Canto rodado he llorado. Este libro de poco más de cien páginas, estructurado en capítulos cortos, de dos o tres páginas, narrado con una melancolía y una pasión por la vida que se entretejen como un jersey de dos colores tejido a mano, va entrando poco a poco hasta desbordarnos. La historia de Conxa, narrada en primera persona, es la historia de una mujer que siendo niña va a vivir con unos tíos que no tienen hijos porque en su propia casa eran demasiadas bocas para tan poco pan. Ese traslado a otro pueblo supone una ruptura con sus raíces que sin ser traumática la obliga a reconstruirse. En ese nuevo pueblo se enamora y se casa y estalla la Guerra Civil y pierde todo lo que a ella le daba sentido. Una historia rural considerada una de las grandes obras de la literatura catalana y que es una obra maestra por su tensión contenida, su ritmo melodioso y sus personajes tan llenos de vida. Siempre me lo digo, cuidado con los libros pequeños porque son los más peligrosos, los que más remueven, y como estén bien escritos se pegan a la piel. #joyita

3. El corzo. Magda Szabó. Lo confieso. Estoy enamorada de la labor editorial de Minúscula. Había oído hablar en varias ocasiones de esta autora húngara que es la más traducida de su literatura (por encima incluso de Sándor Márai) aunque en nuestro país no es hasta ahora cuando su nombre suena como uno de esos clásicos imperdibles. Por ello me decidí a empezar a leer por esta obra de Minúscula y, no falla, apuesta segura. Una novela que comienza a fuego lento con una joven deambulando desorientada por las calles de Budapest con un tobillo hinchado y un calzado que no es el suyo. Finalmente, se sienta en un césped y nos cuenta una historia de su infancia miserable, de una amistad que realmente es enemistad, de una obsesión que se convierte en odio profundo y en unas emociones que nos esclavizan destrozándonos la vida. De lo mejor que he leído este año, créanme. Una absoluta #joyaza que hace que esté deseando leer su novela más famosa, «La puerta». 


4. Reparar a los vivos. Maylis de Kerangal. Este mes he leído cuatro autoras francesas y no pueden ser más diferentes entre ellas. Si algo caracteriza a Kerangal es su estilo absolutamente intimista y demoledor que nos arrasa por la situación límite en la que nos coloca y en esa resolución de la historia que lejos de ser una meticulosa operación quirúrgica nos hace sentir que estamos en una camilla sin anestesia. Y es que la acción transcurre en apenas veinticuatro horas y el punto de partida es una llamada que nadie queremos recibir: la de un hospital anunciando a una madre que su hijo acaba de tener un accidente de tráfico. Muertos que pueden perpetuarse en vida reparando a los vivos. Médicos con sus fobias y sus filias que intentan vivir de forma paralela a la tragedia diaria que les rodea. Unos padres que no saben cómo mirarse a los ojos tras esa brutal noticia recibida. Escribir una historia así no es fácil y Kerangal consigue, sin caer en la sensiblería, emocionarnos y hacernos reflexionar sobre nuestras propias vidas, todo en uno, desplegando un talento narrativo impresionante. No apto para todos los momentos pero merece la pena, sin duda, buscar ese momento para leerlo. 

5. El baile. Irène Némirovsky. ¿Cómo se puede decir tanto en tan poco? ¿Cómo se construye un relato redondo y perfecto? ¿Cómo lograr reflejar en una corta historia que más parece una parábola la complejidad de la relación entre una madre y una hija en la que la primera quiere vivir su vida, aprovechar las últimas oportunidades que le quedan y la segunda sólo aspira a que la quieran, la reconozcan, la abracen? ¿Cómo una madre puede, con el tiempo, ver a su hija como un estorbo, sustituyendo complicidad por rivalidad, preocupación por indiferencia? ¿Qué puede hacer la hija adolescente ante esta situación? Irène, una autora a quien he llegado a conocer gracias a Pilar y su maravilloso blog musasensutinta, es una de esas que llegan, y se quedan. Una #joyita con todos los elementos imprescindibles de tensión, intriga, construcción psicológica de los personajes, venganza y desenlace que abre nuevas puertas.

6. No he salido de mi noche. Annie Ernaux. Otro de mis títulos para mis #MaternidadesLit ambivalentes. Es ésta una de esas autoras que no tienen término medio: o la amas o la odias. Afortunadamente, somos más quienes las amamos por ese estilo tan bello no exento de crudeza que conforman sus historias autobiográficas que contienen verdades de vida.  Una hija mira a su madre y no reconoce en ella a esa mujer activa y dinámica que un día fue. Una madre mira a su hija y no la reconoce, literalmente. Cada una busca en los ojos de la otra el camino a seguir hacia unos recuerdos, un pasado en común, una relación con altibajos, y cuando parece que la bombilla va a encenderse, que el milagro del reencuentro va a producirse, las puertas del ascensor se cierran. Este relato breve que Annie escribe desde el dolor y la culpa tras la muerte de su madre, está repleto de anotaciones al vuelo que escribió en papelajos durante los tres años que duró la enfermedad de Alzheimer de su madre. Un libro duro, intenso, honesto, escrito desde el desgarro, como todo lo que llevo leído de Ernaux hasta el momento. 

7. La hija extranjera. Najat El Hachmi. En el contexto de mis amadas #MaternidadesLit esta vez tocaba esta narración que, desde la perspectiva de la hija, cuenta cómo la relación con una madre que ha sacrificado todo por ella estuvo a punto de condenarla a la más profunda infelicidad. Una chica de origen marroquí llega a Barcelona con nueve años y comienza ahí un proceso de adaptación a una nueva cultura, a un nuevo idioma, a un nuevo estilo de vida al mismo tiempo que poco a poco sus raíces comienzan a difuminarse en la distancia. Su madre, una mujer que lucha en solitario por sacarla adelante, intenta inculcar a la hija el respeto y el apego a su cultura al mismo tiempo que con un espíritu práctico tira de la familia con trabajo y más trabajo. Cuando la chica termina el instituto se plantea el dilema de si debe casarse con su primo, lo que le supondría una notoria pérdida de libertad e incluso renunciar a un amor imposible o no. Una novela interesantísima con una voz brillante y un estilo hermoso que no esconde la dureza de no sentirse de ninguna parte y, al mismo tiempo, saberse necesitada o necesitar estar en todas. Una auténtica #joyita. 

8. La fuerza de las cosas. Simone de Beauvoir. Quienes amamos y admiramos a Simone nunca nos cansamos de leerla, incluso cuando, como el caso de este tercer volumen de sus memorias, nos encontramos con una obra amplia y densa de más de setecientas páginas. Comenzando en 1944 con la liberación de Francia de la ocupación nazi y terminando en 1962 con , recorremos con Simone estos interesantísimos años de una intensa actividad política con la guerra fría de fondo. Al mismo tiempo que nos va contando aspectos de su vida íntima, qué libros lee en cada momento y qué viajes realiza por todo el mundo, nos presenta un fresco de las consecuencias políticas y sociales prácticas que tuvo el fin de la Segunda Guerra Mundial. Europa lucha por reconstruirse, igual que ella. El comunismo avanza ante la oposición frontal de la órbita estadounidense y de la derecha, fuerzas de oposición que recuerdan a las que encontró la propia Simone al publicar la (revolucionaria) obra «El Segundo Sexo» o tras ganar el Goncourt con «Los Mandarines». Y Simone sigue viviendo, y enamorándose (Nelson Algren, Claude Lanzmann -quien luego se casaría con Angelika Schrobsdorff, la autora de «Tú no eres como otras madres», le demostraron que había otras vidas más allá de Sartre). En definitiva, una joya imprescindible para conocer aun mejor y entusiasmarnos aun más con la siempre sorprendente y sabia Simone de Beauvoir. 

9. Parentesco. Octavia E. Butler. Es éste uno de esos libros que me han gustado mucho más por la historia que cuenta que por cómo lo cuenta. Si bien es cierto que cojea un poco en su estilo narrativo, a veces repetitivo, a veces demasiado simple, ese regreso misterioso de una joven escritora a una plantación esclavista de los Estados Unidos del s. XIX plantea un buen puñado de dilemas y, aunque a veces resulta un poco forzada la historia, su punto fuerte radica en cómo logra hacernos sentir lo fácil que es resignarnos y acomodarnos a situaciones extremas cuando vemos que luchar es una opción casi suicida. El trasfondo psicólogico de esta novela que, aunque catalogada en ciencia ficción, resulta atractiva incluso a quienes no solemos aventurarnos en este género, compensa con creces los déficits que puede presentar a nivel de perfilar los personajes o ahondar más en sus complejidades e interacciones. Un buen libro con una profunda critica política y social racial a tener en cuenta.