martes, 17 de octubre de 2017

El club de los mentirosos - Mary Karr


Título original:  The Liar´s Club.
Traducción: Regina López Muñoz
Edición:  Periferica y Errata Naturae (1ª edición. Octubre, 2017). 
Páginas: 517
ISBN: 978-84-16291-53-3 / 978-84-16544-45-5
Precio: 23,00€
Calificación: 7/10

Lo que más me ha gustado: el esfuerzo que Mary Karr ha tenido que hacer al contar el período de su vida transcurrido entre los ocho y los diez años debió ser hercúleo. La mejor terapia para lograr superar el torrente de cosas que ninguna niña (y ninguna persona) debería vivir, y menos con esa edad, ha sido la de vomitar todo cuanto lo que le sucedió. Sí, uso este verbo con toda la intención, vomitar, porque su infancia no fue fácil, máxime cuando en su familia existía una norma no escrita de que aquello de lo que no se hablaba, no existía. Bravo por Mary Karr, y bravo porque su testimonio conmovedor y honesto es todo un ejemplo de que la mejor manera de caminar por la vida es librarse de equipaje, dando voz a muchas realidades silenciadas.

Lo que menos me ha gustado: me costó hacerme con su estilo descarnado, caótico por momentos en las primeras páginas, turbio en su planteamiento. Así mismo, el relato de algunos de los acontecimientos, tan frío y distante, con un estilo casi de testigo de juicio o de reportera de prensa, ha provocado que haya tenido que parar en ese momento la lectura para poder rellenar yo los huecos que faltaban. ¿Quizás era eso lo que ella buscaba: no ser una narradora omnisciente? Pero es un libro de memorias y me habría gustado, para conocerla un poco mejor, que hubiese añadido, aunque solo fuese una línea, algo de sus sentimientos. 
«Qué raro», le señalé a mi hermana una noche en la bañera, «que pensemos que lo "normal" es que los árboles tengan hojas, cuando en realidad durante seis meses al año están completamente pelados». (Pág. 374)
Hay libros de memorias que cautivan por la formas, por ese narrar poético cargado de imágenes que transportan y acarician, por su estructura limpia y fluida, por su olor a magdalena que nos abre puertas de nuestra infancia que creíamos atascadas. Me viene a la mente, como ejemplos de esta clase de libros del género de memoir, La Plenitud de la Vida de Simone de Beauvoir, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou o Cuatro Hermanas de Jetta Carleton.
«(...) cuando eres una niña y ocurre algo gorodo el personal te hace el mismo caso que si fueras un mueble.» (Pág. 23)
Otros libros, sin embargo, cautivan por el fondo, por las historias que cuentan con un estilo seco y minimalista, despojado de adornos y centrado en diálogos repletos de latiguillos y frases hechas propias de cada entorno doméstico. Los personajes aparecen con ojeras, melenas despeinadas por acabar de levantarse y gritando, llorando, abrazando y peleando con un sentido del humor irónico que ayuda a romper tensiones, aligerar ambientes y tomar distancia de situaciones dramáticas. El ejemplo más prototípico es, sin duda, Léxico Familiar, de mi querida Natalia Ginzburg, e incluso Tú no eres como otras madres, de Schrobsdorff o Apegos Feroces, de Vivian Gornick, que logran sacarnos una sonrisa ladeada mientras leemos sus tragedias.
«Lo peor no fue el desbarajuste que trajo consigo, sino el silencio que cayó sobre nosotros. Nadie comentaba nada acerca de nuestra forma de vida anterior. Era como si los propios cambios nos hubiesen engullido igual que una gran ola, arrasando con todo cuanto habíamos sido.» (Pág. 88)
Mary Karr.
¿Y El club de los mentirosos? ¿A qué grupo pertenece? Pues es una mezcla de ambas. Confieso que me costó entrar en el libro. Al principio, la profusión de nombres, los saltos en el tiempo hacia delante y hacia atrás, las referencias a personajes que no acaban de tener trascendencia en la historia más allá de crear un boceto de atmósfera (vecinos, compañeros de clase...), el lenguaje insolente plagado de tacos, hizo que en alguna que otra ocasión me plantease dejar el libro de lado y pasar a otra cosa. Sin embargo, resistí porque una voz interior me decía que merecía la pena darle una oportunidad y que lo mejor aun estaba por llegar. Y, efectivamente, así fue. Una vez que te adaptas al estilo de Mary Karr es fácil deslizarse por él como si estuvieses aprendiendo a patinar y, después de darte unos cuantos culazos, lograses mantener el equilibrio y empezar a disfrutar del paisaje.
«Entonces dije algo que provocó que Lecia me diera un pellizco en el tobillo: «Me da mucha pena que estés encerrada [en el psiquiátrico]». Ella se echó a reír. «Qué coño, cariño mío», respondió, «vosotros también estáis encerrados. Sólo que en un cuarto más grande». (Pág. 280)
Mary Karr, haciendo alusión a la numerosa aparición de armas varias que aparecen en el libro, es una metralleta. Ráfagas de insultos, malas noticias y hechos de gran gravedad rociaron de casquillos la infancia de la autora que, en este libro, se centra en un período concreto de su vida entre los ochos y los diez años. Una madre alcohólica, amante de los libros, que va encadenando un matrimonio tras otro y que esconde un secreto que solo conoceremos al final de la obra y que nos ayudará a encajar las piezas de su personalidad; un padre que se reúne con un grupo de amigos formando el famoso "Club de los mentirosos", con el que pesca, caza, organiza barbacoas, todo regado de historias (muchas de ellas exageradas o inventadas) y alcohol; una hermana, Lecia, dos años mayor que ella que demuestra una madurez y un pragmatismo insólito para su corta edad, obligada por las circunstancias de su familia; una abuela desquiciada y amargada que cree en las palizas reparadoras y en la necesidad de controlar todo cuanto le rodea...
«Ahora lo imagino leyendo esto y me dan ganas de salirme de la página y agarrarlo por las solapas para que lo rememoremos juntos. Qué pasa, chaval. Seguramente ni leas, pero alguien habrá que lo haga por ti (...) Si cuento esto ahora, con la perspectiva de décadas y les de kilómetros, es para recordarte que sigo teniendo muy buena memoria, como me decía siempre mi padre». (Pág. 313)
En ese ambiente, tan aparentemente insano, las mentiras que dan nombre al club del padre se expanden como la mala hierba. Los miembros de la familia mienten, no tanto por acción sino por omisión. Aquello de lo que no se habla, no existe. Aquello que no se cuenta, nunca pasó. Es por ello que hay que reconocerle a Mary Karr el mérito de la catarsis personal que ha realizado en este libro autobiográfico contando todo cuanto vio y oyó, con el apoyo de su madre y de su hermana, durante aquella época. Es abrumadora, sin embargo, la frialdad con la que en muchas ocasiones aborda los temas que nos cuenta. Como si de un recorte de un periódico se tratase, a veces nos relata lo sucedido con la distancia de un periodista: pasó esto y aquello, a tal hora, en tal sitio y en tales circunstancias. Punto. ¿Qué sintió al respecto? ¿Por qué no se habló de ello? ¿Qué hizo ella inmediatamente después? Con el pudor que da hablar de una misma, Mary Karr se guarda las respuestas para sí y no las comparte con quienes la leemos. Sin embargo, a pesar de eso, Mary logra reconciliarse con su pasado y la admiración y el amor que siente por su familia, heredando el amor por la lectura de su madre, la capacidad para narrar historias de su padre, y la brújula en su vida que es su hermana, se detecta en cada uno de sus puntos y comas. No en vano, como señala la propia autora en el prólogo del libro: «cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional». 
«En cuanto al motivo por el no nos había contado nada hasta entonces (...), su respuesta literal se me ha quedado grabada por ser una de las frases más patéticas que pueda pronunciar una sexagenaria:—Pensé que dejaríais de quererme.» (Pág. 505)
Bayous en Texas.
La acción transcurre a caballo entre el seco Texas y el frondoso Colorado, dos ambientes distintos que se convierten en dos protagonistas más de la historia. Una de las cualidades como narradora de Mary Karr es la gran homogeneidad y coherencia de las imágenes literarias que usa ya que en ellas se recurre a elementos típicos de la cultura tejana y del western de Colorado: botas y sombreros de cowboys, serpientes y huracanes (cambios que arrasan con cuanto uno tiene), escarabajos y bayous (símbolo del fango en el que caminan esas relaciones familiares y esa realidad desestructurada), navajas y pistolas (la violencia como sombra del relato), son el esqueleto de la narración, dándole movimiento, veracidad y armonía. Y no quiero acabar sin mencionar algo que me ha llamado poderosamente la atención. En la faja que cubre el libro, se promete «la risa más sincera» [sic] y en la contraportada se denomina la niñez de Mary Karr como «tragicómica» [sic, sí, otra vez] e incluso he leído navegando por internet que esta obra le ha parecido a alguien «desternillante». Yo no sé qué libro habrán leído estas personas pero a mí, personalmente, no me ha desencadenado la «risa sincera» (en algún caso, alguna sonrisa ladeada al detectar la pauta que sigue Mary Karr para quitar hierro al asunto, como si nos dijera, preocupada por sus lectores: «tranquilos, salí de esta»), ni me ha parecido tragicómica (la única comicidad es la que la propia autora coloca en la narración desde la distancia, en un estilo que recuerda a Lucia Berlin, especialmente cuando habla de su padre) ni, por supuesto, «desternillante». Aviso para que no les pase como a mí, que me pilló desprevenida tanta frivolidad al abordar este libro; no quiero que me metan en el club de los mentirosos...


martes, 10 de octubre de 2017

Verde agua - Marisa Madieri



Edición: Editorial Minúscula.
Páginas: 168
ISBN: 978-84-941457-3-5
Precio: 12,00€
Calificación: 9/10
«El núcleo más antiguo de mi nostalgia se encuentra en una isla adriática, entre salvias olorosas que argentan los soleados pedregales y espumas «que en alta mar eran sirenas». Pero en aquella luz quieta, sin tiempo, ha transcurrido un presagio de ocaso. La isla ya no desconoce la contradicción». (Pág. 32)
Leer a Marisa Madieri es como flotar boca arriba en un lago de aguas tranquilas, verdosas, bajo un cielo azul sereno en el que aparece alguna nube blanca preciosa, ninguna amenaza de lluvia, que sirve para jugar a las formas mientras el ritmo acuático te balancea: esa tiene forma de colibrí, esa otra de cesta con manzanas... Pero sabes que por debajo de ti y de esa paz que te envuelve hay toda una vida. Peces y seres acuáticos recorren ese mismo agua en la que flotas, juncos se abanican al ritmo de corrientes subacuáticas, flujos de agua fría y caliente visitan cada rincón de ese lago, rocas se van desgastando adquiriendo formas imposibles... Marisa Madieri, una escritora "escondida" hasta hace poco, fue la mujer del prestigioso escritor Claudio Magris. Nacida en 1938 en Fiume (hoy Rijeka), antiguo territorio italiano que tras la Segunda Guerra Mundial pasó a pertenecer a Croacia, con once años se vio obligada junto a su familia a abandonar su ciudad natal para instalarse en un campo de refugiados de Trieste (Italia). Esta obra, escrita a modo de entradas de diario entre noviembre de 1981 y noviembre de 1984, fue publicada en 1987 cosechando unas críticas tan maravillosas que a día de hoy se le considera ya un «pequeño clásico contemporáneo».
«Esto le permitió [a mi madre] comprarme una falda acampanada y un conjunto formado por una rebeca y un jersey de cuello redondo, de orlón color verde Nilo (...) También verde agua se llamaba aquel color, que para mí es aún hoy el color del amor». (Pág. 138)
Igual que las capas de ese lago en el cual flotamos, la novela contiene también varias capas narrativas hiladas de forma sutil que nos permiten deleitarnos con los reflejos y las ondas de su superficie brillante y reposada pero también ver con claridad las simas, los remolinos, los bichos intimidantes, que contienen en su interior.
«He reflejado el rostro en el espejo de la noche y en el frágil verano de mis rasgos he visto reproducidas las ensenadas y los relieves de la isla Alcínoo, he recorrido los valles claros de la juventud, he seguido los senderos del tiempo, del recuerdo y del olvido». (Pág. 49)
Así, la primera capa estaría formada por el transcurrir de la vida vista con esa perspectiva apacible y serena que da no sólo el paso del tiempo sino también la superación de una enfermedad. Cuando Marisa, la bella Marisa, comienza a escribir este diario, ha superado un cáncer de mama. No tiene obligaciones laborales. Los hijos ya son mayores. El marido viaja bastante por temas laborales. Y de repente, se encuentra con una casa tranquila y silenciosa en la que las prisas por llevar a los niños al colegio, preparar cenas, poner lavadoras han dado paso a un discurrir lento del minutero del reloj que le permite reflexionar con calma sobre su propio pasado, en esa «profundidad del tiempo» que ha conquistado recientemente. Comienza por su infancia mostrándonos escenas congeladas recuperadas a golpe de recuerdo de su familia y de su Fiume natal. La infancia es su «Atlántida» particular, representada a través de ese comedor de la casa de su abuela paterna donde no se le estaba permitido entrar. Ya entonces se muestra como una niña tímida y retraída, estudiosa y responsable, con una gran curiosidad por todo cuanto le rodeaba, características que la asemejan a mi querida Natalia Ginzburg. Al igual que ésta, nos va retratando a través de las entradas breves y sucintas de su diario, a todos los miembros de su familia, creando una galería de personajes indestructibles que quedan grabados en la memoria del lector. Natalia nos hablaba de ese padre gruñón y exigente y esa madre hiperactiva y optimista. Marisa nos habla de una madre cariñosa empeñada en que sus hijas estudiasen para convertirse en mujeres independientes que le fue arrebatada demasiado pronto, «justo cuando habría podido empezar a devolverle aquello que hasta entonces sólo había recibido», y de un padre intermitente, preso político, con una imaginación prodigiosa, «consiguió siempre modificar alegremente su pasado en el recuerdo y transformar su vida en una novela llena de aventuras y de empresas gloriosas en las que acabó creyendo», que luchaba por encontrar un trabajo estable en medio de todas las turbulencias políticas que les rodeaban.
«Hay días en que miro de buena gana hacia a trás, otros en que el pasado se hace opaco y elusivo. Los intereses contingente prevalecen. Luego, de forma imprevista, el hilo secreto del tiempo que teje nuestra vida revela su tenaz continuidad. Un desgarro, un vuelvo del corazón. Todo está aún presente». (Pág. 51)
La segunda capa estaría formada por la historia de un éxodo, un éxodo que yo personalmente desconocía hasta que leí a Marisa Madieri. No en vano, a ella se la considera una de las voces representativas del éxodo istriano-dálmata. A través del relato de anécdotas domésticas Marisa nos arrebata el ambiente familiar, seguro y tranquilo que vivía en Fiume, nos habla de cómo el gobierno de Tito saquea, ocupa y reparte sus propiedades para obligarles a irse y nos introduce en los boxes grises, industriales, casi carcelarios del campamento de Silos, donde los italianos de Fiume son recluidos, en principio, de forma provisional. Pero el tiempo va pasando, Silos se convierte en guetto. Los boxes se deterioran, se vuelven inhabitables, frío helador en invierno, calor angustioso en verano. Marisa se refugia en el baño de la planta en la que vive, un baño con ventana desde donde puede imaginar todo el mundo que hay ahí fuera, esperándola, mundo al que ella tiene miedo a salir. La estabilidad y felicidad de las que gozó en su infancia han desaparecido y se aferra a pequeñas cosas, sobre todo a su madre, para poder lanzarse a la vida. Los miedos de Marisa son los miedos de cualquier refugiado, emigrado, exiliado. Llama la atención la figura de la abuela materna, representante de la voz autoritaria del fascismo de su época, matrona deseosa de controlar todo y a todos cuantos le rodean, que no sólo definía a las mujeres como «cloacas», sino que se erigió como «alcaldesa de Silos» y que atormentaba a la madre de Marisa con absurdas obligaciones como que le anotase detalladamente los partes metereológicos. Una mujer que llevaba a cabo «sórdidamente su obra de destrucción del más débil».
«A veces me siento incómoda en el papel de madre; me siento inepta, me parece que educo de forma descuidad, que hablo poco, que dejo escapar en vano estos preciosos años y días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores». (Pág. 53)
Sobre estas dos capas flota una tercera, la propia Marisa sobre el agua verde, su novela de formación, de desarrollo vital. Ella es quien es y está donde está por todo lo anterior. Agradece cada día extra que le concede la vida, sobre todo cuando el cáncer vuelve a reproducirse. Se reconcilia con su pasado, incluso con aquellos episodios terribles que algunos de sus familiares protagonizaron, en unos casos, o sufrieron, en otros. No oculta nada debajo de las piedras, remueve el agua para que salga turbia y luego observa cómo va reposando dejándonos ver lo que hay en debajo, en el lodo, sacándolo a la superficie. Como cuando nos habla de aquella tía materna, Teresa, que tras ser abandonada por su marido y ver perder a su hija de poco tiempo, murió sola con la única compañía de una foto de la pequeña descolorida por los besos, o de ese tío, Rudy, que superado por la miseria, comenzó a beber y se suicidó;
«Si he regresado a Ítaca, si en los largos silencios de mi vida han resonado por un instante las notas del vals que los planetas y las estrellas, tan relucientes esta noche, danzan en la odisea de los espacios, siento que debo dar las gracias a una multitud de personas, incluso a las que he olvidado». (Pág. 168)
Marisa regresa a sus amadas Croacia y Estonia tanto en sus recuerdos como físicamente cada vez que le es posible. Con ella viajamos a la Villa del Nevoso (hoy Ilirska Bistrica), a la isla de Cres (donde la pasión por su marido reflorece como en el sugerente «Cantar de los Cantares 7, 12», a las calles de la antigua Fiume. Dice Claudio Magris en el posfacio de este libro que la historia de Marisa es una grieta en la «atopía», el no-lugar de la mujer en la Historia, al conseguir que a través de ella hagamos un viaje a través de los ojos de una mujer, de su mujer para ser más exactos. Un viaje lleno de melancolía, afrontado con serenidad, que nos reconcilia con nuestro pasado, con nuestros recuerdos y que nos permite apreciar las pequeñas cosas de la vida, de nuestro presente. Marisa moriría en 1996, a los 58 años de edad, de cáncer. Este testimonio que nos ha dejado, aunque no se coincida con ella en algunas cuestiones ideológicas (Marisa fue católica y provida) es, simplemente, precioso.

viernes, 6 de octubre de 2017

Los restos del día - Kazuo Ishiguro


Título original:  The Remains of the Day
Traducción: Ángel Luis Hernández Francés

Edición: Anagrama Compactos (10ª edición. Octubre 2016). 
Páginas: 253
ISBN: 978-84-339-1429-3
Precio: 9,90€
Calificación: 8/10

Lo que más me gustó: el lenguaje preciso, elegante, correcto sin resultar sobrecargado, formal pero cercano, sereno aunque directo, con el que Kazuo Ishiguro hace hablar a Mr. Stevens, el mayordomo narrador de esta historia. El cuidado con el que el autor trata cada frase nos permite comprender por qué es considerado uno de los mejores narradores contemporáneos. Los diálogos entre Mr. Stevens y Miss Kenton también son épicos y le dan un ritmo a la narración necesario y también bello.

Lo que menos me gustó:  el ritmo de la narración es lento, igual que el transcurrir de ese viaje que Mr. Stevens hace a través de la campiña inglesa. Hay párrafos enteros dedicados al concepto de «dignidad», por ejemplo, que pueden hacer de la lectura algo engorroso. Pero si tenemos paciencia, si bajamos el ritmo de nuestros sentidos y lo acomodamos al del motor de ese Ford en el que viaja el protagonista, lograremos disfrutar de un paisaje que no nos decepcionará.
«Ahora relájese y disfrute. Eso es lo que pienso. Pregunte usted a cualquiera, y verá como le aconsejan lo mismo. La noche es mucho mejor que el día.» (Pág. 252)
Cuando comienzas a leer este libro y por la página cincuenta te das cuenta de que estás asistiendo al monólogo de un hombre, mezcla de robot y gentleman inglés, que habla hasta la extenuación sobre las responsabilidades que conlleva ser un mayordomo, el sacrificio casi monacal de su existencia y la obsesión con pequeños detalles como la colocación de un florero, es inevitable preguntarse: ¿pero qué demonios hago yo leyendo la historia de un snob que ni siente ni parece, que está continuamente autojustificándose, y cuyo ego rebosa hasta llegar al Támesis? Bien, paciencia. Todo tiene un por qué: mientras que en otros libros el momento de clarividencia, de epifanía, de «Clash», como lo llama el propio Kazuo Ishiguro, tienen lugar al comienzo del libro, en Los restos del día el Clash tiene lugar dentro de la imaginación del lector en el mismo momento en el que sucede en la mente de Mr. Stevens, casi al final de la novela. Por lo tanto, la obra es una excusa para ir desprendiendo, como si de capas de cebolla se tratasen, una a una, las vicisitudes de la vida del mayordomo y sus reflexiones sobre ella. 
«La dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa (...) Los grandes mayordomos adquieren esta grandeza en virtud de su talento para vivir su profesión con todas su consecuencias, y nunca les veremos tambalearse por acontecimientos externos, por sorprendentes, alarmantes o denigrantes que sean». (Pág. 51)
Pongámonos en antecedentes: Mr. Stevens en el clásico mayordomo inglés que ha servido toda su vida a casas señoriales. Flemático, pragmático y reservado se encuentra tan alejado del contacto con sus propios sentimientos que para él le resulta más sencillo hablar de qué método es mejor para limpiar la plata que hacer un chiste en mitad de una conversación. Su humildad, por tantos años trabajando al servicio de los grandes del país, está disfrazada de una dignidad muy útil para el desenvolvimiento de sus tareas pero terriblemente inútil para relacionarse con los demás. Es el típico hombre monotemático que no es capaz de llevar a buen puerto una conversación si ésta no versa sobre la colocación de la vajilla de gala o la contratación de una ama de llaves. Su padre también fue mayordomo y lleva grabada en su educación la creencia de que el gobierno de una casa está por encima de la vida privada de uno mismo, incluso en casos tan extremos como puede ser la muerte del propio padre.
«—¿Sabía que en mi relación con esta persona ha tenido usted un papel muy importante?
—¿En serio?
—Sí, mister Stevens. A menudo, pasado el tiempo riéndonos con anécdotas sobre usted. Por ejemplo, esta persona siempre quiere que le enseñe cómo se aprieta usted la nariz cuando echa pimienta en la comida. Le da mucha risa.
—Claro.
» (Pág. 226) 
Esta falta de sensibilidad de Stevens tiene su contrapartida en la ama de llaves, Miss Kenton, una mujer perfeccionista, intuitiva y responsable capaz de vislumbrar más allá del brillo de la plata cosas importantes en la vida, formando así una de las parejas más interesantes de la literatura contemporánea, protagonistas de escenas tan inolvidables como la disputa entre ellos dos sobre qué libro se encontraba leyendo Mr. Stevens en un determinado momento. Miss Kenton, con su peculiar sentido del humor y su sinceridad aplastante, intenta arrancar a Mr. Stevens de ese aletargamiento emocional en el que vive sumergido, sin conseguirlo. Hasta tal punto pone su empeño en despertarle algún sentimiento humano que transcendiera la lealtad incondicional a Lord Darlington, el noble para el que ambos trabajan, que al no conseguirlo, decide contraer matrimonio por despecho y abandonar Darlington Hall. Sin embargo, la correspondencia entre ellos continuará. Es sin duda, Miss Kenton, quien da una réplica precisa al frío Mr. Stevens. ¡Cómo me hubiese gustado saber más de ella! ¡Con cuántas ganas me he quedado de conocer su versión de la historia! Otro de esos personajes que se merecerían una novela propia. Inolvidable.
«Una de las frases (de la carta que Miss Kenton le envía a Mr. Stevens) empieza así: "Aunque no tengo la menor idea de qué utilidad puedo darle a lo que me queda de vida..." En otro párrafo dice: "...sólo veo el resto de mis días como un gran vacío que se extiende ante mí".» (Pág. 59)
Años después, cuando Lord Darlington ya ha fallecido y la mansión pasa a ser propiedad de un norteamericano frívolo y guasón se le plantea a Mr. Stevens la posibilidad de coger unos días de vacaciones por primera vez en su vida y recorrer los paisajes ingleses, lo cual aprovecha para viajar hasta Cornualles a visitar a Miss Kenton y tantear un posible regreso a Darlington Hall. Durante ese trayecto, que podríamos definir como un viaje más que de iniciación, de terminación, iremos comprobando cómo Mr. Stevens ha ido construyendo su identidad en torno a un único factor: su profesión, y como en la más elegante tradición británica va desplegando un flujo de conciencia hacia unas conclusiones que le van a sorprender y desestabilizar. Alejado de su profesión por este viaje vacacional comienza, por primera vez, a reencontrarse consigo mismo sin su uniforme y se plantea: ¿cómo podría haber sido mi vida si hubiese dejado mi trabajo? ¿hice lo correcto dejando marchar a Miss Kenton? ¿me ha compensado sacrificar mi existencia por un Lord que parece no ser tan digno como pensaba? Y, conjuntamente con él, llegaremos a dos conclusiones, a cada cuál más inquietante: la primera, que su anterior patrón, Lord Darlington, colaboró con el gobierno nazi para intentar llegar a una acuerdo entre Inglaterra y Alemania en aras de un supuesta paz común; la segunda, que renunció a cualquier posibilidad de tener vida propia, relación sentimental con Miss Kenton, incluida, por servir a un Lord al que por más que lo intente a lo largo de todo el libro, es imposible de justificar a esas alturas sabiendo a posteriori todo lo que pasó durante la Segunda Guerra Mundial.
«—Entonces quizá pueda sernos de agua Eno otro problema. ¿Cree usted que la situación monetaria de Europa mejoraría o empeoraría en caso de llegarse a un acuerdo militar entre franceses y bolcheviques?
—Lo siento mucho, señor, pero es un problema en el que tampoco puedo ayudarle
». (Pág. 96)
Esta doble historia de fracaso y devoción mal enfocada sume a Mr. Stevens en una sensación de vacío, futilidad y tristeza que sólo logra vencer aferrándose a la voluntad de disfrutar "Los restos del día", a la creencia de que la noche es mejor que el día. La frustración que siente sólo puede ser enfrentada por una gran honestidad con uno mismo que consiga salva un poco de su "dignidad", de su autoestima. En definitiva, los restos del día es la historia de cómo afrontar los errores cometidos en el pasado que ya son imposibles de enmendar y cómo aprender a sobrevivir lo que queda de vida con ellos. Una historia profunda, llena de matices, «hermosa y cruel» como la definió Salman Rushdie.
«Pues eso es lo que he observado, mister Stevens. No le hace ninguna gracia que haya chicas guapas entre el personal. ¿Teme acaso que le distraigan? ¿No será que no tiene demasiada confianza en sí mismo? Después de todo, también usted es de carne y hueso.» (Miss Kenton a Mr. Stevens. Pág. 166)
Como curiosidad, decir que el autor, Kazuo Ishiguro, nació en Nagasaki en 1954 pero con seis años se trasladó a vivir a Inglaterra. Lo que en principio iba a ser una estancia provisional para realizar su formación académica se convirtió en una estancia definitiva, de tal manera que Kazuo tiene nacionalidad británica aunque siempre ha conservado sus raíces japonesas, con esa forma de observar lo que le rodea con la sutilidad y la delicadeza que caracteriza a su cultura natal. Para escribir esta novela confiesa que devoró todo cuanto cayó en sus manos relacionado con las tareas de los mayordomos ingleses, su personalidad, su organización y sus deberes encontrando, inesperadamente, dos fuentes de inspiración distintas: la película The Conversation de Francis Ford Coppola y la canción de Tom Waits titulada Ruby´s arms. En la primera fuente encontró la inspiración sobre cómo tareas en las que uno pone todo su empeño y profesionalidad pueden desembocar en hechos trágicos; en la segunda encontró la inspiración necesaria para dotar a Mr. Stevens de esa personalidad tan poco acostumbrada a traslucir sus emociones, tan en dominio de sí mismo, que sin embargo, en un momento determinado colapsa y explota.
«Harry siempre anda por ahí intentando que l agente del pueblo se interesemos todos los problemas actuales, pero la vedad es que la gente lo único que quiere es que la dejen tranquila». (Pág. 217)
Un último apunte antes de acabar: reflexionando sobre muchos pasajes del libro en los que se habla sobre el sufragio universal, la necesidad (o no) de que los ciudadanos se involucren en la toma de decisiones políticas o la validez de la democracia como sistema político así como sobre las jerarquías sociales, las "buenas intenciones" de actos que tienen consecuencias dramáticas o el disimulo inquebrantable de opiniones y sentimientos, me ha sido inevitable cuestionarme, ¿no somos todos y todas un poco mayordomos? ¿no nos comportamos en ocasiones así como ciudadan@s? ¿qué importancia tiene realmente una profesión en nuestra identidad? ¿nos define nuestra supuesta profesionalidad o la supuesta bondad de nuestros actos? En conclusión, un libro muy interesante, de los que, como podéis comprobar, plantea más preguntas que respuestas da y que lo ilumina todo con una ligera luz de esperanza como el atardecer del resto del día. 


Nota: fotos correspondientes a la excelente adaptación cinematográfica rodada por James Ivory en 1993 con Anthony Hopkins y Emma Thompson como protagonistas. Sin ninguna duda, papeles hechos a medida para estos brillantes actores.

jueves, 5 de octubre de 2017

Leonora - Elena Poniatowska



Edición: Seis Barral. (Quinta impresión: Octubre 2014)
Páginas: 508
ISBN: 978-84-332-1403-5
Precio: 21,00€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: la vida de Leonora fue apasionante por sí misma pero Elena Poniatowska logra algo a lo que aspira cualquier buen narrador, a saber, hacer vibrar al lector con lo que transmite. Leer este libro es hacer un recorrido lleno de claros y sombras a través del siglo XX visto con los ojos artísticos, entusiastas y vitalistas de Leonora. Un consejo: ir leyendo el libro con la Wikipedia al lado. Los nombres y obras que se mencionan en él son tan claves que hacerlo es como ir galopando por un atlas histórico-artístico.

Lo que menos me ha gustado: al tratarse de un libro extenso de narración densa es inevitable que, en ocasiones, se repitan algunas ideas. Que Leonora se siente yegua más que persona, que habla el lenguaje de los animales, que el caballo blanco de sus cuadros simbolizan su libertad y que las ventanas representan su deseo de huir queda claro ya en las primeras páginas. Aun así, son ideas que se repiten una y otra vez a lo largo del libro. Pequeñas redundancias que son fácilmente perdonables.

La posada del Caballo del Alba. Autorretrato. (1936-1937)
Leonora Carrington no camina por la vida, trota como una yegua, devorándola y viviéndola intensamente. Es la flor del cerezo que explosiona en primavera y el carámbano de hielo que se descuelga de un tejado en invierno. Todo lo que sucede a su alrededor la deja huella y ella, allá por donde trota, deja a su vez una imborrable huella también. Como cuando lees esta obra en la que Elena Poniatowska (Paris, 1932; Premio Cervantes 2013) hace una biografía apasionada y lírica de su vida e intuyes ya desde las primeras páginas que la historia de esta mujer se te va a quedar tatuada en la piel. Este libro no se lee. Este libro se vive, se respira, se huele, se contempla. Conocemos a Leonora Carrington (Lacanshire, Inglaterra, 1917- Ciudad de México, 2011) de niña con su desbordante imaginación, alentada por las historias de su nanny y su abuela materna, impregnada de mitos celtas sobres shides, hadas y grifos, leyendas de brujas, animales que le hablan y a los que ella responde en su mismo idioma y, sobre todo, un ímpetu vital innato que la empuja a rebelarse contra los cánones de las mujeres de su época. Desde pequeña ya es una feminista nata, aunque aun no lo sepa. No quiere casarse, no desea cumplir las expectativas de sus padres sobre un buen matrimonio, odia comportarse como una "dama de su clase", añade día tras día nuevos «capítulos a su manual de desobediencia» pues ella solo anhela una cosa: que la acepten tal y como es. Que la dejen volar, pintar, plasmar en lienzos sus ensoñaciones, mancharse de pintura, disfrutar del sol, trotar...
«—Papá, no me importa si me arrugo toda antes de cumplir los veinte, lo que quiero es ir hasta el estanque cuando se me antoje, hablar con el pez grande y subirme a los árboles como los hombres». (Pág. 20)
Leonora en La Luz de la Mañana. (1940)
Desobedeciendo los deseos de una madre de espíritu sensible pero resignada al destino de su condición y de un padre autoritario que la trata de forma diferente a como lo hace con sus hermanos varones, Leonora huye de las comodidades de su familia inglesa para instalarse por su cuenta en Paris a estudiar Arte. Allí absorberá, como si de oxígeno se tratase, el ambiente bohemio e inconformista de los artistas de esa época de entreguerra, su particular forma de ver el mundo que les rodea y de expresarse a través de una nueva corriente artística: el surrealismo, el vehículo ideal a través del cual dar vida a sus visiones y sus sueños. Duchamp, Éluard, Breton, Erno y Ursula Goldfinger, Picasso, Dali, Miró (de quien, por cierto, cuenta una anécdota que la define a la perfección: Miró le tiene un billete para que vaya a buscarle cigarros y ella le contesta: «tú eres perfectamente capaz de ir por tus propios cigarros», dejándole con el billete en la mano) y sobre todo Max Ernst, serán sus compañeros vitales de esta época, su nueva familia, en la que se refugia y encuentra comprensión y aliento para que trote y trote. Hará suya la máxima de Lee Miller que le decía: «la locura te abre las puertas de tu interior (...) saltar por encima de tu propia mediocridad». 
«—Todo ese endiosamiento de la mujer es puro cuento! Ya vi que los surrealistas las usan como a cualquier esposa. las llaman sus musas pero terminan por limpiar el excusado y hacer la cama». (Pág. 91)
Pájaro superior: Max Ernst. (1939)
Max Ernst será su gran amor. Con él aprenderá a arriesgar en su desarrollo artístico, probará nuevas técnicas (el pentimento, el grattage), se servirá de materiales poco convencionales, dará rienda suelta a su estallido emocional poblándose de imágenes potentes que reflejarán toda la anarquía de su mente, su incansable imaginación, su desbordante necesidad de exorcizar sus sueños y sus miedos, sus pasiones y sus secretos inconscientes. Pero también comprobará que Max, un hombre casado aun con Marie- Berthe Aurenche, jugará a dos bandas. Este sufrimiento le ayudará paradójicamente a liberarse aun más, a forjar su identidad como mujer autosuficiente y adelantada en la carrera de su época. Con Max amará, pintará, respirará, eclosionará todos sus sentidos, en una carrera de yegua desbocada que desembocará cuando estalle la Segunda Guerra Mundial en un destino imprevisto que marcará un antes y un después en su vida: un sanatorio mental de Santander para clases pudientes donde recibirá electroshocks y tres inyecciones de Cardiazol. Del cielo al infierno, de la rebeldía a la sumisión, de la libertad a la peor de las cárceles. 
«—¿Qué es la virtud?
—La virtud es la ejecución de acciones placenteras.
—¿Y el vicio?
—El vicio es no ejecutar acciones placenteras.» (Pág. 114)
Leonora Carrington.
Pero Leonora es fuego griego, fuego que nunca se apaga, y su ardor resurge con fuerza cuando, ya dada de alta en el sanatorio, su padre decide enviarla a otro en Sudáfrica. Otro padre habría dejado todo para estar con su hija, protegerla y cuidarla. El suyo, sin embargo, decide enviarla aun más lejos, al otro extremo del mundo. Que su reputación no manche el buen nombre de su empresa Chemical, que su locura no embadurne el buen hacer de su familia. Leonora huye en Portugal donde se reencuentra con Max Ernst y su nueva amante, la filántropa del arte Peggy Guggenheim y se embarca a un nuevo destino en compañía de su marido, Renato Leduc: Estados Unidos. Allí hace un alto en su trotar para recorrer la Quinta Avenida con Breton y Jacqueline Lamba, Duchamp, Buñuel, Ozenfant, Peggy y por supuesto, Max Ernst. Pero ella es indomable, es la novia del viento, su único deseo es ser libre y no se deja someter ni siquiera por la pasión de su amor por el pintor, un amor que sabe que la hace daño, la degrada y la empequeñece y toma una decisión definitiva: irse a México. 
«Max es su maestro pero dentro de ella algo o alguien le repite: "si permaneces aquí cometerás un acto de cobardía, te paralizarás a la sombra de Max y a la de Peggy hasta que una de las dos reviente». (Pág. 279)
Night nursery everything. (1948)
En México le costará integrarse. Su marido, Renato, apena pasa tiempo con ella. El círculo artístico de Frida Kahlo y Diego Rivera la aburre. Todo parece empujarla para salir trotando de nuevo... hasta que se reencuentra con su gran amiga Remedios Varo. Los búhos de Remedios calman el ímpetu de la yegua de Leonora. Ha encontrado su hogar y gracias a ella se sumerge en el colorido de la cultura mexicana, sus rojos, amarillos y verdes, sus dioses, Quetzalcóatl, Tecuahuatzin, Xiconténcatl, los mercados de Jamaica, de la Merced y la Sonora, el mundo de hierbas, murciélagos y calaveras, el psicoanálisis, el tarot, lo esotérico... Todo ello impregnará la obra de esta época en la que conserva, sin embargo, sus orígenes celtas, sus shides, sus verdores irlandeses e ingleses. «El mundo mágico de los mayas se funde con el mundo mágico de los celtas». Abandona a Renato y se une a Emerico Weisz (Chiki), fotógrafo checo, refugiado en Mexico tras lograr escapar con la ayuda de Robert Capa de un campo de concentración francés en Marruecos. Con Chiki tendrá dos hijos, Gaby y Pablo y la maternidad dispara su creatividad: «La voz de Gaby y Pablo es el hilo que la saca del laberinto. La pintura en el caballete la llama». Un instinto maternal de cuya existencia ella no era conocedora (su madre, como todas las mujeres de su época y clase social, usaban a las niñeras como intermediarios de la crianza) la llevará a volcar sus miedos y su nueva forma de amar en lienzos que colorea una y otra vez. 
«El sentimentalismo es una forma de cansancio (...) En la vida uno debe hacer lo que le da la gana porque frase que comienza con "hubiera querido" vale para una chingada.» (Pág. 402)
Elena Poniatowska.
En conclusión, un libro absolutamente recomendable en el que la autora, Elena Poniatowska, nos da un auténtica lección de maestría narrativa. No existe distancia entre la narradora y el personaje porque Elena se funde con Leonora, Elena es Leonora y trota con ella a través del lenguaje, de las imágenes, de las historias que va desengranando por un lado, y engalanando por otro, como a una de esas muñecas que Leonora vestía como forma de meditación. Su lenguaje recargado y barroco es una extensión de esos cuadros surrealistas en los que Leonora viajaba al inflamundo para luego alzarse sobre las nubes para atravesar Andrómeda. Trotando con Elena/Leonora viajamos en el tiempo sumergiéndonos en los círculos surrealistas parisinos, en los neoyorquinos, en los de Ciudad de México; pintamos con Leonora sus cuadros llenos de contenido mágico y escribimos con ella sus historias surrealistas (La dama oval, La trompeta acústica, La puerta de piedra...). El trabajo de investigación realizado por Elena Poniatowska, de una intertextualidad brillante perfectamente acoplada a la narración, es también un trabajo lleno de amor pues no solo llegó a conocerla y entrevistarla en varias ocasiones sino que se percibe que también llegó a admirarla. Gracias a Elena, leyéndola nos sentimos, como Leonora, un poco novias del viento

lunes, 2 de octubre de 2017

Lecturas de septiembre


 «Cuando las palabras demasiado leídas se vacían de su significado, por fin aligeradas, recorren su camino.» Las Retrasadas. Jeanne Benameur.

L@s que seguís este blog os habréis dado cuenta de que no hay clasificación de lecturas para el mes de agosto, y es que, al contrario de lo que le pasa a muchas personas, yo cuando menos leo es cuando estoy de vacaciones. De hecho, para ser honesta, solo (re)leí «Cumbres Borrascosas». Eso sí, me deleité con su (re)lectura, me frustré al darme cuenta de que había muchísimas cosas que no recordaba de ella, y me fascinó descubrir que, pasajes que en su momento (hace ya la friolera de veintidós años) me impactaron, en esta segunda lectura me pasaron desapercibidos y viceversa. Emily Brönte no tiene edad, es atemporal, leas en el momento que la leas no deja indiferente y me sigue sorprendiendo cómo una mujer como ella, que en apariencia llevaba una vida casi monástica dedicada a la escritura, logró profundizar tanto y tan acertadamente en cuestiones como la autodestrucción, el desprecio, las pasiones convulsas, el desasosiego. Y, dicho esto, paso a la clasificación de septiembre, un mes en el que he recuperado mi ritmo lector <33


1. Las retrasadas. Jeanne Benameur. Ya lo dije en alguna ocasión y no me canso de repetirlo, de las mejores lecturas de lo que llevo de año. Quizás porque no tenía ninguna idea preconcebida sobre este relato de apenas setenta páginas; quizás porque por su brevedad me quedé con ganas de muchísimo más; quizás porque el tema que trata: ese vínculo materno filial que siempre resulta tan complejo, tan «feroz», que diría Vivian Gornick; quizás por la voz tan compasiva pero realista de Jeanne; quizás porque sus tres personajes me han enamorado, cada una por sus luces propias, cada una por sus sombras; quizás porque me sentí identificada con todas ellas, las entendía, las sentía parte de mí... Quizás... ¡Yo que sé por qué! La cuestión es que esta joyita, pequeña en extensión, enorme en calidad, se ha convertido en uno de mis libros de cabecera, en uno de los tesoros de mi librería. 


2. El papel pintado amarillo. Charlotte Perkins Gilman. Charlotte siempre negó que esta historia la sucediese a ella pero lo cierto es que la forma en la que narra cómo el papel amarillo de la habitación va poco a poco apoderándose de la mente de la protagonista hasta engullirla es tan verosímil que el mérito en este caso de Charlotte es doble. Por un lado, la forma en la que ahonda en la depresión posparto proyectando en ese papel amarillo el estado mental de la mujer. Por otro lado, la fabulosa imaginación de Charlotte que logra en este pequeño relato crear todo un referente en psiquiatría sobre la depresión y las primeras señales de inestabilidad mental. Otro libro, al igual que el anterior, de extensión breve (apenas 90 páginas con prólogo del traductor y nota de la autora incluidos) que a cada golpe de cambio de página incrementa la sensación de angustia, el sofoco, el encogimiento de espalda, la necesidad de huir corriendo, de quienes lo leemos. Una cosa tengo clara: nunca empapelaré una pared de mi casa con un papel de color amarillo. ;-)

3. La hija oscura. Elena Ferrante. En varias ocasiones me han preguntado: ¿qué te gustó más? ¿la saga de las dos amigas o estas crónicas del desamor? Ahora que he leído ya todas no tengo ninguna duda: Las Crónicas del Desamor, y dentro de ellas, esta hija oscura. Ferrante es brutal. No apta para todos los momentos, ni para todas las sensibilidades. Si Charlotte Perkins nos asfixia con el papel amarillo de la pared, Ferrante nos ahoga con pañuelos, bragas, muñecas... Nos zarandea al montarnos en un autobús, nos manosea en rellanos de escalera, nos encierra en ascensores, nos convierte en seres mezquinos que robamos muñecas a niñas de dos años. En definitiva, nos pone frente a nuestros miedos reprimidos, a nuestros recuerdos encerrados bajo siete llaves, haciéndonos revivir infancias y maternidades que, siendo de las mujeres de sus relatos, nos cuelga como si fuesen nuestras. Tremenda Ferrante. Oscura Ferrante. Quizás o la amas o la odias porque no deja indiferente y yo la amo. Me da igual quién esté detrás de este pseudónimo. El contenido es lo importante y a mí me ha enamorado.

4. La plenitud de la vida. Simone de Beauvoir. Continuo con mi colaboración en el proyecto @AdoptaunaAutora con mi segunda adoptada, mi Simone de Beauvoir. Este segundo volumen de sus memorias, si bien me ha parecido más denso que el primero, Memorias de una joven formal, me ha servido para acercarme más a esta mujer y a entender cómo llegó a convertirse en la madre del feminismo. Se desnuda descubriéndonos a una Simone individualista e ingenua, preocupada únicamente por sus propias inquietudes existenciales, y que da la espalda a cualquier acontecimiento político. El nazismo comienza su andadura mientras ella, en compañía de Sartre, se dedica a viajar a Grecia, España, Marruecos... convencida de que al todo se solucionará. Observa cómo la Guerra Civil estalla en España, los países europeos no reaccionan, se basan en el principio de no intervención, y ella misma se miente creyendo que al final los republicanos ganarán y todo quedará en un susto. Simone se reprocha a lo largo de todo el relato su torpeza y candidez. Los conflictos bélicos marcan un antes y un después en su vida. A partir de ese momento se compromete a dejar de lado su apoliticismo y comenzar a luchar activamente. Este es el germen del Segundo Sexo y de la nueva Simone. Todo narrado con ese estilo tan elegante que la caracteriza y con una gran profusión de datos culturales e históricos de la Europa de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Ay, Simone...

5. Mi prima Rachel. Daphne du Maurier. Lo confieso: me declaro fan total de Daphne du Maurier. Es lo primero que leo de ella (a pesar de haber visto adaptaciones cinematográficas de sus novelas) y me ha fascinado la forma que tiene de atrapar al lector. Es una novela circular a fuego lento de la que destaco especialmente ese final que nos envía de nuevo al principio y esa sensación que nos deja de inquietud porque nosotros, al igual que el propio Philip, el narrador de la historia, tampoco llegamos a conocer realmente a Rachel. Si les gustan las historias con finales cerrados, cabos atados y preguntas contestadas, esta no es su historia porque Daphne, al igual que sucede en la vida real, no es un candado. Nos deja a nosotros elucubrar sobre qué pudo pasar realmente, nos deja rastros de migas para que nosotros los sigamos... Qué bien cuentas las historias, Daphne.

6. Amor no correspondido. Barbara Pym. Divertidísima. Disfruté muchísimo leyéndola, especialmente porque en plena faena de regreso de vacaciones, vuelta al trabajo e inicio del cole de mi peque, lo que necesitaba era leer algo entretenido, amable, y si estaba bien escrito, aun mejor. Bien, pues Barbara Pym llegó a mi vida en el momento perfecto. En esta novela costumbrista de los años sesenta, ambientada en Londres, Pym nos traslada a una clase social en la que aun se tiene en cuenta a qué hora se puede hacer una visita, qué llevar, como ir vestido, cómo comportarse, y en la que, por supuesto, cualquier inquietud se resuelve con una fuerte taza de té. Sin embargo, si les soy honesta, no me he sentido identificada con las mujeres de Pym. Esa protagonista que se convierte en detective siguiendo cualquier pista que desvele hasta el más mínimo detalle del hombre del que se ha enamorado; esa amiga que se embarca en una relación por despecho para no quedarse como una solterona; esa superficialidad en el trato entre hombres y mujeres... Tenía muchas ganas de Pym y su estilo divertido así como su calidad literaria no me han defraudado; sin embargo, su trasfondo sí me ha decepcionado... :(

7. Un buen tipo. Susan Beale. La historia personal de la autora es interesantísima y ayuda a comprender por qué escribió esta historia ambientada en el Boston de los años sesenta, ya saben, la época en la que la sociedad de consumo se asienta, el ideal de mujer como esposa y madre perfecta y feliz se vende a destajo, y en la que vales por lo que tienes más que por lo que eres. Beale fue adoptada al poco de nacer y al hacerse adulta comenzó la búsqueda de su familia biológica. En un intento por entender los motivos que llevaron a su madre a darla en adopción, y haciendo gala de una narrativa brillante (no en vano ella es profesora de Escritura Creativa), Susan Beale se inspira en su pasado para recrear una época de una forma tan brillante y veraz que parece que realmente se escribió entonces. Una obra que ahonda en cómo a veces, intentando hacer lo correcto, se complican más las cosas, cómo una mentira lleva a otra y cómo quienes lo hacen son, sin embargo, "buenos tipos". La ambición, la frustración y las mentiras que se cuentan y se creen, son los leit motivs de esta primera obra de una autora cuya trayectoria seguiré sin duda. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Las retrasadas - Jeanne Benameur


Título original: Les Demeurées
Traducción: Pilar Vázquez
Edición: Árdora Ediciones (Febrero 2017)
Páginas: 76
ISBN: 978-84-88020-55-0
Precio: 14,00€
Calificación: 10/10

«Palabras que las venas arrastran. Los sonidos trepan, tropiezan y caen detrás de los labios.
Tonta.
Las aguas negras salpican al vaciar el cubo.
Escasa la conciencia.
La mano se seca en el delantal de tela burda.
Tonta.
Las palabras no tienen razón de ser. Son.
» (Pág. 11)
Jeanne Benameur.
Hay libros... Hay libros que abres y que te golpean de sopetón con esas palabras que son, como las citadas anteriormente, con las que Jeanne Benameur comienza Las Retrasadas. En apenas setenta páginas, la autora francesa de origen argelino (Sin M´lila, 1952), antigua profesora de lengua y literatura hasta que decidió dedicarse en exclusiva a la escritura, nos da una clase magistral de que menos es más, de que para construir un relato no se necesita más que unos personajes, una historia y una forma personal de contarla. En serio, no se necesita más. Parece fácil, ¿verdad? Pero cuando lees a autoras como Jeanne te das cuenta de que para ello se necesita de una talento precioso y, lo más importante, de una sensibilidad personal especial que ni se compra ni se vende porque o se tiene o no se tiene y, claramente, Jeanne Benameur la tiene. 
«Una vez más, la pequeña se siente de más en el polvo, delante de la puerta.
El suelo es lo más bajo a lo que se puede caer.
» (Pág. 12)
Tres personajes: una madre cuyo nombre nadie recuerda y a la que todo el mundo llama La Varienne, «¡a saber por qué!», y que es la tonta del pueblo; su hija, Luce, una niña a la que todo el mundo considera también retrasada por ser hija de quien es y que vive sumida en un mutismo absoluto puesto que su mundo gira en torno a su madre y en ese mundo las palabras sobran, carecen de sentido, las aleja más que acercarlas y por ello han construido un idioma basado en gestos, miradas y ritos que dan significado a todo; y la profesora del pueblo, la intrusa, la forastera que penetra en ese mundo como una escoba en un rincón lleno de telarañas, la Señorita Solange.
«Luce se calla. El silencio entre ellas teje y destruye el mundo.» (Pág. 20)
Imagino que habrán oído hablar del Efecto Pigmalión, ya saben, el poder que tiene las expectativas de los otros en nuestras propias acciones. Bien, pues todo el mundo en el pueblo considera que como Luce es la hija de la tonta, y por extensión ella es tonta también, enviarla al colegio es una pérdida de tiempo. Total, ¿para qué? Si el futuro que la espera será el mismo de su madre, a saber, trabajar limpiando y cocinando para La Señora y poco más. Sin embargo la Señorita Solange, una profesora vocacional conocedora por experiencia de este efecto aunque no lo mencione, se propone enseñar a Luce a leer, desempolvar esas telarañas que cubren su boca, sus ojos y su cerebro y abrir su pequeño mundo a otro más vasto y enriquecedor: el de los libros, el de las palabras, el del alfabeto. Parece que la tarea es titánica y de misión imposible pero La Señorita Solange descubre una luz en los ojos de la pequeña Luce, los ojos de la curiosidad, de la comprensión, de la inteligencia.
«Cuando las palabras demasiado leídas se vacían de su significado, por fin aligeradas, recorren su camino.» (Pág. 54)
Curiosamente, el principal obstáculo que va a encontrar la Señorita Solange no es la incredulidad del pueblo o de los propios alumnos, sino que el muro inquebrantable que se construirá frente a ella será el levantado por Luce y su madre. La Varienne ve a Luce como una propiedad, lo único que de veras la ancla a la vida y para cuya conservación tuvo que luchar primero contra aquellos que sugerían que debía abortar al enterarse de que estaba embarazada y segundo contra aquellos que se preguntaban si estaría capacitada para criar a su hija. Luce, una pequeña esponja que absorbe cuanto le rodea, ha percibido la ansiedad y el miedo de La Varienne y ella misma teme separarse de ella y enfrentarse sola a cuanto hay más allá de los muros de su mísera casa. Juntas han forjado una relación en la que Luce es el verdadero enlace de La Varienne con el exterior y a la vez la frontera que filtra qué pasa y qué no. Cualquier pequeña alteración de su día a día, cualquier pequeño objeto que entra nuevo en esa casa, es susceptible de modificar su rutina, su día a día. Por eso son cuidadosas, temerosas, desconfiadas.
«La pequeña está colmada (...) Es la única cosa que le haya enseñado sin saberlo: un dolor y una felicidad intensas. Saber que alguien nos echa en falta y que echamos en falta a alguien.» (Pág. 54)
¿Será capaz la Señorita Solange de romper esa burbuja y hacer que la palabra ocupe su sitio en esa pequeña familia? ¿Cómo nos afectan las personas que se cruzan en nuestros caminos a la hora de marcar nuestro destino y nuestro camino a seguir, bien desviándonos, bien enderezándonos? Jeanne Benameur construye palabra a palabra una fábula preciosa pero estremecedora sobre las relaciones maternofiliales, la autonomía de nuestros sueños y el poder de la palabra. Abrir este libro al azar es un auténtico deleite de poesía hecha prosa llena de imágenes, detalles y grietas que nos permiten abrir nuestra mente a nuevos mundos y a plantearnos cuestiones realmente interesantes. El desenlace, por supuesto, no se lo voy a contar, pero es un auténtico despliegue de amor mezclado con miedo que enternece y conmueve. No en vano, este libro recibió el Premio UNICEF en 2001 y, aunque ha tardado en traducirse al castellano, merece sin duda la pena. Se puede leer del tirón, eso sí, preparen lápiz para subrayar y anotar, o bien degustando como un caramelo cada una de sus frases. Como ustedes prefieran. Pero háganse un favor y léanlo. Entenderán a qué me refiero porque...
«Las palabras de Luce se elevan.
Nunca más se quedarán atrás, retrasadas.
Sobre la tierra, día tras día, la mantienen viva.» 




miércoles, 20 de septiembre de 2017

El amor molesto - Elena Ferrante


Título original: L´amore molesto [incluido en el libro Crónicas del desamor]
Traducción: Juana Bignozzi

Edición: Lumen (Enero 2011).
Páginas:19-176
ISBN: 978-84-264-1845-6
Precio: 25,90€
Calificación: 9/10
«Miré la foto tamaño carnet de mi madre. Los largos cabellos barrocamente dispuestos sobre la frente y alrededor del rostro habían sido cuidadosamente raspados. (...) Con el mismo lápiz alguien había endurecido levemente las líneas del rostro. La mujer de la foto no era Amalia: era yo ». (Pág. 82)
Dice José Saramago en El Viaje del Elefante: «El pasado es un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si de una autopista se tratara, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra, y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas. A veces les salen alacranes o escolopendras, pero no es imposible que, al menos una vez, aparezca un elefante». En cualquier caso el pasado siempre vuelve, por más que huyamos de él tarde o temprano tendremos que mirarle a los ojos y cerrar capítulos. Estas ideas son parte del mensaje que Elena Ferrante nos transmite en su primera novela, El amor molesto, publicado en 1992, y que aunque pasó por nuestro país sin pena ni gloria nos sirve para entender no sólo el arrollador éxito que ha tenido con su tetralogía napolitana de Las dos amigas sino para descubrir dónde se encuentran las raíces del mismo.  
"Mi madre se ahogó la noche del 23 de mayo, día de mi cumpleaños". (Pág. 23)
Delia, una mujer de cuarenta y cinco años, soltera y sin hijos, reside en Roma tras su huida de Nápoles. Sin embargo, la noticia de que su madre, Amalia, ha fallecido la obliga a regresar a esa sucia, bulliciosa y decadente ciudad con la que mantiene la misma relación amor-odio que toda la vida ha mantenido con su madre.  A diferencia de la saga de Las dos amigas que se trataba de una novela río donde transitábamos corriente abajo por la vida de las dos protagonistas, esta obra aborda la técnica in media res, donde comenzamos desde el principio, la muerte de la madre, para ir descubriendo, no tanto el misterio de dicha muerte, sino el misterio de su propia vida. Delia recuerda los celos enfermizos del padre que prohibía a Amalia reírse, mirar a su alrededor por la calle, soltarse el pelo. Los intentos por ser sumisa de la madre que, sin embargo, llevada por su naturaleza alegre y vivaz, una mujer que baila con lobos, se ponía el vestido que Caserta le regalaba y colocaba en jarrones con agua las flores que le enviaba, desatando la ira furibunda del padre. Caserta, nombre del tercer miembro de este triángulo, es también el nombre de un palacio ajardinado barroco (el equivalente a nuestro Aranjuez), como si Amalia cada vez que veía a Caserta se sintiera como una niña corriendo por esos jardines, abriendo puertas de ese palacio, curiosa, decidida, libre, feliz.
«Caserta era un lugar donde no debía ir, un bar con un cartel, una mujer morena, palmeras, leones, camellos. Tenía el sabor de los confites en la bomboneras, pero estaba prohibido entrar. Si las niñas lo hacían no volvían a salir de allí. Tampoco mi madre debía entrar, pues mi padre la mataría». (Pág. 51)
Nápoles es una ciudad de una agresividad bestial, en la que la violencia habita en cada una de sus esquinas: violencia en su dialecto, obsceno, directo y cortante; violencia en las relaciones entre los hombres, que se ven a sí mismos como machos alfa, obligados a proteger y defender a sus mujeres-propiedad pero que, al mismo tiempo, se hermanan y solidarizan entre ellos porque la culpa siempre es de ellas: de esas melenas gitanas provocadoras, de esos andares sinuosos, de esas risas pecaminosas, de esas caderas que se curvan bajo la falda; violencia entre las mujeres, que desconfían, se ven entre ellas como rivales y eventuales quebradoras de la paz familiar, al mismo tiempo que toman café unas en casas de las otras para ponerse hielo en los ojos morados y contarse confidencias; y violencia, por supuesto, en las relaciones entre los hombres y las mujeres, en una muestra de esa contradictoria cultura napolitana (no difícilmente traspolable a la nuestra) en la que resulta indecente que una mujer sea rozada o tocada por un desconocido pero se acepta que el hombre maltrate, azote y humille a su mujer, hija o sobrina a fin de "educarla y reformarla". Esas contradicciones adquieren una fuerza brutal en la imágenes que usa Ferrante en la novela y, sobre todo, en el cuadro de las gitanas que tan famoso ha hecho al padre, un cuadro que ha pintado, y sigue pintando, hasta la saciedad. La modelo del cuadro era la propia Amalia, su cuerpo desnudo, su melena al aire, su postura contoneante. El padre no permite que nadie mire a su mujer pero vende el retrato de ella a turistas y a locales, la expone públicamente, y de la venta de esos cuadros come la familia.
«Durante el entierro me sorprendí pensando que, finalmente, ya no tenía la obligación de preocuparme por ella. Después advertí un flujo tibio y me sentí mojada entre las piernas». (Pág. 28)
Por si esa violencia intracontextual no fuera suficiente, Ferrante da una vuelta de tuerca tirando más del lector, con una violencia extracontextual en su hiperrealismo lingüístico: nadie como Ferrante habla con tanta naturalidad de menstruaciones, manchas de semen en el vestido, bragas sucias, masturbaciones... Crea así un ambiente de melancolía claustrofóbica que logra transmitir no sólo la complejidad de los sentimientos que invaden a Delia ante la muerte de su madre sino también la ambivalencia ante todos los frentes que mantiene abiertos en su Nápoles natal y que, con su huida a Roma (de cuya vida allí, por cierto, no sabemos absolutamente nada más que su profesión) no hizo sino agrandarlos más.
«La infancia es una fábrica de mentiras que perduran imperfectamente; la mía, al menos había sido así» (Pág. 164)
Delia, por ser la mayor de las tres hermanas, fue testigo de toda esa violencia hasta el punto de que su tierna mentalidad de niña de cinco años se vio contagiada de ella, especialmente de ese amor obsesivo que el padre sentía por la madre y que ella también reproducía. Delia lloraba cuando se quedaba en casa temerosa de que su madre no regresaba. Delia sospecha que su madre juega a cosas con Caserta y en un intento de imitarla, de acercarse a ella mediante la suplantación, de entenderla, comienza a jugar a esas cosas con Antonio, el hijo de Caserta, bajo la sombra de su abuelo. Delia, intentando vengarse de su madre, en una supuesta lealtad al padre, manipulada por toda la violencia que hay a su alrededor, inventa una mentira que acaba creyéndose y que marcaría la vida de su madre para toda la vida, involucrándola en una espiral de violencia de tal magnitud que un día Amalia, harta de ella, decide abandonar a su marido e irse con sus tres hijas. Las hermanas pequeñas apenas aparecen en la novela más que como sombras en el entierro. Es Delia, quien recurriendo a su tío materno, a Antonio, a su padre, a una vecina y al propio Caserta, comenzará a levantar piedras, hablar con alacranes y enfrentarse a elefantes.
«Dos mujeres, cuyos perfiles casi se superponían por lo cerca que estaban y entregadas a los mismo movimientos, corrían con la boca abierta, de derecha a izquierda de la mesa. No se podía saber si seguían a alguien o si las seguían». (Pág. 76)
Dicen que solemos odiar de los demás aquello que no nos gusta a nosotros mismos y en ese cierre de capítulos Delia toma conciencia de algo que la horroriza: se ha convertido en aquello que toda su vida más ha odiado: a su padre (él, pintor, ella, dibujante de tebeos) y a su madre. El vínculo con ellos no estaba roto. La huída a Roma no quebró el cordón umbilical. ¿Conseguirá con su regreso pasar página por fin?

jueves, 14 de septiembre de 2017

Querido Miguel - Natalia Ginzburg


Título original: Caro Michele
Edición: Acantilado. Noviembre 2003 (1ª ed).
Traducción: Carmen Martín Gaite
Páginas: 215
ISBN: 978-84-96136-09-0
Precio: 11,50€
Calificación: 9/10

«Te deseo la mayor felicidad, caso de que la felicidad exista, posiblidad que tampoco hay por qué descartar del todo, a pesar de que bien pocas huellas de ella podamos encontrar en este mundo que nos ha tocado en suerte». (Pág. 130)
Si hay una escena de una cotidianiedad contundente ésa es la de una persona al levantarse. El comenzar del nuevo día, el café con galletas del desayuno, la apertura de ventanas para que la casa se ventile, el reflejo de uno mismo en un espejo... y el sentarse a escribir una carta a un hijo al que hace tiempo que no ve y al que, aún no lo sabe, nunca más verá. Así es comienzo del día de Adriana y así comienza también esta deliciosa novela. Si Querido Miguel resulta ya de por sí una narración que respira melancolía, con el paso del tiempo esta melancolía se ve reforzada por el carácter epistolar de la obra. Leyéndola recordamos esa época en la que, ansiosos, abríamos el buzón a cada momento en la espera de esa carta deseada. El olor de los sellos, el sabor amargo de ese pegamento que nos dejaba un regusto a esperanza cuando cerrábamos el sobre y lo timbrábamos, el paseo hasta el buzón más cercano donde a veces con dudas, a veces con seguridad, introducíamos ese papel doblado y cruzábamos los dedos para que no se extraviase, para que llegase a su destino lo más rápido posible, cálculo de días: envío dentro de la provincia, dos o tres días, envío fuera de la provincia, cuatro o cinco días ¿qué día es hoy? Llegará entonces... Y recibiré respuesta, si contesta inmediatamente el... 
«Pero no se apega uno solamente a los recuerdos felices. Al llegar a cierta edad, nos damos cuenta de que a lo que se tiene apego simplemente es a los recuerdos». (Pág. 59)
Natalia juega en este libro de forma magistral con las distintas voces de los protagonistas. El narrador es prácticamente invisible, un cientifíco riguroso que como si de un ensayo clínico se tratase, se limita a describir de forma minuciosa los comportamientos de los personajes, ese estiramiento de las mangas del jersey, ese gesto displicente, ese andar inseguro... Son los miembros del elenco los que tienen la voz a través de diálogos cortos pero contundentes y de la correspondencia que se mantiene entre ellos. Adriana, el alter ego de Ginzburg en muchos aspectos, el espejo que la refleja, es una mujer de cuarenta y cuatro años que se ha recluido en una preciosa pero solitaria casa en las afueras de Roma. Tiene cinco hijos: Angélica (otra de las autoras de la correspondencia que se transcribe), Viola (quien apenas aparece por estar ocupada «con sus cosas»), dos gemelas adolescentes (que se tiran toda la novela saliendo de la casa en moto o de excursión con amigos y que no prestan atención a la madre, típico de su edad) y el famoso y enigmático Miguel. A raíz del divorcio Miguel se quedó con su padre (las niñas con la madre) comenzando una vida que resulta, con el transcurso de los años, cada vez más misteriosa para el sector femenino de la familia que se relaciona con él a base de impulsos y encuentros esporádicos.
«Tus hermanas puede que sean menos calamitosas que tú, pero también ellas han salido bastante raras y despistadas, cada una en su estilo. Tampoco a ellas las he educado ni las educo, porque muchas veces, demasiadas, me sentía y me sigo sintiendo como una persona que no me cae simpática. Para educar a otro, hay que tener un poco de confianza en uno mismo, tenerse por lo menos algo de simpatía». (Pág. 62)
El hijo perdido se convierte, por tanto, en sujeto de la devoción y de la preocupación constante de la madre quien ve cómo ha ido creciendo hasta convertirse en un desconocido para ella. Las noticias de que se relaciona con grupos comunistas y anarquistas radicales, y que por ello se ve oblígado a huir a Londres, le encumbra a una posición de inalcanzable iniciándose una carrera epistolar por convencerle de su regreso, o al menos, de que les permita, a ese sector femenino, ir a visitarle a Londres. Miguel no acude a casa de su madre a hacerle las jaulas para los conejos; Miguel se va de Roma sin despedirse de ella; Miguel hereda un torreón de su padre a la muerte de éste del que se desentiende completamente; Miguel no asiste al entierro de su padre; Miguel no les invita a su boda en Londres; Miguel es un desapegado, un joven inconsciente y egocéntrico que cree que va a vivir eternamente y que no cuida de su familia, no les dice que les quiere, no cuenta con ellos en su día a día. La manera que tiene Ginzburg de retratar esa distancia intransitable que les separa es relatando cada detalle cotidiano de la vida de Adriana, de Angélica y de Mara. Miguel no aparece en ninguno de esos momentos. Sólo es un fantasma ausente, que sin embargo está más presente en sus vidas y en su pensamiento que muchos que les rodean. La sombra de Miguel es alargada...
«La última vez que lo vi (...) le pregunté que qué había comprado. «Un pollo asado», me dijo. Ésas son las últimas palabras que me dijo. Ya ves qué poca cosa. Lo vi alejarse con su bolsa de cartón en la mano. Un extraño». (Pág. 209)
Y en medio de esta dinámica familiar, arquetípica y tensa, surgen otros tres personajes: Osvaldo, íntimo amigo de Miguel, al que se aferran por ver en él una prolongación del mismo, Mara, una joven inmadura e impulsiva que cree, aunque a veces duda, que su hijo recién nacido es fruto de la relación intermitente que tuvo con el propio Miguel y Ada, un personaje sin voz que se convierte en una especie de "veladora a distancia" de los intereses de la familia y de la que Adriana, la protagonista dice con su peculiar sentido del humor que se la encuentra «hasta en la sopa, así la partiera un rayo». Los caminos de todos ellos se cruzan y a través de esa correspondencia epistolar de encuentros puntuales Ginzburg va perfilando, como sólo ella sabe hacerlo, de forma minimalista pero directa a la diana, las personalidades complejas y la forma de ver la vida de cada uno de ellos.
«Le había pedido que le acompañase por miedo de que a su madre le diera un ataque de llanto. Qué estúpido. A ella crisis de llanto no le daban casi nunca. Pero (...) cuando Felipe se marchó se había quedado tumbada llorando un rato en aquel dormitorio de los arcos mientras Angélica le cogía una mano». (Pág. 70)
Si hay algo que no deja de sorprenderme en Ginzburg es esa ausencia de personajes grises y planos. Su capacidad de observación es tan aguda y afilada con unas pocas líneas consigue hacer lo que otros autores hacen en párrafos enteros. Un simple gesto, una sencilla frase, nos dice más de un carácter que una descripción minuciosa. Porque los personajes de Ginzgurg están vivos. Ni más ni menos. Hablan, se mueven, carraspean, insultan, lloran, gritan, se contradicen, mienten, dudan... Sí, mienten. Mara es un ejemplo claro del narrador no fiable y también del personaje que evoluciona a través de las páginas pero, paradójicamente, a pesar de las mentiras y del autoengaño, manifiesta una honestidad tan brutal que la antipatía que se puede sentir por ella al principio deriva finalmente en un cariño hacia su persona. Es entrañable. Todos los personajes tienen algo que contarnos. Incluso aquello que no parece importante, lo es. Y ahí está el motivo por el que esta novela me parece tan maravillosa, porque su aliento, su historia, su complejidad no es un reflejo de la vida misma; es la vida misma.
«Yo te hablaba y tú por toda respuesta carraspeabas, pero sin abrir la boca. Ahora, cuando quiero acordarme de ti, carraspeo un poco y me parece que te estoy viendo». (Pág. 94)
Natalia publica este libro en 1973. Su segundo marido, Gabriele Baldini, había fallecido en 1969 y tras su muerte, con la que Natalia se quedaba viuda por segunda vez, se refugió en dos ámbitos que siempre habían estado presentes en su vida: la escritura y la política. Mientras que el primero, la escritura, había sido un continuum, un inseparable de su nombre, con el segundo, la política, había mantenido una relación de amor-odio con alejamientos y acercamientos intermitentes debido a diferencias con el Partido Comunista. En 1970 su compromiso adquiere forma y comienza pequeñas colaboraciones con el Partido Comunista Italiano, del que posteriormente sería diputada en 1983. Pero en 1973, cuando escribe Querido Miguel, esta colaboración está en ciernes aún. Sin embargo, este acercamiento tiene reflejo en la novela donde hay guiños como la colaboración del propio Miguel con el comunismo y su lucha, el profundo sentimiento antifascista de la propia Adriana o ese ¡Ay Carmela!, una canción recuperada por el bando republicano en la Guerra Civil española, y que el padre cantaba por costumbre cada vez que pintaba.
«—Se acostumbra uno a todo—dijo Angélica—. Cuando ya nos hemos quedado sin nada». (Pág. 211)
Antes de terminar no puedo dejar de mencionar la maravillosa traducción del libro, realizado por la mismísima Carmen Martín Gaite, una gran admiradora de Ginzburg, que hace de esta edición una joyita inmejorable. Y también un apunte sobre lo que Italo Calvino dijo de ella: «Natalia expresa su lirismo en el ritmo y en el corte de sus historias, construye la psicología de sus personajes a través de su comportamiento y nunca comenta o interpreta por el lado de lo intelectual, aunque sus historias se desarrollan casi enteramente en el ámbito de los intelectuales». Absolutamente recomendable.


Entrada creada en el marco de la iniciativa de Adopta una Autora, proyecto que tiene como objetivo, tal y como indica su nombre, adoptar una autora (que conozcas, quieras conocer y, sobre todo, desees dar a conocer) independientemente de su raza, religión, orientación sexual, época o temática. Un proyecto sumamente interesante sobre el que podéis obtener más información en su blog https://adoptaunaautorablog.wordpress.com. ¿Se animan?

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