viernes, 28 de abril de 2017

Quién quiere ser madre - Silvia Nanclares


Edición: Alfaguara (1ª ed. marzo 2017).
Páginas: 214
ISBN: 978-84-204-3024-9
Precio: 17,90
Calificación: 7/10
«(...) entonces quizá, quién sabe, no sea madre. Pero seré otra cosa. Seré alguien que aprendió que el miedo no prepara para nada. Porque no sabemos lo que vendrá después.» (Pág. 212)
Cuando oí por primera vez hablar de este libro no pensé que llegaría a leerlo puesto que, en principio, su temática no me interesaba. Las reseñas que habían llegado a mí hasta ese momento reducían esta obra al testimonio de una mujer de cuarenta años que comienza una lucha contrarreloj en busca de un embarazo que no llega. Sin embargo, mi librera Alba, de @Lib_Mujeres me hizo cambiar de opinión cuando me insistió que en esa lectura selectiva que estoy haciendo de lo que llamamos «Maternidades en la literatura» incluyera esta obra. Y no me arrepiento.
«Madrid, que se parece a Madre y se parece a Matriz.» (Pág. 121)
Es cierto que el leit motiv del libro es claro. Aprovechando su propia experiencia, la autora, Silvia Nanclares, se aferra a la autoficción para narrar cómo a raíz de la inesperada (porque siempre es inesperada incluso cuando se la espera) muerte de su padre enlaza el duelo con la conciencia de la brevedad de la vida, del transcurrir tan rápido pero tan lento para según qué cosas del tiempo, y de que ya rozando la cuarentena, siente que la vida le debe una vida para compensar la desaparición del padre. Es entonces cuando por primera vez se plantea seriamente ser madre, se despierta lo que los alemanes llaman Kinderwunsch o deseo de tener hijos, y descubre que no es tan fácil conseguirlo a la primera. Tras toda una vida intentando no ser madre, con un conocimiento exhaustivo de los distintos métodos anticonceptivos que existen, y llamando a los hijos de sus amigas «Los ladrones de amigas» comienza toda una tarea de investigación del propio cuerpo (por asombroso que parezca, ¡qué poco conocemos las mujeres nuestro propio cuerpo! ¡qué poco sabemos de ciclos menstruales, de órganos, de todo el complejo proceso de fecundación!) para encontrar la clave de la concepción. Todo un giro de 180º que va narrando de forma a veces dramática, pero siempre sin perder el sentido del humor, como se puede observar con claridad en los títulos de algunos episodios (Capítulo 5: Las pasitas; Capítulo 13: El tiempo se sale de madre; Capítulo 21: El cuento de los huevitos Kinder). La decisión de ser madre, a pesar de que ella siempre se ha considerado una mujer niñera y amante de los niños, ha sido pospuesta durante todo ese tiempo por la espera del «momento oportuno». En algunas ocasiones, por la creencia de que primero y antes de ser madre hay que disfrutar de la vida. En otras ocasiones, por la racionalización de la maternidad que dicta que primero hay que tener una estabilidad económica y laboral que garantice la crianza de las criaturas. Y otras veces, por la espera de que llegue esa pareja adecuada con la que poder formar la familia. Pero Silvia descubre que ella ya ha vivido esa parcela de vida como mujer sin hijos que le apetecía vivir; que esa estabilidad económica y laboral que nunca ha llegado es posible que nunca llegue; y que, por fin, parece tener a su lado a un compañero de vida que desea emprender ese proyecto con ella. Es entonces cuando comienza una nueva aventura.
«Pero poco a poco, ciclo a ciclo, nos empezamos a sentir cada vez más como un matrimonio aburrido que vagabundearta por la Planta de Fertilidad de El Corte Inglés.» (Pág. 90)
Pero los meses pasan, las ovulaciones y menstruaciones se suceden, el sexo se convierte en algo mecánico y programado para buscar el día perfectamente fértil, el deseo pasa a un segundo plano y todo gira entorno a un monotema. Silvia y su pareja recurren a aplicaciones para el móvil, a chats en internet sobre personas en su misma situación, a consultas de ginecólogos, a centros de planificación familiar, a centros de fertilidad y todo un mundo desconocido se abre ante ellos. El sentimiento de culpabilidad y de frustración se va alternando con momentos de euforia y esperanza. Se busca una explicación a todo lo que está sucediendo, una etiqueta para cada sentimiento que tranquilice, que permita aferrarse a un sentimiento de normalidad, de que lo que sucede no es tan raro sino que es normal, que ese síndrome tiene un nombre, un por qué.
«—Jóvenes, de postre tengo manzana asada o piña —el camarero nos devuelve al mundo de la no reproducción, donde la gente apura cafés o se lía tranquilamente un cigarro.» (Pág. 138)
Presentación del libro en Librería de Mujeres

Pero esta obra no trata únicamente sobre esa «batalla silenciosas de millones de mujeres por ser madres con o sin pareja», como reza la faja del libro y las numerosas reseñas a las que hacía referencia al comienzo de este post. Esa sería la visión más superficial del mismo. Pues si rascamos un poco no es difícil comprobar que Silvia hace un retrato generacional de aquellas mujeres que nacimos en la década de los 70 y que hemos dejado de lado la maternidad hasta el último momento por distintos motivos, esencialmente económicos y sentimentales, pues veíamos en la maternidad una forma de esclavitud mal entendida, un sacrificio que no sabíamos si estábamos dispuestas a asumir. Como dijo la propia autora en la presentación del libro en Librería de Mujeres, nuestra generación pertenía a «una clase media que se cae a cachos y que nuestros padres veían como progreso». Se cae a cachos porque el alto nivel educativo no se corresponde con un empleo a la altura de nuestra formación. Porque el acceso a aquello que nuestros padres consideraban básico para formar una familia (una vivienda propia, un trabajo estable, una pareja fija) es mucho más complejo de lo que nos dijeron. Porque la crisis económica también tuvo su parte de culpa en que muchas mujeres pospusiesen esa decisión. Los ritos de paso se postergan cada vez más ante los hitos que se caen. Todo esto convierte este testimonio en un testimonio muy pegado a la realidad, lo cual es, en mi opinión, uno de los grandes méritos de este libro.
«Desde que fuimos a ver la última vez a la doctora Alegre, ya no pienso en una concepción natural, pienso en un embarazo gratuito.» (Pág. 160)
Pero también es este libro una crítica brutal al capitalismo más feroz que está haciendo de esa desesperación de muchas mujeres por ser madres (con o sin pareja, heterosexuales o lesbiana) un auténtico negocio. De ahí salen esas lujosas y personalizadas clínicas donde se ofertan sistemas de reproducción a altos precios; nutricionistas que cambian los hábitos alimenticios porque afirman que hay una relación directa entre fecundidad y comida; clases de yoga y terapias de todo tipo; chats; terapias en grupo; empresas que venden a la carta semen preparado para ser fecundado...
«Empresas como Facebook y Apple alientan a sus empleadas a no quedarse en la cuneta de la escalera ascendente de la empresa costeándoles los procesos de congelación y mantenimiento de óvulos. Es entonces cuando hay que plantearse que quizá algo huela a podrido dentro de esos caramelitos laborales.» (Pág. 192)
Y, aunque pase desapercibido, este libro también es un tierno homenaje de la autora a su padre, y a su madre, con la que se crean nuevos vínculos en esta etapa, y quien llega a decirle que envidia su vida como mujer sin hijos, libre, sin responsabilidad. Y también a todo ese círculo de amigos que están siempre ahí a su lado, formando la red de su vida. El contraste con todo lo que la autora nos va contando lo encarna Clarita, esa vecina anciana, que aun teniendo un hijo que vive en la misma provincia, pasa las Navidades sola.
«Estábamos programadas para apurar y estirar nuestra juventud, para dejar la maternidad para ese momento en que la estabilidad laboral (qué quimera) y afectiva —otra quimera— creara un suelo sobre el que soltar los huevos maduros.» (Pág. 191)
En conclusión, Quién quiere ser madre es mucho más que "el difícil camino de la maternidad" con el que muchos medios se han dedicado a etiquetarlo de forma superficial. Este libro rompe el esquema clásico del héroe que persigue una cosa y no lo consigue. No juzga, muestra. Es mucho más que la crónica de una generación de mujeres que han/hemos pospuesto su/nuestra maternidad hasta que el reloj biológico les/nos apremiaba. Es mucho más que una visión sensata y crítica del feminismo más radical. Es mucho más que una denuncia al capitalismo voraz que está haciendo su agosto con el negocio, sí, negocio, de la maternidad. Es mucho más que el relato, en palabras de la propia Silvia, de . Es mucho más que el testimonio de un duelo dolorosísimo tras la muerte del padre, el reencuentro con la madre, la compañía impagable e incondicional de amigos y pareja. Quién quiere ser madre es un libro tan, tan completo y tan valiente que si queréis saber realmente qué es, tenéis que/debeís leerlo.

jueves, 27 de abril de 2017

¡Pide un deseo!






When the Gods wish to punish us,
they answer our prayers.
Oscar Wilde.

La única forma de romper mi vínculo con él era que uno de los dos muriese. No había otra manera. Recuerdo que en aquella época pensaba en qué feliz me sentiría si no estuviese en mi vida. Tan libre, sin tener que estar justificándome a cada rato, sin ese sentimiento de inferioridad que me ha acompañado desde que tengo uso de razón. Pero ahora veo que no ha servido de nada. Su muerte no ha hecho desaparecer ninguno de esos sentimientos. Es más, los ha intensificado, me queman. Yo también pagaré mi precio por mis malos pensamientos, mis malos deseos… Lo sé. Sé que mi discurso les resulta incoherente. Pero cuando les cuente lo que pasó, entenderán a qué me refiero.

Todo empezó con ese viaje a La Habana para visitar a la familia del que entonces era mi novio. Su madre era una devota de todo el tema de la santería. Ya saben: potingues de hierbas, amarres con mechones de pelo, sacrificios de gallinas. Yo la escuchaba atentamente, fingiendo interesarme por todo aquello, pero mi interés le resultó tan auténtico que se ofreció a llevarme a una de esas sesiones. Me convertí en esclava de mis mentiras. No pude negarme, claro. Al fin y al cabo sería una forma más de penetrar en esa Cuba oculta tan alejada de las playas de Varadero y del baile del son en la Bodeguita del Medio.

Cuando llegó el día me vestí toda de blanco, el color de los Iyabós, el favorito de los Orishas, porque atrae lo bueno, me explicó mi suegra, pero contemplando mi figura ante un descascarillado espejo me sentí a medio camino entre un fantasma y una niña de Primera Comunión, alejada de ese inmaculado glamour de las fiestas hippies ibicencas. A las siete de la tarde, cuando el sol comenzaba ya su camino hacia La Bahía, bajamos la Avenida 23 y torcimos por la calle M, un poco antes de llegar al Malecón. En la esquina con 17, nos topamos con un imponente edificio que en su época debió ser una preciosa casa colonial y que hoy, todo huecos negros, grietas y desconches, se ha desmembrado en una cochambrosa cuartería. Ascendimos la escalinata de la entrada. Atravesando una galería semiabierta sobre una freiduría de pollos “El Rápido” a la izquierda y a puertas abiertas de cuartos a la derecha, la amalgama de olores y voces, «mija», «pinga», «asere», me levantó un ligero dolor de cabeza a la vez que se me revolvía el estómago. Ascendimos una segunda escalera, oscura y sinuosa como el estómago de una serpiente, y llegamos a la galería superior donde la situación no mejoró. Al fondo de la misma, nos paramos frente a una puerta y mi suegra tocó con los nudillos la madera, al mismo tiempo que con su índice izquierdo me pedía aún más silencio.

Nos abrió la puerta una mujer totalmente vestida de blanco con un pañuelo rojo en la cabeza. Al mirarme, sus ojos se clavaron en los míos esbozando una sonrisa de labios rojos y dentadura blanca perfecta. Debía tener más de sesenta años pero era hermosísima, con piel de porcelana, como si hubiese hecho un pacto con Olofi. Yo me sentí tan intimidada como si me hubiese colado en una fiesta a la que no estaba invitada. Pero ella, acariciando mi brazo, susurró un «me alegro de que hayas venido, Lucía» que me hizo sentir que me había leído el alma. Cerró la puerta tras ella y, adelantándonos, apartó con su brazo unas cortinas de tiras de plástico rojo para que entrásemos en una estancia a media luz donde había dos sillas, a cada cual más destartalada. Cuando me disponía a sentarme mi suegra me advirtió: «Ahí no. Ante el babalao tenemos que arrodillarnos en esta esterilla del suelo», y así lo hicimos, lo cual me daba una perspectiva deforme de cuanto nos rodeaba. Un pequeño altar frente a nosotras tenía decenas de velas sobre una sábana blanca y un montón de cachivaches como platos con rodajas de coco, botellas de ron, una cesta con huevos, collares, vírgenes, puros encendidos. En el medio de la habitación, un balance se mecía al son de alguna corriente de aire que yo no notaba, pues sudaba como un pollo. Mi suegra cerró sus ojos y sacando un collar de colores comenzó a hacerlo rodar entre sus dedos. Yo empecé a imaginar el sol que a esas horas ya estaría rozando el mar, empañando el malecón con el arrebol de sus rayos, enrojeciendo el Faro del Morro.

Las cortinas de tiras de plástico rojo se movieron para dejar entrar al babalao, un enjuto mulato de piel arrugada como una pasa, más viejo que la vida, vestido de blanco, con un sombrero de colores ajustado a la cabeza y tal cantidad de pulseras y abalorios que sólo eso debía pesar más que él. Con andar seguro y decidido, a pesar de su apariencia frágil, se sentó en la mecedora y nos miró fijamente. Tras aclarar que la ceremonia de limpieza era para mi suegra subrayó que normalmente no permitía entrar a ningún acompañante pero que conmigo hacía una excepción porque su santo, Changó, se lo había pedido. Poniéndose de pie con una agilidad pasmosa, el babalao mandó a mi suegra levantarse y, cogiendo un huevo, comenzó a pasarlo alrededor de todo su cuerpo, de forma descendente, desde la cabeza hasta los pies, sin tocar en ningún momento su piel, murmurando unas palabras ininteligibles que se confundían con el crepitar de las velas. El primer huevo explotó en sus manos, incapaz de absorber, supuestamente, toda la energía negativa que encerraba el cuerpo de mi suegra; así que, tras depositar éste en un recipiente de plástico donde luego supe que había agua, sal y ruda, reanudó el proceso con un segundo e incluso un tercer huevo. Mi suegra mantenía en todo momento los ojos cerrados. Yo los tenía abiertos. En parte porque así me resultaba más fácil controlar mi risa. En parte, también, por un cierto sentimiento supersticioso de que, si los cerraba, cuando los abriese aparecería en, vete tú a saber, qué ataúd o túnel.

Cuando al fin acabó, el babalao recitó unas oraciones en Yoruba mientras envolvía el tercer huevo intacto en un grueso paño de cocina, cerraba el recipiente con los huevos rotos e introducía todo en una bolsa de tela. De repente, su tono de voz cambió, como si hubiese entrado en trance, y girándose hacia donde yo estaba sentada, comenzó a pronunciar en tono grave unos nombres que reconocí por mis conversaciones con mi suegra: Ochún, Changó, Eleguá… Y medio musitando me empezó a decir: «yo ta’ sabé po’ que tu ta’ qui mi yija, yo te va ayudá». No entendí más, o no quise entender más.

Salí de la casa colonial desorientada, siguiendo a mi suegra por ese laberinto de pasillos y rincones, con mi mente anclada en el Malecón a fin de olvidar las palabras del babalao. Esa calma, esas aguas plácidas como la superficie de una palangana, esas piernas colgando del muro, esa brisa subiendo mi falda… Esa sensación de libertad, lejos de él, fuera de su círculo de influencia, sin sus gritos, sin sus desprecios. Eso era lo que quería. Ser capaz de romper con mi padre. No permitir que tuviese tanto poder sobre mí. Eso sólo se conseguía con su muerte. La muerte de mi padre. Eso quería. Que muriese. Sentirme libre de él sentada en el Malecón.

Al llegar a la calle nos dirigimos a la esquina de L con Calzada. Allí, casi enfrente de la embajada de los Estados Unidos, mi suegra empezó a desperdigar los dos huevos rotos entre dos esquinas, tiró el recipiente en la tercera, y en la cuarta estrelló el huevo intacto. «Así me lo ha dicho el jefe», dijo, al ver mi cara entre estupefacta y asustada por si de la Embajada salían tanques y metralletas a por nosotras. Es importante, continuó hablando mi suegra, que cuando te hagan una limpieza te libres del huevo. De esta forma todo lo malo que tú tienes queda arrojado en la calle y algún otro lo recogerá. Me sorprendió esa curiosa crueldad de repartir nuestro mal entre los demás, o, mejor dicho, de librarnos de nuestro mal para que lo lleve otro. No pude evitarlo. Ahí solté una estruendosa carcajada. Todavía riéndome, sin importarme siquiera la mirada reprobadora de mi suegra, subimos por Línea de regreso a casa cuando, en la esquina con B, un brazo saliendo de un Lada rojo que pasó a nuestro lado a toda velocidad, estrelló un huevo justo enfrente de nosotras, dándose a la fuga. Mi suegra, histérica, comenzó a gritar que debíamos regresar a ver al babalao pues una mancha de albumen viscoso recorría mi pierna izquierda. Entre carcajadas y apelativos cariñosos intenté calmarla asegurándole que no pasaba nada, que no creía en esas cosas, que no tenía que preocuparse.  

Pero lo cierto es que esa noche tuve cientos de pesadillas. Mi padre aparecía en el Malecón y unas veces era él quien me empujaba, estrellándome contra las rocas y desapareciendo entre esas aguas de repente tan agitadas; otras veces era yo la que le hacía caer. Desperté empapada en sudor y lo primero que vi fue el ventilador del techo agitándose con espasmos en el techo. Estaba sola en la cama. Al coger el móvil para consultar la hora comprobé que tenía varias llamadas de mi familia. Salí al comedor y vi a mi novio con mi suegra, sentados a la mesa, tomando un café recién colado en silencio, cabizbajos. Al sentirme llegar levantaron su mirada y entonces lo tuve claro. Mi novio no dejaba de abrazarme pero en el fondo se sentía decepcionado porque yo era incapaz de llorar. No podía. El lacerante sentimiento de culpa me cortaba el conducto lagrimal.

Desde entonces, a pesar de que leí los atestados policiales que aseguraban que mi padre, bajo los efectos del alcohol, había chocado contra la mediana de la M50 a 180km/hora, siempre supe que había sido yo la que le había matado. En primer lugar, mi padre era abstemio. Para él cualquier tipo de “vicio”, llámese alcohol, medicamentos o pereza, era una degradación del ser humano, un reconocimiento de inferioridad intolerable e inadmisible, una mediocridad que condenaba a esa persona a su odio y desprecio totales. En segundo lugar, nunca cogía el coche más que para trayectos fuera de Madrid; siempre presumía de usar el transporte público, no sólo por aquello del ecologismo sino sobre todo por la comodidad. En tercer lugar, era un escrupuloso de las normas, un temeroso de la ley. Como buen Juez nos inculcó desde que nacimos que las leyes están para cumplirlas y que si algún día nos desviábamos de ellas no contásemos con él para nada.

Yo le maté. Mi novio nunca me creyó y se fue. Mis amigos se hartaron de venir a mi casa a secarme las lágrimas. Mi madre no me habla porque dice que le estoy contagiando mi locura. Mis hermanos están demasiado ocupados despedazándose entre ellos.

Y yo. Yo sí bebo. Mi nivel de tolerancia al alcohol es ya tan alto que a pesar de haber tomado dos botellas de vino soy capaz de conducir por esta M50, a 180km/hora. Kamikaze, dirá el atestado, kamikaze.

lunes, 17 de abril de 2017

Las relaciones humanas - Natalia Ginzburg


Título original: Le relazioni umane [Incluído en el libro Las pequeñas virtudes]
Edición: Acantilado. Febrero 2002 (1ª ed. Séptima reimpresión Junio 2016).
Traducción: Celia Filipetto
Páginas: 113-143
ISBN: 978-84-95359-66-7
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10
«Las relaciones humanas deben descubrise y reinventarse todos los días.» (Pág. 143)
Si en Silencio Natalia Ginzburg condenaba el uso de la palabra como método de encubrimiento, para escaquearse de lo importante, y también el silencio cómplice que impide los cambios y las protestas, en este ensayo mi Naty va haciendo una relación entre el desarrollo del ser humano y la importancia de la palabra en un ámbito concreto: la familia. En la infancia la palabra se ve como ese ente superior del que los adultos, los padres, hacen uso de forma impositiva y presuntuosa relegando a los niños a meros espectadores, a sujetos pasivos, de las decisiones que otros toman por ellos. Esas palabras, ininteligibles, van en ocasiones acompañadas de portazos, de gritos, de discusiones que provocan en los niños un sentimiento de miedo mezclado con temor e incomprensión y también con vergüenza, esta última asentada en la creencia de que la familia en la que todo eso sucede no es "normal". El alivio, dice Natalia, que se siente cuando vas de visita a casa de una amiga y compruebas que sus padres también gritan y dan portazos es sumamente reconfortante.
«Nos obsesionaron durante tantos años con su misterio, que ahora nosotros nos vengamos oponiéndoles nuestro misterio, un rostro impenetrable y mudo, ojos de piedra.» (Pág. 117)
Si durante la infancia esa palabra resulta abstracta y oscura, en la adolescencia se convierte en un ente concreto y aprensible. Uno comprueba que es adolescente cuando comienza a entender todo lo que se dice a su alrededor. Pero entonces sucede algo increíble: pudiendo el adolescente defenderse y alardear de ese nuevo poder que tiene no lo hace. ¿Por qué? Pues porque le importa un comino lo que sucede a su alrededor que no le afecte a él directamente. Si en la infancia anhelaba tener el dominio de la palabra y hubiese dado cualquier cosa por tenerlo, en la adolescencia, conseguido ese sueño, ya no se valora, se desprecia. Lo importante ya no sucede en casa sino fuera de ella, en la calle, en la escuela. 
«Nunca hemos sentido con tanta fuerza el amor que nos une al polvo de los caminos, a los estridentes gritos de los pájaros, a ese ritmo jadeante de nuestra respiración.» (Pág. 139)
Entonces, transcurrida la adolescencia, llega la etapa adulta, el momento de los amores tranquilos, del abandono del que ha sido hasta ese momento nuestro hogar, la incorporación al mundo laboral, el comienzo de una nueva familia elegida, la aparición de los miedos, de las inseguridades, del temor de que a los hijos les suceda algo y no seamos capaces de protegerles, el reconocimiento de otra cosa nuevamente asombrosa: la timidez sigue estando ahí. Esa timidez que dominó la infancia, contra la que se luchó con denuedo en la adolescencia, que se creía superada en la época adulta, persiste titánica e inamovible. 
«En el centro de nuestra vida está el problema de nuestras relaciones humanas». (Pág. 113)
Este ensayo, escrito en 1953, se considera el germen de una de las grandes obras de Natalia Ginzburg, Léxico Familiar, publicado en 1963, puesto que aquí siembra sus primeros recuerdos de infancia en esa casa ruidosa poblada por los gritos, las risas y las discusiones de sus padres y sus cuatro hermanos mayores y que ella, la pequeña de la familia, observaba con desconcierto, temor y también con cierta admiración. Natalia, como ya sabemos, era una mujer discreta, poco dada a hablar de sí misma de forma directa, y por eso en este ensayo, se esconde usando el plural mayestático, pero no es difícil reconocer en el relato los gritos de su padre, Beppino, los objetos lanzados por su madre, Lidia, y los portazos de sus hermanos, los paseos tranquilos con su primer marido bajo la lluvia. Natalia comienza aquí ya a profundizar en la transcendencia de la palabra, en cómo sirve de red para tejer las relaciones entre las personas, o para destejerlas también, en la palabra que une y separa, que ovilla y desmadeja, que aclara u oscurece. La palabra que ella tanto respetó y amó, rindiéndole un culto delicado y honesto.

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