jueves, 14 de diciembre de 2017

Cuentos escogidos - Shirley Jackson


Edición: Editorial Minúscula S.L. (1ª ed. Diciembre 2015)
Traducción: Paula Kuffer
Páginas: 163
ISBN: 978-84-943539-7-0
Precio: 18,50€
Calificación: 8/10
«Pero quizá una de las cosas más prácticas de ser escritor de ficción es que no se desaprovecha nada; cualquier experiencia sirve para algo; tiendes a verlo todo como una estructura potencial de palabras.» (Experiencia y ficción. Pág. 103)

Shirley Jackson es poseedora de una característica que la hace única: cuando la leemos nos reconocemos en ella. No solo porque sentó las bases que inspiraron cientos y cientos de películas, libros y relatos de terror psicológico (Stephen King y Carol Joyce Oates han confesado que ella es una de sus fuentes de inspiración, reivindicando su figura) sino porque nada a pulmón como nadie en el lado más oscuro, inconfesable incluso para nosotros mismos, que todos encerramos bajo cien llaves en un armario del sótano. No me consta que Shirley Jackson y Carson McCullers llegaran a conocerse, aunque fueron contemporáneas, pero ambas comparten algo más que esa clasificación de su obra como "gótica" y es una profunda inquietud por el aislamiento y la incomprensión. Pero mientras que McCullers batea este tema a través del desgarro emocional embellecido por una prosa lírica y unos atardeceres sureños, Shirley lo hace de forma más dramática recurriendo a una violencia psicológica que nos aterra por su recurrencia a lo cotidiano, a lo banal, a lo que rodea esa clase media norteamericana no muy alejada de la nuestra.
«En el país de los cuentos el escritor es el rey. él dicta todas las reglas, solo debe cuidarse de no pedir al lector más de lo que este puede conceder razonablemente. Recuerda, el lector es un cliente muy pero muy exigente, obstinado, que arrastra los pies y se irrita con facilidad.» (Notas para un joven escritor. Pág. 149)
Esta selección que nos presenta Minúscula recoge siete cuentos y cinco escritos que podríamos denominar autobiográficos sumamente interesantes para poder entender mejor el mundo tanto personal como profesional de Shirley y, especialmente, cómo el relato de «La lotería» impactó en su vida. En ellos observamos ya el universo de Shirley, que luego desarrollaría en obras como «Siempre viviremos en el castillo» o «The Haunting of Hill House» en toda su plenitud: el desarraigo, la angostura del límite entre la locura y la cordura y el aislamiento. Y es que Shirley Jackson fue una mujer infeliz. Rechazada por su madre quien la insultaba y menospreciaba, continuó sufriendo el maltrato de su marido, un adúltero que se burlaba de su obra y de su condición de mujer. Leyéndola da a veces la sensación de que el único consuelo que encontró en su vida, aparte de la escritura, fue el juego con sus hijos, del cual se sirvió para desarrollar su talento artístico y conseguir la tenacidad suficiente para poder escribir relatos tan increíbles como los que podemos leer en este libro.
«Sabía que en el otro apartamento había alguien, porque podía oír las voces hablando en voz baja y alguna risa de vez en cuando (...) no importa cuán a menudo o cuán fuerte llamara, nunca le abrieron la puerta». (El amante demoníaco. Pág. 31)
Hay una balada escocesa titulada «The Daemon Lover», cuyo argumento es el siguiente: un misterioso hombre llamado James Harris regresa a su antigua amante para convencerla de que huya con él abandonando a su marido e hijos. ¿Y qué tiene que ver esta balada con Shirley Jackson? Pues muchísimo ya que el tal James Harris, un elegante hombre vestido con traje azul aparece en el primer relato, que lleva el mismo nombre de dicha balada y que se ha traducido como «El amante demoníaco». Una joven espera en su casa la llegada de su prometido para ir juntos a casarse pero él no aparece. Ella sale a la calle, sigue su rastro, pregunta por él a sus vecinos, al kioskero, al florista. Todos se ríen de ella al mismo tiempo que la miran con lástima, con desconfianza. Ella descubre una terrible verdad y entiende el por qué de las risas: está pagando el precio por apartarse del camino marcado para las mujeres. Eso le pasa por ingenua, por tonta, por descarriada, se va a quedar solterona, excluida de la sociedad... No me digan que no es desgarrador.
«El Niño asintió con más vehemencia, y la madre alzó la vista del libro y sonrió mientras escuchaba. 
—Le compré un caballito y una muñeca y un millón de piruletas —dijo el hombre—, y luego la cogí y le puse las manos en el cuello y apreté y a pretender y apreté hasta que se murió.» (La bruja. Pág. 36).
James Harris vuelve a aparecer a través de la imagen de un hombre vestido con un traje azul en «La Bruja», donde la autora nos da una auténtica lección: el peligro no está en las brujas ni en lo sobrenatural sino en lo doméstico y en lo ordinario. Un relato perturbador cuyo protagonista es un niño deseoso de dejar volar su imaginación. Ante la pasividad de su madre la presencia de ese desconocido de traje azul será el resorte para elevar el juego de las historias a un nivel peligroso. Leyéndolo es imposible exclamar un ¡Madre mía, Shirley Jackson! ¡Eres increíble! En «Siete tipos de ambigüedad» aparece encarnado en un librero que representa un ejemplo espeluznante de la mezquindad humana, una maldad sin más motivo que la envidia, el deseo de hacer sufrir de forma gratuita a otra persona, aprovechar su debilidad para humillarle, hundirle. Terrible. Y en «La muela» es la voz de la tentación que susurra al oído de una mujer, casada y con un hijo, que viaja a Nueva York para visitar al dentista, promesas de un paraíso de blancas arenas, azules cielos y verdes hierbas.  Mientras tanto, el dolor de muelas de la protagonista se extiende al lector, le incomoda, le molesta y sufre con ella. Es el equivalente al dolor psíquico que Shirley sitúa en el cuerpo para su mejor comprensión. La angustia que se siente al leerlo va aumentando paralelamente al desequilibrio mental de la mujer a quien el paso del pueblo a la ciudad aniquila, destruyéndola. 
«Ella era solo su incómodo vehículo, y solo como al resultaba de interés para el dentista y la enfermera, solo como soporte de su muela era digna de una atención inmediata y experta.» (La muela. Pág. 75)
El entorno doméstico, que siempre ha sido sinónimo burgués de seguridad, limpieza y confort, Shirley Jackson lo deconstruye para alzar sobre él la sombra de la duda y de la sospecha, de la incertidumbre y del peligro en cada esquina. Como en «Después de usted, mi querido Alphonse», un ejemplo de cómo los niños gozan de una ingenuidad y de una ausencia de prejuicios que los adultos van poco a poco arrebatándoles o en «Charles», donde el hijo inventa la presencia de un compañero de colegio para dar cuenta de su propio comportamiento antisocial e irreverente.
«Cuando oyes hablar a los más jóvenes, nada es lo bastante bueno para ellos. Dentro de poco querrán que volvamos a vivir en cuevas, que nadie trabaje, que vivamos así un tiempo. Solía haber un dicho, "La lotería en junio con el trigo a punto". Así acabaremos comiendo guiso de pamplina y bellotas. Siempre ha habido lotería». (La lotería. Pág. 94)
Pero, sin duda alguna, el relato estrella de esta recopilación es «La Lotería». Cuenta en «Biografía de una historia», que la idea se le ocurrió empujando el cochecito de su hija cuesta arriba y que al llegar a casa, colocar la compra en la nevera, y a la niña en su parque, la escribió del tirón. Era el año 1948. Shirley vivía ya con su marido en una pequeña comunidad rural de Vermont en la que la autora no pudo llegar a integrarse por sentir el rechazo del resto de las tradicionales mujeres de la comunidad. De ahí que muchas de las protagonistas de sus obras sean mujeres aisladas de su entorno, objeto de burla y de exclusión, y también el mensaje principal que se manda en este breve pero magistral relato: toda comunidad necesita un chivo expiatorio y éste se elige al azar, sin ningún motivo determinado. Puede ser un defecto físico, una característica racial o sexual, una mala palabra dicha en un momento o dado, un rumor, o simplemente una debilidad, en definitiva, convertirse o no en ese objeto de rabia de un grupo es tan aleatorio como que te toque una lotería.





lunes, 11 de diciembre de 2017

La analfabeta - Agota Kristof


Título original: L´analphabète (2004)
Edición: Obelisco. (1ª edición, 2006)
Traducción: Juli Peradejordi
Páginas: 78
ISBN: 84-9777-332-2
Precio: Tomado en préstamo de la biblioteca
Calificación: 8/10.

Lo que más me ha gustado: una de las virtudes que más me gusta de Natalia Ginzburg, y que gracias a ella he aprendido a apreciar, es esa capacidad de aferrarse al "menos es más" y con ello conseguir transmitir más emociones que un maremoto de imágenes pomposas, exuberancias y excesos. Bien, pues Agota Kristof se puede encuadrar también en ese tipo de escritoras que no necesitan retorcer las líneas, recargar las letras ni llevarnos a situaciones límite para conseguir transmitir honestidad, intensidad y buen hacer. 

Lo que menos me ha gustado: es muy corto, tan corto que cuando lo acabé dije, ¡necesito más! Pero no hay más. La analfabeta es un mini libro joyita que concentra todo lo que Agota nos quiso contar. El resto debemos descubrirlo en el resto de su obra.
«En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca interesará a nadie. Incluso cuando los manuscritos se acumulan en los cajones y los olvidamos para escribir otros.» (Pág. 67)

Agota Kristof
Cojan papel y bolígrafo. Comiencen a hacer garabatos. Quizás siguiendo el ritmo de alguna canción que estén escuchando o el propio ritmo de sus pensamientos. Al principio verán que nada de lo que dibujen parecerá representar algo concreto y sentirán que eso no es más que un galimatías de rayas y curvas de distinta longitud. Sin embargo, si se fijan atentamente, comprobarán que la mente tenderá a poner orden en medio de ese caos, rellenará vacíos, unirá puntos y seguro que al final podrán decir: «uy, he dibujado un elefante/cielo nublado/rostro/etc...» Pues eso es lo que hace Agota Kristof (Hungría, 1935- Suiza 2011) en este libro autobiográfico de apenas setenta páginas: presentarnos pinceladas, once exactamente, para que contemplemos un esbozo de su vida y de ahí extraigamos lo intensa y dura que ésta fue.
«Leo aún, si tengo algo que leer, a la luz reverberante. Luego, cuando me duermo llorando, nacen frases en la noche. Dan vueltas a mi alrededor, cuchichean, adquieren un ritmo, riman, cantan, se convierten en poemas.» (Pág. 24)
Once bocetos, once episodios fundamentales de su vida, once fotografías, como si estuviésemos pasando páginas al álbum de los recuerdos que la marcaron y determinaron la mujer en la que se convirtió. Una niña, devoradora de libros, que mantuvo su pasión contra viento y marea gracias al orgullo que su padre sentía porque ella hubiese aprendido a leer con cuatro años; una infancia feliz con el húngaro como idioma de cabecera, el de los libros, el de las historias que le contaban y que ella se contaba cuando de la infancia feliz pasó a la absoluta pobreza tras la segunda guerra mundial; el húngaro del internado en el que se vio recluida apartada de su familia; el húngaro en el que recibió la noticia de la muerte de Stalin; el húngaro que la acompañó como único equipaje durante la huída de Austria con su hija en brazos; el húngaro al que tuvo que renunciar para poder dejar espacio al francés al llegar a Suiza.
«Cinco años después d haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en un analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años.» (Pág. 76)
Y es en Suiza, en Lausanne concretamente, donde esa niña de lectura precoz, culta y desenvuelta en su idioma se convierte en analfabeta, analfabeta en francés. Pero poco a poco irá domando esta lengua y en ella escribirá este breve cuadro impresionista esbozado con once pinceladas donde comprobamos la enorme fortaleza de Agota Kristof. Cambia de idioma y quizás por ello, por no ser el francés su idioma materno, el lenguaje resulte sencillo, directo y contundente. No hay apenas metáforas, ni retruécanos, ni barroquismos. Todo es lineal y sencillo. ¿Todo? Aparentemente, sí. ¿Aparentemente? Solo aparentemente, porque igual que cuando contemplamos un cuadro impresionista, si nos acercamos demasiado a él únicamente observamos pinceladas sin ton ni son. Sin embargo, al alejarnos, nos encontramos con un atardecer de Monet, una noche estrellada de Van Gogh, una escena de baile de Renoir...
«¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera dejado mi país? Más dura, más pobre, pero también menos solitaria, menos rota; quizá feliz.» (Pág. 58)
Pues eso mismo nos sucede con Agota. Al terminar este libro descubrimos que hemos leído un relato duro pero que se sostiene de forma sólida gracias a su precisión y a que se trata de una de esas #joyitas en las que aquello de lo que no se habla, lo que se calla, asoma entre líneas con una contundencia tal que es imposible no estremecerse ante este relato. Ahora sí, ya estoy preparada para leer Claus y Lucas. No puedo terminar esta reseña sin dejar este párrafo anotado con las primeras líneas de este libro que me definen, no solo a mi, sino seguro que a muchas de las que leáis esta reseña. Ya solo por esto merece la pena abrir la puerta de La Analfabeta e introducirse en esta joya:
«Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.» (Pág. 9)


viernes, 1 de diciembre de 2017

Lecturas noviembre


«Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.» 

Así comienza «La Analfabeta», de Agota Kristof, una de mis (felices) lecturas de este mes. Y cuando estas líneas fueron procesadas por mi cerebro inmediatamente me di cuenta de cuánto nos parecíamos Agota y yo con cuatro años. Las dos leíamos cualquier cosa impresa que caía bajo nuestros ojos, listados de ingredientes de alimentos, rótulos de calles, carteles publicitarios, incluidos. Hoy, casi cuarenta años después, sigo leyendo como una enfermedad pero me he vuelto más selectiva. Es inevitable. Con los años y la experiencia adquirida, el gusto adaptado a nuestra personalidad, así como la falta de tiempo y el amplio volumen de libros que se publican semanalmente, no nos queda otra que plantarnos y decidir: ¿qué leemos? Este mes ha habido un poco de todo, aunque en general estoy muy satisfecha con todas estas mujeres que han convertido mi mes de noviembre en un mes para recordar literariamente por su intensidad, su viveza y su belleza. Estas son las lecturas que me han acompañado. Me temo, querid@s amig@s, que a estas alturas mi enfermedad lectora, aunque diagnosticada, es ya incurable. Sé que me entienden...

1. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Jeanette WintersonAcercarse a una autobiografía a veces no es fácil. Diferenciar al escritor de su obra es imposible y si éste no te inspira simpatía o confianza a nivel personal es complicado atreverse a abrir unas páginas en las que nos vaya a hablar de su vida. NO es, obviamente, el caso de Jeanette Winterson. Esta impresionante mujer, a la que ya conocía no solo por ser una de las voces narrativas contemporáneas más consolidadas sino también por haber leído su (impresionante y diferente) «Espejismos», ya me caía simpática antes de leer esta obra suya y, tras haberla leído, aun me cae mejor por su cercanía, su honestidad y su humanidad. Una historia dura de superación en la que nos lanza mensajes de lucha, de amor por la vida, por la escritura y la literatura, y por las personas que nos hacen el día a día más fácil. Una auténtica obra inspiradora escrita con ese estilo tan personal y repleto de talento propio de Jeanette. Yo prefiero ser feliz... Al fin y al cabo, ¿qué es lo «normal»?

2. Tres mujeres. Sylvia Plath. La poesía... mi gran asignatura pendiente. Pero nunca es tarde para emocionarse ante versos como estos (abro el libro al azar): «Nunca están quietos / quietos, como el vacío que llevo en mí». O estos: «¿Qué hacían mis dedos antes de tenerle?/ ¿Qué hacía mi corazón con este amor?» O estos (y sigo abriendo al azar): «¡Es tan agradable no tener ataduras!/ Soy solitaria como la hierba. ¿Qué me falta?» Tres mujeres, tres visiones de la maternidad: la primera ansía ser; la segunda cumple su sueño de ser madre; la tercera renuncia a ser madre. Con ellas lloramos, nos estremecemos, alzamos la voz, nos preguntamos y cuestionamos nuestra situación personal. Tres mujeres a las que queremos abrazar, tranquilizar, consolar. Tres mujeres que pueden ser tú o yo. Tres mujeres que son todas nosotras a la vez que somos al mismo tiempo cada una de esas tres mujeres. Qué maravilla, Sylvia...

3. La extraña desaparición de Esme Lennox. Maggie O´Farrell. Hay libros que llegan a tu vida recomendados por personas de confianza (en mi caso, como no, mi querida librera Alba, de @Lib_Mujeres) sin que sepas más sobre ellos que el nombre de una autora que te suena de haber visto por ahí (Maggie O´Farrell y su libro, que por supuesto leeré, «Tiene que ser aquí» estaba por todos los lados). Abres la primera página del libro y lo primero que detectas es un estilo narrativo cristalino y elegante, sutil y cuidado, repleto de emoción e intriga, rico en colorido e imágenes. Dos mujeres, una sentada y otra de pie, asisten a un baile de sociedad. Sabes que tienen una historia que contar, misteriosa e impactante. Vas pasando las páginas. La historia avanza. Comienzas a tener las primeras sospechas sobre qué pudo pasar y te niegas a creerlo. Una felicidad enjaulada, simplemente por cometer el delito de querer volar. La madre cierra la puerta, el padre tranca la cerradura y la hermana tira la llave. Dolor, injusticia, traición... Una de esas historias que seguiré recordando toda mi vida. Inolvidable. Imprescindible. Necesaria.

4. Tránsito. Rachel Cusk. Lo confieso. Siento debilidad por esta autora, y no solo porque sea tocaya mía. Tras leer su anterior libro, «A Contraluz», esperaba ansiosa la publicación de Tránsito, su continuación aunque pueden leerse como libros independientes. Ambos tienen en común que la narradora, Faye, solo aparece precisamente así, «A Contraluz», y la vemos a través del relato que ella realiza de las historias que personas con las que cruza le van contando. En Tránsito, Faye regresa a Londres donde intenta rehacer su vida tras su inesperado divorcio. La herida aún duele. La autoestima está bajo tierra. Las inseguridades se comen a las certezas. Las preguntas que se creían cerradas vuelven a resurgir con más fuerza que antes, como si hubiese rebotado contra una pared recogiendo los signos de interrogación. ¿Qué es la responsabilidad? ¿Cómo afectan los padres/madres en l@s hij@s y viceversa? ¿Cuánto pesa la soledad? ¿Cómo conseguimos avanzar arrastrando recuerdos? ¿Es posible disimular el dolor y aparentar lo que ni somos ni sentimos? Con Rachel Cusk te sientes como si te encontrases con una amiga para tomar un café y profundizar en cuanto os ha sucedido. Rachel escucha. Y yo, al escucharla, no puedo menos que incomodarme y reflexionar sobre cómo me afecta lo que me está contando. Al fin y al cabo, tod@s hemos vivido momentos vitales de «Tránsito»... y los que nos quedan.

5. La leyenda de una casa solariega. Selma Lagerlöf.  ¿Saben cuántas mujeres han recibido el Premio Nobel de Literatura desde que empezó a concederse en 1901? Catorce. ¿Y hombres? Noventa y siete. Por ello, Diana del blog Todo mi ser  tuvo una idea genial: leer a las catorce mujeres por orden de premiadas. ¿La primera? Selma Lagerlöf, en 1909. Reconozco que no sabía absolutamente de ella e indagar en su vida y en su obra ha sido todo un descubrimiento genial. Selma era una mujer adelantada a su tiempo que tuvo claro desde niña que quería ser escritora. Se imaginaba su futuro muy alejado del prototipo de la época de mujer de su hogar y de su casa. Al contrario, ella solo quería escribir y ser autosuficiente. En este libro el joven protagonista, Gunnar, es un estudiante que se vuelve loco cuando se ve obligado a trabajar para recuperar su casa familiar y tener que renunciar así a su violín. La joven Ingrid Berg, uno de esos personajes femeninos que quedan fácilmente incorporados al imaginario literario por su tenacidad, su resiliencia y su realismo se enamora de Gunnar, al que de loco llaman el Chivo. Esta historia de amor, a camino entre la fábula y la novela, es deliciosa de leer. 

6. La analfabeta. Agota Kristof. ¿Es la cantidad directamente o inversamente proporcional a la calidad? Pues depende... pero en el caso de este pequeño libro #joyita está claro que menos es más y que cada una de sus cortas frases contiene una grandeza literaria inigualable. Agota selecciona once momentos clave de su vida para narrarnos, cada uno en un capítulo, cómo pasó de ser una lectora infatigable a convertirse en una analfabeta. Su exilio de Hungría a Suiza la obligó no solo a abandonar su país, su familia y sus raíces sino, sobre todo, su idioma, aquel en al que se aferró para lograr sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, a una existencia solitaria en un internado, a unos primeros años en un país en el que todo era desconocido. La emoción que contiene cada una de sus comas, cada uno de sus puntos, cada palabra, es tal, que es imposible no sentir el desgarro que transformó a esta mujer por dentro y la llevó a escribir este relato que por breve es dos, y hasta tres veces, bueno. Otra #joyita más que me prepara para lanzarme a leer, próximamente, su celebradísimo «Claus y Lucas».

7. Madre mía. Florencia del Campo. «La pregunta que yo me estaba haciendo era: ¿tenemos (hijos e hijas) la obligación (moral) de cuidar de nuestros padres cuando enferman o es algo que puede elegirse (según los sentimientos, la historia, las circunstancias...)?» Esta pregunta es el punto de partida de esta historia. Una pregunta muy interesante que supedita la lealtad a la familia a que ésta sea correspondida. Sin embargo,  con este libro he tenido sentimientos enfrentados. Mientras lo leía anotaba frases de una potencia brutal, imágenes que se depositaban en nuestra mente revolviendo recuerdos, reflexiones interesantes que me obligaban a parar para contestarlas. Pero, por otro lado, me costó mucho empatizar con la protagonista hasta el punto de que por la dureza de algunos episodios que relataba tuve que dejar el libro a un lado para tomar aire unos instantes mientras exclamaba: ¡madre mía! Quizás, a diferencia de lo que sucede con el libro de Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal?, faltan aquí unos anclajes previos que nos ponga en antecedentes sobre la relación de la protagonista con su madre, a la que llama Bernarda Alba en referencia a la tiránica mujer de Lorca. Al acompañar el relato con los informes médicos de la madre tiraba inevitablemente a posicionarme a favor de ésta y a no entender a la protagonista. La discreción a la hora de hablar de uno mismo es más que comprensible pero eso impide que tengamos una perspectiva completa del pasado y que la ausencia de detalles dificulte que entendamos por qué se comportó como lo hizo. Aun así es una novela valiente, muy bien construida y con un potente lenguaje que no deja indiferente. 

8. Los Mandible. Una familia: 2029-2047. Lionel Shriver. Esta autora, que obtuvo el reconocimiento internacional por «Tenemos que hablar de Kevin», regresa con esta distopía de apocalipsis económico en la que se pone en el peor de los escenarios posibles para un estadounidense actual: el dólar se devalúa, el sistema quiebra, el oro es confiscado, el mercado colapsa, y EEUU pasa de ser el país que maneja los hilos a convertirse en un paria internacional. México cierra sus fronteras, progresa espectacularmente e impide que los «blancos» vayan allí a trabajar. El mundo al revés. Y, mientras tanto, cuatro generaciones de Los Mandible sobreviven a estos cambios en función de sus posibilidades y personalidad. En este ejercicio de ficción es interesante comprobar cómo Los Mandible aprenden dos lecciones muy interesantes: la primera, todo puede cambiar en cualquier momento así que abre bien los ojos y estate preparado para lo que venga; la segunda, si tienes una buena red de familiares y amigos, siempre lograrás salir adelante. Un #tocholibro de más de quinientas páginas en las que las lecciones de economía se alternan con lecciones de vida. Realmente interesante para salir de "mi zona de confort literario".


9. La brigada de Anne Capestan. Sophie Hénaff. Otra obra más con la que salir de "mi zona de confort" literario. Tras una temporada de lecturas intensas, necesitaba algo liviano pero bien narrado, ¿y qué mejor que una novela policíaca narrada por una de las revelaciones en Francia de este género? Anne Apestan, una policía apartada de servicio por tomarse la justicia por su mano, es reincorporada al frente de una brigada de «tarados» a donde destinan a aquellos policías con los que nadie quiere trabajar. Un oficial de Asuntos Internos que sabe demasiado, una escritora best seller, un alcohólico, un cenizo... todos encuentran en esa brigada un hogar en el que convivir a gusto. Los personajes están muy bien elaborados, la trama es ágil y la autora tiene un sutil sentido del humor que ayuda a pasar un rato agradable. Aunque el final es un poco previsible (una pena, porque la trama enganchaba) lo cierto es que disfruté muchísimo leyendo las peripecias de esta brigada y, sabiendo que hay una segunda parte, recurriré de nuevo a ella para «desconectar». 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La leyenda de una casa solariega - Selma Lagerlöf


Título original: En Herrgardssägen (1899)
Edición: Funambulista. (1ª edición, 2012)
Traducción: Elda García Posada
Páginas: 198
ISBN: 978-84-939830-8-6
Precio: Tomado en préstamo de la biblioteca
Calificación: 8/10.

Lo que más me ha gustado: en el marco de la iniciativa de Diana (@Todomiser, #WomenPNL) comencé un nuevo reto: leer a las catorce mujeres que han ganado el Premio Nobel de Literatura (catorce mujeres frente a noventa y siete hombres, saquen ustedes el porcentaje). La primera: Selma Lagerlöf, ganadora en 1909. Su lectura ha sido asombrosa pues Selma tiene un estilo bellísimo que ha resistido a la perfección el paso del tiempo, hasta el punto de que, gracias a ese tono de fábula que usa, construye una narración moderna, no exenta de moralismo, cierto, pero de mentalidad bastante avanzada para su época. Selma es directa y sensible. No recurre a descripciones interminables ni a discursos farragosos. Su ritmo es ágil y pone a sus personajes a caminar, hablar, actuar y discurrir.

Lo que menos me ha gustado: el libro está lleno de casualidades y encuentros entre personajes un poco forzados, de tal manera que Selma crea un entorno cerrado donde todo sucede por azar y donde, como en una leyenda de la mitología griega, los caminos de los protagonistas se van entretejiendo formando una red en la que no hay cabida para nadie más que no sea ellos mismos. Claro que la obra se titula precisamente así, Leyenda, y Leyenda es.
«Sabía lo que se sentía, algo así como lo que deben sentir los árboles cuando son talados, no de la forma habitual, cuando simplemente se les corta el tallo, sino cuando se les sacan las raíces y se los deja en la tierra para morir. Allí se encuentra el árbol sin entender por qué ya no le llega savia ni alimento. (...) Tiene que morir. No hay más remedio, tiene que morir.» (Pág. 77)
Selma Lagerlöf
¿Qué es aquello a lo que pertenecen con tanta intensidad que no se sabe quién pertenece a quién? ¿Cuál es ese sueño que ansían cumplir, ese lugar al que desean regresar una y otra vez, ese rincón que les inspira y les recuerda quiénes son? ¿El motor de su vida, su ilusión? Selma Lagerlöf lo tuvo claro: pertenecía a la casa familiar de Marbacka, su sueño era ser escritora y el rincón que quería recuperar a toda costa era, precisamente, Marbacka. Selma Lagerlöf (Marbacka, Suecia, 1858-1940) no fue una mujer de su época. Fue una mujer adelantada, adelantadísima a su época. Una displasia en la cadera cuando tenía diez años la ancló a una afición que conservaría toda su vida: leer. También la ayudó a descubrir que no deseaba atarse al destino que su sexo de nacimiento le marcaba: quería escribir, no quería casarse, era torpe en la cocina y bordar se le daba aun peor. Al igual que le sucedería a Simone de Beauvoir unas décadas después, la pérdida del estatus económico de la familia supuso para ella tener que buscar la forma de ganarse la vida por su cuenta, lo cual benefició sus inquietudes. En 1880 la familia pierde la propiedad de Marbacka, la casa familiar en la que Selma pasó una infancia que siempre recordará con nostalgia, pero su hermano mayor, Johan, pide un préstamo para poder costearle sus estudios de Magisterio en 1881. Y es así como en 1885, con veintiséis años, Selma desciende de un tren de Landskrona para poder comenzar su nueva vida como maestra.
«Gunnar Hedde profesaba una devoción tan grande por aquella casa, que se decía que resultaba incorrecto afirmar que él era dueño de una propiedad. Más bien lo que ocurría es que ese viejo lugar de Dalecarlia occidental era dueño de Gunnar Hede.». (Pág. 31)
Marbacka. El paraíso perdido de Selma.
Sin embargo, un sueño casi obsesivo persigue a Selma: recuperar la casa de Marbacka, regresar a sus raíces. Consciente de que con su trabajo como maestra nunca podría conseguirlo y sabedora también de su talento narrativo, comienza a dedicar cada vez más tiempo a la escritura. Y así, poco a poco, va abriéndose un hueco en el mundo literario sueco, logrando el espaldarazo definitivo gracias a un encargo para que los niños suecos conocieran la geografía del país: El maravilloso viaje de Nils Holgerson. Con los beneficios obtenidos logra recobrar Marbacka en 1907 y en 1909, cuando recibe el Premio Nobel, invierte gran parte del premio en reformar y ampliar la espléndida casa. En ese ansia por ver su sueño cumplido no estaba sola pues dos elementos fundamentales la acompañarían: de forma directa los personajes de sus novelas, unos seres maravillosos dotados de una vida interior rica y propia que también van en busca de sus sueños, como Gunnar Hede e Ingrid Berg, los protagonistas de La leyenda de una casa solariega; de forma indirecta el movimiento feminista de Suecia, concretamente la escritora Sophie Elkan y la principal figura de este movimiento, Sophie Adlesparre, quien además de soporte moral le dio soporte económico al concederle una beca para que se dedicase en exclusiva a la escritura. 
«Nada hay más cierto que este hecho: el sol adora las plazas abiertas frente a las pequeñas iglesias aldeanas». (Pág. 45)
En La Leyenda de una casa solariega, escrito en 1899, múltiples capas conforman el argumento y entre ellas siempre se puede respirar la brisa del norte que nos brinda la prosa elegante y bella de Selma. Y es que, a veces, aquello que buscamos con dedicación está justo delante de nuestros ojos y no lo vemos. Así, Gunnar Hede, un joven estudiante enamorado del violín, ve su estabilidad económica en peligro cuando la mina de la que es propietario deja de ser productiva. La posibilidad de perder su casa en Dalercalia le lleva a dedicarse a la venta ambulante, teniendo que renunciar así a la música, a su parlanchina melodía que habla al desconsolado que oye en ella lo que necesita oír, cayendo en la locura. Se convierte en un monstruo que tiene miedo a los animales, que se comporta de forma irracional y al que todo el mundo llama El Chivo de forma jocosa. Él pertenece a Dalercalia pero, a diferencia de Selma que luchó por recuperar Marbacka dedicándose a su pasión, la escritura, él se vuelve loco. Su obsesión por ganar dinero le lleva a dedicarse al comercio, a abandonar su pasión, el violín y a olvidarse de sí mismo. Se vuelve cobarde, deja de luchar, es vencido por el miedo.
«El miedo es una cosa difícil, una pesada carga para aquellos en los que habita.» (Pág. 50)
Viulunsoittaja. Pekka Halonen. (1901)
En su camino se cruza la joven e idealista Ingrid Berg, una muchacha huérfana que se enamora del estudiante y que sueña con reencontrárselo algún día. Ella no pertenece a ningún sitio porque acompaña a su abuelo ciego, un violinista ambulante; tampoco tiene ninguna pasión ya que el arte y la música se le resisten, pero sí tiene clara una cosa: el sentido de su vida es amar y ser amada. Cuando años después se reencuentra con el Chivo no reconoce en él, ese joven trastornado y excéntrico, al estudiante elegante y educado del que se enamoró. Comienza así una historia de reencuentros y desapariciones, de muerte y resurrección que Selma resuelve gracias a la fuerza del amor. Una fábula optimista pero realista sobre cómo las personas se desdoblan. El estudiante Hede, bello y apolíneo, equilibrado y sensato, amante de la música, como Selma lo fue de la escritura, se transforma en El Chivo, terrible y dionisíaco, desmesurado, una bestia, que desconcierta y causa sufrimiento en su madre y en Ingrid. Las pasiones traicioneras se apoderan de la mente. La pérdida de la ilusión y de la estabilidad, de la posibilidad de poder vivir por y para la música, provocan la ruina del estudiante/Chivo.
«Había vivido en casa del capellán durante seis años y no había conseguido hacerse querer lo suficiente como para que desearan verla con vida. Y aquel a quien nadie ama, no tiene derecho a vivir.» (Pág. 76)
De la misma forma, la joven Ingrid, al tomar conciencia de que nadie la ama y de que quien no es amado no merece vivir, decide rendirse a la muerte. Es el suyo un amor que evoluciona a lo largo de la obra. En un primer momento responde a ese amor "romántico e idealizado", salvador de vidas, dotador de identidad y de sentido vital. Pero a medida que Ingrid crece y aprende a reconocer en el Chivo al estudiante que ama se empieza a plantear si realmente es ese el amor que desea, si está dispuesta a aceptar también el lado oscuro de su amado, y descubre una lección fundamental: la salvación empieza por uno mismo. Ingrid cae de la nube, planta los pies en el suelo y se enfrenta al Chivo. Domestica a la bestia, la acepta como parte de su enamorado pero también le señala que debe ser él quien haga su parte. 
«—¡Vale, de acuerdo! —exclamó—. ¡Vuélvete loco de nuevo! Eres muy hombre por querer volverte loco para evitarte un poco de angustia.» (Pág. 175)
Una de las grandes obras de Selma.
Es por ello que esta novela, a pesar de su tono de fábula bucólica, impregnada del naturalismo de la época me ha gustado tanto. La historia de la Señora de la Pena, que obliga a aquel al que visita a reservar un cuarto de la casa a sus murciélagos, o la presencia en el relato del compenetrado matrimonio Blomgren, dan mayor empuje y firmeza a esta historia. Selma le da una vuelta no solo a los roles que la tradición asignaba al hombre y a la mujer sino también al estilo narrativo que, sin renunciar al tono moralista de este tipo de relatos, ha conseguido resistir muy bien al paso del tiempo. Lejos de ser una narración ñoña o cursi, Selma explora la psique de sus personajes y de paso hace una crítica constructiva a favor del amor que complementa y que crece, de la mujer que se descubre a sí misma y del hombre que, respetuoso, escucha a su compañera. Una auténtica delicia.



miércoles, 22 de noviembre de 2017

Tránsito - Rachel Cusk


Título original: Transit
Edición: Libros del Asteroide. (1ª edición, 2017)
Traducción: Marta Alcaraz
Páginas: 221
ISBN: 978-84-17007-22-5
Precio: 18,95 €
Calificación: 9/10.

Lo que más me ha gustado: su intimismo tanto en su forma narrativa como en el fondo de los temas. Rachel Cusk nos coloca frente a un espejo para que nos observemos con un espíritu crítico. Los temas filosóficos principales de la vida los coloca sobre la mesa y los hace accesibles para nosotros. Al fin y al cabo todos tenemos parecidas inquietudes y esperanzas: nos enamoramos, nos desenamoramos; abandonamos y nos abandonan; perdonamos y guardamos rencor; somos contundentes al hablar y al minuto siguiente nos contradecimos. Humanos, unos nos caen fenomenal, otros fatal, que Rachel Cusk sabe retratar con una gran empatía mezclada con emociones propias profundizando en lo que se está convirtiendo en su marca personal: ser capaz de hablar sobre la nada.

Lo que menos me ha gustado: bueno, esto es más un aviso para quien se acerque por primera vez a Rachel Cusk. Al igual que en «A contraluz» no hay argumento. Como si de una obra de teatro de situaciones se tratase (¿qué es la vida sino un escenario?) la protagonista nos detalla con profusión pero en un estilo fresco las conversaciones y encuentros que le suceden mientras repara su casa. Esa forma de narrar tan original se vuelve adictiva así que si he de señalar lo que menos me ha gustado será que me he quedado con ganas de saber más. Pero así es la vida... una serie de encuentros, muchas veces accidentales, con historias de las que solo conocemos un fragmento y se interrumpe la posibilidad de poder saber algo más.
«Tal vez nuestras heridas, añadió, sean el único lugar en el que puede arraigar el futuro». (Pág. 34)
Tradicionalmente se ha considerado que el título de una obra es su mejor carta de presentación, su traje de gala, uno de los factores determinantes para calibrar el potencial éxito o el mérito de un libro, y si hay una autora que es capaz de condensar la esencia de sus libros en sus títulos, esa es Rachel Cusk (Canadá, 1967). Si en «A Contraluz» (una de mis mejores lecturas de este año; podéis leer su reseña aquí) viajábamos con su protagonista, Faye, a Grecia, cuna de la civilización occidental europea, decadente, que vive del recuerdo de su antiguo esplendor, su cultura floreciente, su esperanza en el progreso del ser humano politikon, igual que la vida de Faye quien una vez fue feliz, esplendorosa, floreciente y esperanzadora pero que ahora transita entre las ruinas de un divorcio con dos hijos menores a cargo, en Tránsito la acompañamos en su regreso a su ciudad de origen, Londres y en su intento por reiniciar su vida. De nuevo nada es casual y el simbolismo va mucho más allá de frases largas y elegantes o ideas complejas y profundas. 
«(...) sea lo que sea lo que queramos pensar de nosotros mismos, no somos sino el resultado del trato que hemos recibido por parte de los demás». (Pág. 14)
Pero Faye se propone a tomar ella sus propias decisiones, a tener el poder, cuando se da cuenta de que son los demás quienes siempre lo han tenido. Para ello decide, en contra del criterio del agente inmobiliario, comprar una casa ruinosa en Londres y, a fin de rehacer su vida decide, en contra del criterio de los mezquinos vecinos del piso inferior, reformar su casa. Una reforma de la casa, símbolo de las transformaciones que se están produciendo en su propia vida, es el punto de partida para que Faye nos reproduzca las conversaciones que mantiene con múltiples personajes, a cada cual más interesante, con los que se encuentra en esa etapa. De fondo, los golpes de escoba en el techo de toda la vida, de ese matrimonio septuagenario, sus gritos, sus insultos de «puta zorra», símbolo de esos padres agazapados en el alma de la casa, un subconsciente siniestro e indeseable. Rachel ha aprendido a andar de puntillas para no molestarles, como ha hecho toda su vida; sin embargo, sus hijos, no. Ellos están acostumbrados a otro tipo de vida; no se han visto obligados a hacerlo.
«—Yo ni me he mudado de casa —dijo—. Es curioso, tú has ido cambiando de todo, y yo de nada, y, sin embargo, hemos acabado los dos en el mismo sitio.» (Pág. 19)
Esos cambios que no llevan a ninguna parte y que no son sino vueltas en círculo pero que esconden un cambio interior, casi invisible y muy imperceptible. El jardín de su nueva casa es difícil de transformar, le avisa el contratista. «Es como pedir peras al olmo». Las losas de cemento se han quebrado por la presión de las raíces de los arboles, como si ese pasado enraizado en la vida de Faye la impidiese edificar algo nuevo, plano y sólido sobre él. El pasado pesa. El pasado empuja y asfixia y Faye se deja ver en este libro con algo más de relleno. Esa sombra A Contraluz comienza a ser más nítida y más densa. Nuestros ojos se han acostumbrado a esa penumbra y podemos discernir el color de su pelo, los rasgos de su cara, su cuerpo nervioso y activo deseoso de pasar a la acción. Faye sigue escuchando atentamente a cuantos le rodean y a través de un estilo indirecto libre nos reproduce sus historias. Cada personaje es más fascinante que el anterior hasta el punto de que individualmente podrían protagonizar cada uno de ellos un libro, tal es la exactitud con la que nos son presentados, ¡y eso que ellos apenas hablan directamente! 
«Pero había una indiferencia, un hastío, casi, que también entrañaba peligro y que nacía de darse demasiada cuenta de los sueños y las visiones ajenas». (Pág. 51)
Las conversaciones van girando en torno a temas tan interesantes como la responsabilidad propia: un agente inmobiliario responsable de buscar el lugar donde sus clientes desarrollarán una nueva vida; un peluquero que ayuda a ese cambio visible aplicando mechas, cortando mechones; un contratista que ha de lidiar con los molestos vecinos y con las vigas podridas adecentando un hogar. Las relaciones padres-hijos y la retroalimentación de expectativas y decepciones: como el ex de Faye, Gerard, responsable de la educación musical de su hija cuando él, paradójicamente, rechazó el amor por la música que intentaron inculcarle sus propios padres; el primo de Faye, Lawrence y su nueva mujer, Eloise, ambos aportan hijos a la pareja y no coinciden en la forma de educarlos. La sensación siempre incómoda de abandono que invade a su amiga Amanda, una eterna adolescente emocional que representa aquello a lo que más miedo tiene la gente: «a que no la quieran». La soledad, el deseo de ser amados, el compromiso, los remordimientos, la verdad y la mentira... 
«El punto de vista, dijo, es como lo de esas parejas que cortan el sofá en dos cuando se divorcian: ya no hay sofá, pero al menos ha habido justicia». (Pág. 87)
Rachel demuestra un estilo inteligente colocando pistas a lo largo del relato que nos muestran esa Faye cada vez más fascinante al mismo tiempo que juega a la rayuela dando saltos de un tema a otro y regresando de nuevo a él páginas más adelante: de Julián y un padrastro que no le pegaba porque si meza no podría parar a Jane que si empezaba a comer tampoco podría parar; de Jane vestida en tonos azules y verdes sentada sobre la sábanas blancas que cubren el sofá de Faye a Faye sentada sobre la sábana blanca que cubre el asiento del coche del jefe de obra; de Faye y su contratista a Amanda que tiene una relación con otro contratista...
«El destino, dijo, no es más que la verdad en su estado natural». (Pág. 218)
Todo está relacionado y Rachel tiene una asombrosa capacidad para, incluso estando de tránsito, anclarse al momento y a las personas que tiene enfrente. En un momento de la novela Faye, quien también es escritora, dice que cada lector que llega a un libro debe ser tratado «como un desconocido al que había que convencer para que se quedara». Sin duda, a mi me ha convencido gracias a «Un Tránsito a Contraluz» cada vez más nítido. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

La extraña desaparición de Esme Lennox - Maggie O´Farrell



Título original: The Vanishing Act of Esme Lennox
Edición: Salamandra. (4ª edición, 2017)
Traducción: Sonia Tapia Sánchez
Páginas: 217
ISBN: 978-84-9838-220-4
Precio: 16,00 €
Calificación: 9/10.

Lo que más me ha gustado: ¡Aviso! Este libro es altamente adictivo. Si lo abren será demasiado tarde y no podrán dejarlo, y cuando lleguen a ese final tan espectacular querrán poder seguir leyendo más y más. Con él se emocionarán, se enfadarán, patalearán, se indignarán, reirán, llorarán... Habrá momentos en los que la narración se muestre confusa pues una de las voces es la de Kitty, enferma de Alzheimer, con un discurso confuso, saltos de un tema a otro, pero con paciencia todo encaja. De esta manera Maggie tira de su amplio rango de recursos narrativos para contar una historia con reminiscencias victorianas en un estilo moderno, ágil y actual.

Lo que menos me ha gustado: La historia de Iris, la nieta, parece en ocasiones más una historia de relleno que otra cosa. Sin embargo, cuando terminas de leer el libro te das cuenta de que sus idas y venidas amorosas así como su carácter decidido son idóneos para crear un contraste entre la época de su abuela y la actual, de tal manera que "aparentemente" las mujeres sí somos hoy más libres y se supera el manido adagio de que cualquier tiempo pasado fue mejor. 
«Vean, damas y caballeros. Es de importancia crucial mantenerse totalmente inmóvil. Incluso respirar puede recordarles que estás ahí, de manera que hay que hacer sólo una respiración muy corta, muy superficial, lo justo para seguir viva. Nada más.» (Pág. 90)
Maggie O´Farrell
Maggie O´Farrell (Irlanda del Norte, 1972) llegó a mi lista de "pendientes" gracias a "Tiene que ser aquí" (Asteroide, 2017), cuya lectura he pospuesto al reeditar Salamandra esta novela anterior, publicada en 2007 y elegida Mejor Libro del Año por el Washington Post. Con un estilo brillante que la ha catapultado a ser considerada como una de las grandes voces contemporáneas, Maggie va depositando, página tras página, piezas dentadas de una historia llena de misterios e interrogantes para que vayamos recogiéndolas y así componer el puzzle de la misma. Sobre un hilo tejido en el presente tres mujeres van narrando, con tres voces diferenciadas, una trama con saltos en el tiempo, discursos inconexos y elipsis que van encajando unas con otras de forma impecable y que tienen como pegamento dos leitmotivs fundamentales: la traición y la represión. Érase una vez una chica a la que le tocó vivir en una época en la que ser una misma y disfrutar del don de la felicidad estaba mancillado con un nombre: HISTERIA. Las anteriores brujas eran condenadas a la hoguera pero se encontró una solución más "elegante": a las histéricas se les encerraba en un manicomio. ¿Qué es eso de no llevar guantes? ¿Qué es eso de no querer casarse y decir que prefieres estudiar? ¿Qué es eso de no mostrarte dulce, sumisa y obediente? La madre corta las alas, el padre tranca la cerradura, la hermana tira la llave. Tradición, deslealtad, Alzheimer y crítica social. Maggie O´Farrell combina todos estos elementos para crear una obra literaria magistral.
«Cuando te sedan hay un instante, antes de que te devore del todo la inconsciencia, en que el entorno real deja una impresión sobre ese nebuloso delirio en que te hundes. Durante un breve momento habitas dos mundos, flotando entre ellos.» (Pág. 198)
Todo comienza en un salón de baile. Dos mujeres. Dos hermanas. Una sentada. Otra de pie. La que está sentada se llama Kitty y observa, espalda erguida, guantes impolutos, su carnet de baile; lo abre y lo cierra; se pregunta si ese día, por fin, conocerá al hombre con el que irá a casarse, o sí, quizá, por fin, ese atractivo rubio que la hacer sonrojar, se acercará a ella y surrurará su nombre al oído. La que está de pie se llama Esme. Se apoya primero en un pie, después en otro. Se aburre. Ha perdido sus guantes. Está deseando regresar a casa, a sus libros. Perder de vista a ese rubio que a todo el mundo parece atractivo menos a ella. Librarse de ese vestido que la aprieta y, sobre todo, perder de vista a toda esa gente que baila y gira y da vueltas, sin disfrutar de los movimientos, cosa que no entiende porque ella es feliz moviéndose, mientras que esas personas lo hacen con un solo objetivo: llamar la atención de los hombres, ellas y escoger a la más apropiada de las mujeres, ellos. 
«Indefectiblemente, son las tareas sin sentido las que perduran: lavar, cocinar, ordenar, limpiar. Nunca nada majestuoso o significativo, sólo los rituales insignificantes que forman la urdimbre de la vida humana.» (Pág. 14)
O no. Quizás todo comienza en la India unos años antes. Cuando Kitty y Esme eran dos niñas felices, dos hermanas tan diferentes entre sí como dos personas pueden serlo pero que se querían, se apoyaban y se cuidaban mutuamente. Los abrazos de Kitty consolaban a Esme de la indiferencia de una fría madre más preocupada por las apariencias que por dar calor a sus hijas. Ya bastante calor hacía en la India. Kitty era la niña perfecta, todo aquello que su madre quería que fuese su hija: educada, tranquila, sumisa, obediente, dócil, dulce. Pero Esme, ¡ay, Esme!, ¡cuántos problemas das a tu pobre madre! Te escapas durante tus lecciones para ir a jugar con tu hermano pequeño Hugo y su olor a leche; te desatas los lazos del pelo; manchas tus vestidos; no usas los cubiertos correctamente; te repantingas en los sofás a leer tus libros y no sientes interés por nada de lo que le gusta a tu hermana. Aun así tuviste una infancia muy feliz, Esme, tremendamente feliz, afortunada Esme, hasta que sucedió aquello... Y toda la familia os mudasteis a Edimburgo, donde seguiste intentando ser feliz, hasta que sucedió aquello otro...
«—¿Sabes lo que pone aquí? Que antes cualquiera podía meter a su hija o a su mujer en un manicomio sólo con la firma de un médico de cabecera.
—Iris...
—Imagínate. Podías librarte de tu esposa si te hartabas de ella. O de tu hija si no te obedecía.
» (Pag. 67)
Edimburgo 
O no. Quizás todo empieza hoy. En una tienda vintage. Cuando Iris, su propietaria, recibe una llamada por la que descubre que una tal Esme es hermana de su abuela Kitty. La tal Esme, cuya existencia desconocía, de la que su abuela Kitty nunca había hablado, debe abandonar el manicomio donde está ingresada porque van a cerrarlo, así que Iris debe hacerse cargo de ella. Iris piensa en cómo va a hacer eso. ¡Bastante tiene con lo suyo! Está enamorada en secreto de su hermanastro Alex, un amor imposible porque él está casado. Va enlazando una relación con otra y su último amante está casado también, así no podrá amenazar el deseo de ella de no comprometerse. Pero ahora llega la tal Esme a su vida... ¿Qué hacer con ella?
«... y cuando los descubrí, cuando me los encontré sentados así juntos, los dos en el piano, y él mirándola como si estuviera viendo algo insólito y precioso y deseable, quise dar una patada, quise gritar: ¿Sabes cómo la llaman? La llaman el Bicho Raro.» (Pág. 148)
O no. Quizás todo empieza en una residencia de ancianos. Donde Kitty, enferma de Alzheimer, recibe una visita inesperada. Tiene pequeños momentos de lucidez en los que recuerda su infancia en la India, eso tan trágico que sucedió, la nueva vida en Edimburgo, el joven rubio tan atractivo que llegó a sus vidas, las ganas de casarse, el sueño cumplido, las ganas de ser madre... el sueño cumplido... ¿cumplido? 
«En la vida se pueden dar extrañas confluencias. Esme no dirá coincidencia, porque odia esa palabra, pero a veces piensa que hay algo en acción, un impulso, una colisión de fuerzas, un capricho de la cronología.» (Pág. 150)
Normas, normas y más normas. Unas se someten, como Kitty. Otras se rebelan, como Esme. A las que se someten les toca la injusticia del destino no elegido y de cargar con unas falsas esperanzas que se convierten en dulces amargos y sacan lo peor de ellas. A las que no se someten les toca la injusticia más brutal de tener que pagar con su vida por pecados que no son suyos; las víctimas son las culpables; y esa culpabilidad inoculada también saca lo peor de ellas. Los secretos familiares que crecen abonados por las convenciones sociales y regados por la incomunicación siembran esta excepcional novela donde te queda la sensación de aplaudir y, a la vez, consolar a Esme. Quién le mandaría a ella ser así... Esme, quién te mandaría... Pobre Esme... 

martes, 7 de noviembre de 2017

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? - Jeanette Winterson


Título original: Why Be Happy When You Could Be Normal?
Edición: Lumen (4ª edición, 2016)
Traducción: Álvaro Abella Villar
Páginas: 245
ISBN: 978-84-264-1965-1
Precio: 20,90 €
Calificación: Por supuesto, 10/10.

Lo que más me ha gustado: A Jeanette ya la conocía por su barroca y mágica obra «Espejismos» donde a modo de fábula trata temas como el ecologismo, la maternidad, la identidad, la pertenencia y el feminismo. Sin embargo, me ha sorprendido en esta obra porque logra, siguiendo su estilo rico en referencias a leyendas y arquetipos, aferrándose a unos gramos de desesperación, a otros de emoción y a otros de brutalidad, anclarse a la historia de su vida y contárnosla sin perder un ápice de su talento narrativo, con humildad pero abrazándose, con caídas y subidas, con dudas y miradas de refilón a la locura y a la depresión, pero con esperanza, proclamando un consejo, como dice el título de uno de los capítulos: «vale la pena nacer».

Lo que menos me ha gustado:  Discúlpenme. Quizá dentro de un tiempo, cuando vea el libro con perspectiva, pueda encontrar algo que no me haya gustado de él. Hoy por hoy, no lo encuentro.
Cuando estoy con ella soy feliz. Feliz, sin más.
Asintió. Parecía que comprendía y pensé, de verdad, por un instante, que iba a cambiar de opinión, que hablaríamos, que estaríamos al mismo lado del muro de cristal. Esperé. Al final me soltó:
—¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?
» (Pág. 126)
Preguntas. Preguntas que nos marcan y determinan nuestro camino. Preguntas que nos pinchan como alfileres, como muescas de piedras si caminamos descalzos por un camino rural, como virutas de paja de la hierba seca. Preguntas como la que le hizo a Jeanette Winterson su madre al enterarse de que estaba enamorada de una mujer y que da título a este libro. Preguntas que desenroscamos y desdoblamos pues en este libro Jeanette no intenta contestarse a sí misma sobre el por qué de su lesbianismo sino sobre por qué siempre ha tenido ese empeño por ser feliz. Su faro, la felicidad. Puede parecer, tras leer el título, que nos encontramos ante un libro de autoayuda, y lo es, pero no en el sentido adoctrinador y sentencioso de filosofía barata y superficial que suele impregnar ese tipo de libros sino por el mensaje motivador que Jeanette nos manda a través de sus páginas. 
« No puedes deshacerte de lo que es tuyo. Aunque lo arrojes lejos, siempre está el regreso, el ajuste de cuentas, la venganza, quizá la reconciliación.Siempre está el regreso. Y la herida te llevará hasta allí. Es un rastro de sangre. » (Pág. 237)
Raíces. ¿Cuál es la raíz del injerto? ¿La del árbol en la que nació o la de aquel en el que ha sido injertado? Jeanette fue adoptada con seis semanas. Su madre biológica le dio el pecho durante ese escaso tiempo; el pecho, lo único que le podía dar. Pero no podía quedarse con ella y así fue como Jeanette llegó a la casa de un matrimonio sin hijos, John William Winterson y la señora Winterson (así la llama a lo largo de todo el relato), de fuertes convicciones religiosas, en el que la madre autoritaria al más puro estilo Dickens, no escatimaba en castigos como dejarla dormir a la intemperie o encerrarla en un cobertizo. Cuanto más la castigaban más desarrollaba Jeanette su imaginación. Para huir del frío de la fría noche encendía la linterna de los sueños y se contaba cuentos a sí misma. Para poder acceder al peligroso mundo, según su madre, de los libros, recurrió a la biblioteca del barrio y comenzó a leer cuanto autor residía allí, empezando por la A, terminando por la Z. Para poder aplacar el sufrimiento de la soledad, de la sensación punzante de abandono, sustituyó esos abrazos carnosos que nunca recibió en su infancia por el abrazo de la poesía. Para poder sobrevivir a la hoguera que su madre hizo con su alijo de libros oculto bajo el colchón tomó una firme decisión: «A la mierda. Puedo escribir yo».
«Creo en la ficción y en el poder de las historias porque así hablamos a través de lenguas que no son nuestras. (...) Recuperamos el lenguaje a través del lenguaje de otros. Podemos recurrir al poema. podemos abrir el libro. Alguien ha estado allí por nosotros y buceó en las palabras.» (Pág. 17)
Libros y escritura. Refugios. No se si este libro les servirá de ayuda. Eso, como todo, es cuestión de gustos, de necesidades, de inquietudes y, sobre todo, de momentos. Pero lo que sí tengo claro es que ha ayudado a la propia Jeanette quien va deslizando metáforas, comparaciones, imágenes, adjetivos y cambios de ritmo a lo largo de las páginas como si estuviese decidida a encontrarse a sí misma y a responder a su propia pregunta: «mamá, ¿por qué preferías ser normal a ser feliz?, ¿por qué para ti la felicidad era sinónimo de pecado? ¿por qué si me adoptaste porque querías tener una amiga, me trataste como si fuese tu enemiga?» Intenta entender a su madre, empatizar con el anulado padre, mimetizarse en una madre biológica a la que tardó décadas en conocer... Natalia Ginzburg confesó que llegó un momento en el que escribía simplemente porque formaba parte de su vida, como un esqueje injertado en su médula espinal y no para encontrar consuelo pues cada vez que había intentado hacerlo por ese motivo había fracasado. Jeanette, sin embargo, está en las antípodas de ese pensamiento pues a ella sí le salvó. Le salvo escribir. Y le salvaron Austen y Woolf, Dickinson y Rilke, Thomas Hardy y las Brönte, Doris Lessing y Toni Morrison.
«Hay una sensación del espíritu humano de que existe para siempre. Esto hace que nuestra propia muerte sea algo soportable. Vida + arte es una bulliciosa comunión/comunicación con los muertos. Es un combate de boxeo con el tiempo.» (Pág. 167)
Curiosidad. Ese fue el auténtico abono en el que Jeanette floreció. Sólo una persona curiosa podría titular su libro de memorias con una pregunta. Su espíritu inquieto e inconformista, rebelde, buscadora de grietas en ese entramado rígido que era la mente de su madre, la llevó a abrir la puerta prohibida: la de la literatura. A falta de orientación, ¿por dónde empezar a leer?, ¿por cuál libro?, ¿por qué estante de la biblioteca?, empezó por lo obvio, por la A. Afortunadamente en la A estaba Austen y así siguió avanzando por ese alfabeto; y a los dieciséis años huyó de su casa; y comenzó a estudiar en Oxford donde descubrió qué necesario era el feminismo para empezar a abrir grietas entre ese entramado sabelotodo formado por escritorEs, doctorEs, profesorEs, expertOs; y publicó su primer libro, «Fruta prohibida»; y logró un impresionante éxito; y se enamoró; y fue abandonada por su gran amor; y enloqueció; y de nuevo resurgió y....
«Pregunté a mi madre por qué no podíamos tener libros y me contestó: "El problema con un libro es que nunca sabes qué contiene hasta que es demasiado tarde"». (Pág. 42)
Abran un libro... Y, si quieren conocer más a Jeanette y, de paso, plantearse sus propias preguntas y buscar sus propias respuestas, lean «¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal?» Cuando he terminado de leerlo tengo claro que no quiero ser normal, lo que sea que signifique esa misteriosa palabra. Prefiero ser feliz. 


viernes, 3 de noviembre de 2017

Tres mujeres - Sylvia Plath



Título original: Three Women
Edición: Nordica (2ª edición, 2014)
Traducción: María Ramos
Páginas: 97
ISBN: 978-84-15717-61-4
Precio: 16,50 €
Calificación: Por supuesto, 10/10. 
«Cuando vi por primera vez la pequeña hemorragia roja,
no podía creerlo.
Miré a los hombres andar a mi alrededor en la oficina.
¡Eran tan pasivos!
Había algo en ellos, algo acartonado, y ahora lo comprendo,
ese plano, plano vacío de que provienen las ideas, destrucciones,
bulldozers, guillotinas, las habitaciones blancas llenas de gritos.
» (Pág. 17. Segunda voz).
Tres voces. Tres mujeres. Un escenario: un hospital. Tres voces que desgarran, que consuelan y que se desconsuelan. Sylvia explora en este poema oral, concebido para ser leído en voz alta, tres visiones distintas sobre la maternidad y lo hace alternando las distintas voces, dándole a cada una de ella unas notas distintivas tan características que es posible, abriendo el libro al azar, saber a qué voz corresponde cada poema. Las tres voces evolucionan a lo largo del poema: pasan de la ilusión a la preocupación, en el caso de la primera; del desconsuelo a la esperanza, en el de la segunda; del terror a la aceptación resignada, en el caso de la tercera. El contraste que se observa entre ellas, cómo ante situaciones similares reaccionan de una forma tan distinta, es uno de los grandes logros de esta obra poética que hoy ya puede considerarse un gran clásico del siglo XX, atemporal, emocionante.
«¿Puede la nada ser tan pródiga? Aquí está mi hijo.

Su ojo abierto es como los demás, azul plano. 

Se gira hacia mí como una brillante plantita ciega.

Un grito. El gancho del que cuelgo.
Y soy un río de leche. 
Una cálida colina.» (Pág. 63. Primera voz)

«Can nothingness be so prodigal?
Here is my son.
His wide eye is that general, flat blue.
He is turning to me like a little, blind, bright plant.
One cry. It is the hook I hang on.
And I am a river of milk.
I am a warm hill.
» 
La primera, la voz cálida de una esposa devota cuyo faro es convertirse en madre. Por fin lo consigue, y cuando conoce a su hijo se pregunta: «¿Quién es es este niño azul y furioso, / brillante y extraño, como caído de una estrella? / ¡Lo mira todo, lleno de cólera!» La sensación ambivalente que siente una madre cuando ve a su hijo por primera vez, ilusión y miedo, inseguridad y esperanzas, el dolor del parto, «no hay milagro más cruel que este», incredulidad ante el pasado, «¿qué hacían mis dedos antes de tenerle? / ¿qué hacía mi corazón con este amor?», y temor por el futuro, «que sea normal/ que me quiera como yo a él». Los versos de esta voz están repletos de luces luminosas, de amarillos y de marrones, de referencias al mar, de estrellas y de faisanes, de colores tierra y de estrellas. Es «lenta como el mundo». Es «muy paciente». Es fértil, sonríe y se sorprende ante el milagro de la vida
«Qué blancas son estas sábanas. Los rostros no tienen rasgos. 
Son lisos e imposibles, como los rostros de mis hijos, 
esos pequeños enfermos que eluden mis brazos.
Los demás niños tampoco me tocan: son terribles.» (Pág. 27. Segunda voz)

«How white these sheets are. The faces have no features.They are bald and impossible, like the faces of my children,Those little sick ones that elude my arms.Other children do not touch me: they are terrible.»
La segunda, es la voz más oscura, más activista, más políticamente comprometida, más anti belicista; denuncia la violencia de los gobiernos, las muertes. Es la más amarga pues quien nos habla es una secretaria que desea desesperadamente convertirse en madre pero la menstruación acecha mes a mes. Aquellos meses que logra retener la vida una nueva amenaza acecha: el aborto. Una estadística, un número. Ella se hunde y denuncia a los hombres planos que desean acabar con todo lo floreciente, lo curvo, lo que no es plano y está lleno de vida y se compara a sí misma con esos hombres despiadados porque ella también es una creadora de muerte, «yo también doy a luz a cadáveres». Los versos de esta voz están repletos del rojo de la sangre, del blanco de la muerte, de la frialdad de los ángeles, del acero de los cuchillos, de cristales, de hielo, de vidrios. Es capaz de teclear la máquina y procrear textos pero la naturaliza le impide procear una boca, un cara, una vida. Leerla es desgarrador: «no puedo contener mi vida».
«Ella es una islita, dormida y apacible,
y yo soy un barco blanco que resuena: Adiós, adiós.» (Pág. 71. Tercera voz) 

«She is a small island, asleep and peaceful,
And I am a white ship shooting: Godobye, goodbye
.» 
La tercera, la voz más fría de las tres. Una estudiante universitaria embarazada no quiere ser madre, no se siente preparada. Se arrepiente de no haber abortado, de no «haber acabado con esto que acaba conmigo». Las palomas, los cisnes y las serpientes la acompañan. Sus versos están llenos de contrastes que resaltan las dudas y las contradicciones que sufre esta mujer: el querer frente al deber, lo que se espera que sienta y lo que realmente siente. Ve a su hija llorar, al otro lado del cristal que les separa y no siente ganas de acunarla, como hace la primera voz cada vez que el niño grita, no es un río de leche sino que siente miedo, pánico, quiere huir de esos chillidos que arañan su sueño, entran su costado, le arrancan la vida. Hay oro pero también hay negro; hay estrellas y también azules; hay montañas y también escalpelos. Ya es tarde para dar marcha atrás en el tiempo pero no para seguir adelante, sentirse libre como la hierba aunque aun echa algo en falta, «¿qué me falta?». Da a su hija en adopción.
«Soy una de cada cinco, o algo así. Aún tengo esperanza.
Soy hermosa como una estadística. Aquí está mi lápiz de labios
». (Pág. 67. Segunda voz)  

«I am one in five, something like that. I am not hopeless.
I am beautiful as a statistic. Here is my lipstick.
» 
Sylvia con Frieda y Nicholas. 
¿Quién de las tres voces es Sylvia Plath? Las tres. Sylvia leyó este poema en la BBC el 19 de agosto de 1962, un año antes de su muerte, el 11 de febrero de 1963. El 1 de abril de 1960 nació su primera hija, Frieda, de su matrimonio con Ted Hughes. En 1961 sufrió un aborto espontáneo. El 17 de enero de 1962 nació su segundo hijo, Nicholas. Y en cierto modo todas las mujeres somos las tres. El miedo a quedarse embarazada cuando una no está preparada para ello. El temor a perder un bebé cuando has decidido se madre. Los sentimientos ambivalentes que invaden a las madres cuando vemos por primera vez a nuestros hijos, esos grandes desconocidos. Sylvia es las tres voces. Sylvia soy yo. Yo soy las tres voces. Todas somos Sylvia. Pocas obras de la literatura universal han logrado abordar el tema de la maternidad y de la no maternidad con la honestidad, el dolor y la sensibilidad con la que Plath lo hizo. Una obra perfecta para madres y para no madres, para quienes serlo y para quienes no e, incluso, para aquellas personas a las que la poesía se le resiste, como es mi caso. Eso sí, si me permiten un consejo, léanlo en una edición original o al menos bilingüe. Por muy buena que sea la traducción es imposible que ésta capte la cuidosa sonoridad de los adjetivos y de cada una de las palabras que ha seleccionado Sylvia, palabras que golpean y que acarician, que acunan y huyen, que odian y aman y siguen adelante, adelante, adelante...

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