lunes, 31 de julio de 2017

Apegos feroces - Vivian Gornick


Título original:  Fierce Attachments: A Memoir.
Traducción: Daniel Ramos Sánchez.
Edición: Editorial Sexto Piso (1ª edición. 2017). 
Páginas: 195
ISBN: 978-84-16677-39-9
Precio: 19,90€
Calificación: 10/10

Lo que más me ha gustado: Su honestidad. Vivian Gornick despoja su narrativa de todo adorno innecesario para, al más puro estilo Natalia Ginzburg (#miNaty, por quien la autora ha manifestado su admiración) construir una escritura compacta y redonda donde no sobra ni una coma ni falta un punto, lo cual le permite centrarse en lo realmente importante: su ambivalente relación con su madre. Se podría decir que Apegos Feroces es el negativo de Querido Miguel. Mientras que en esta novela, Vivian Gornick cuenta la versión de la hija, en Querido Miguel, Natalia Ginzburg desarrolla la de la madre. 

Lo que menos me ha gustado: Las novelas autobiográficas, como señala Rosa Montero en «La ridícula idea de no volver a verte» conllevan un riesgo evidente a la hora de delimitar qué contar y qué callar a fin de no herir a terceros ni perder la integridad uno mismo. Vivian Gornick maneja con deleite estos dilemas, si bien me ha faltado un poco más de desarrollo de algunas pinceladas que esboza.
«(...) es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: "Ésta es mi hija. Me odia". Y a continuación se dirige a mí e implora: "¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?". Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.» (Pág. 18)
El vínculo con la madre... ¿qué se puede decir de esa relación que nos marca de por vida? Una relación determinada por el azar y que, como dice Gornick, es un ejemplo perfecto de «la naturaleza circunstancial de la mayoría de los apegos». No elegimos a nuestros padres. Tampoco elegimos a nuestros hijos. La cocktelera genética hace de las suyas tirando sus dados para que ¡voilá! allá aparezcamos en brazos de una mujer con la que conviviremos, si todo va bien, durante muchísimos años. Hablar de apegos maternos es casi imposible si no hacemos referencia a nuestra propia figura materna y eso es lo que hace Vivian Gornick en este libro publicado en 1987: desgranar con pasión, rabia, admiración y amor profundo su vínculo con una madre que a veces nos desata la admiración y otras veces nos desencadena la ira. Y es que, sin duda, no hay relación más llena de sentimientos ambivalentes y altibajos que la de una madre y una hija. El poder que tienen las madres es tal que determinan la forma en la que caminamos, respiramos y miramos cuanto nos rodea. Como si de una veneración religiosa se tratase, una palabra suya basta para sanarnos... o para herirnos. De esos momentos imprescindibles de apego pero también de los momentos de desapego «nace el relato que contamos de nuestras vidas»
«—La infelicidad está tan viva hoy en día.
Sus palabras me sobresaltan y me satisfacen Siento placer cuando dice algo cierto o inteligente. Llego casi a quererla.
—Ése es el primer paso, mamá —digo con suavidad—. La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa.» (Pág. 41)
Vivian Gornick.
Eso mismo le sucede a Vivian Gornick con su madre, una mujer «judía y comunista» de fuerte carácter que esconde su sensibilidad detrás de la consabida cortina de dureza que, en ocasiones, desenmascara una cortante crueldad. Vivian Gornick nace el Bronx en 1935, y su infancia transcurre en un barrio judío de viviendas pequeñas y edificios en los que se vive de puertas para fuera ya que la intimidad allí es un imposible. Los olores, los gritos, los jadeos y las risas traspasan muros y cerraduras convirtiendo a los demás vecinos en testigos involuntarios de las propias vidas. En ese ambiente ruidoso la pequeña Vivían aprende pronto a reconocer los matices en las voces de esas mujeres que entran y salen de su casa con toda familiaridad para quejarse, tomar un té, pedir sal, enseñar un ojo morado, cotillear sobre las vidas de las demás, desplegar la sororidad en la comunidad. El enorme cinismo y la inteligencia aguda de su madre ejercen de banda sonora de un conocimiento de los entresijos de la vida que muchas veces se produce antes de tiempo, antes de que el cerebro del niño sea capaz de procesar con toda su complejidad cuanto está ocurriendo a su alrededor. Esa banda sonora se va alternando con la de Nettie, una joven vecina viuda y madre de un hijo, que comienza a ejercer la prostitución y tiene un único objetivo: seducir a los hombres al estilo mantis religiosa.
«Nettie, como pronto se comprobó, no tenía dotes de madre. Muchas mujeres carecen de ellas. Reproducen los gestos y ademanes que recuerdan de las mujeres en las que han sido entrenadas para convertirse y esperan que todo salga bien.» (Pág. 55)
Así, dos mujeres, una madre que construye su identidad entorno al matrimonio y al amor idealizado y una joven vecina que la construye a través del amor erótico y del desprecio hacia los hombres, son las encargadas de introducir a Gornick en el complejo mundo de las emociones, el sexo y el amor, algo que la marcará de por vida junto con la muerte temprana de su padre. El padre, eje en torno al cual giraba la madre con su idealización sobre exaltada del amor y de su importancia en la vida de una mujer, coloca al pequeño núcleo familiar en una oscuridad de la que solo el hermano mayor logra salir. Pero Gornick, aun adolescente, se ve obligada a convivir bajo esa sombra que el duelo por la muerte del padre ha convertido a la madre en un ser fantasmal de una presencia asfixiante. Gornick no tiene opción de manifestar su propio dolor por su orfandad paterna; no puede llorarle ni echarle de menos porque no hay ni un solo rincón donde poder expulsar su desconsuelo. Todo, cada cajón, cada escondite detrás de una cortina o debajo de una mesa, cada muesca en la pintura de la pared, está ocupado por el inmenso, enorme, exagerado dolor de la madre. La compasión que ella siente es única y exclusivamente dirigida hacia sí misma. El vínculo que une a Gornick con ella, que ya había sido complejo, se convierte a partir de ese momento en un «Apego feroz». La madre comienza entonces a crear su identidad alrededor de una única idea romántica: sufrir en su papel de viuda. Y en esa nueva identidad creada se enfada con Nettie y obliga a su hija a elegir entre ambas. Gornick la odia pero no puede separarse de ella; la ama pero ese amor duele y apesta; la admira pero nada más lejos de su deseo que parecerse a ella. 
«La había embargado un sentimiento de pérdida tan primigenio que había acaparado toda la pena. La pena de todos. La de la esposa, la de la madre y la de la hija. La pena la había llenado y la había vaciado. Se había convertido en un recipiente, en un conducto, en una manifestación.» (Pág. 68) 
Emil Nolde. Garden (artista que se menciona en el libro)
Gornick contrae matrimonio con veintitrés años tras acabar la universidad y pronto descubre que ella no siente esa veneración por el amor y por el hombre que se ha casado como el que su madre sí sentía por su padre y por el amor en general. «¿De qué sirve todo lo que me has enseñado, madre?» parece preguntarse Gornick en esa etapa de su vida. Desorientada, sin referencias a las que aferrarse, debe ir construyendo a deshoras, poco a poco y por sí misma, su propia identidad. Su trabajo como divulgadora del feminismo la ayudará a ello. 
«—¿Por qué no te vas ya? ¿Por qué no te partas de mi vida? No voy a detenerte.
Veo la luz, oigo la calle. la mitad de mí está dentro; la otra mitad, fuera.
—Ya sé que no, mamá.» (Pág. 195)
Con el paso de los años la relación entre ambas se calma. Gornick, aun manteniendo su vínculo con su madre, consigue ir reafirmándose como mujer, como profesional, como persona. Esa distancia con la que puede observar el pasado le permite salir a pasear todos los días con su madre. Y es a través de esos paseos por Nueva York, mientras contemplan escaparates, observan suelos desnivelados, sienten el desvelo de los atardeceres, cuando ambas consiguen encontrar un lugar en común en el que poder sentarse a descansar, observarse con unos ojos que transcienden de lo personal, de la ira acumulada, de los reproches. Por primera vez en su vida ambas se molestan en conocerse, comprenderse, y sobre todo, aceptarse. Recordando historias pasadas de vecinas del bloque de edificios (la señora Kornfeld, los Roseman, la señora Singer...) en el que convivieron van tejiendo una red mutua donde el odio deja pasar a la comprensión, la rabia, a la empatía y los reproches al reconocimiento mutuo. Gornick descubre que, por más que lo haya negado, tiene más en común con su madre de lo que pensaba. Sus raíces se hunden en sus brazos, sus pensamientos en sus palabras, sus recuerdos se enredan de forma indisoluble a los de ella. Nunca es tarde para convertir esos apegos feroces en apegos dulces pues, no en vano, la historia de nuestras madres es también una parte de nuestra historia. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Cómo dejar de escribir - Esther García Llovet






Edición: Anagrama. (1ª edición, enero 2017)
Páginas: 128
ISBN: 978-84-339-9827-9
Precio: 15,90 €
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: el libro se lee como si estuvieses viendo una película (no en vano, la autora estudió Dirección de Cine y ha trabajado como guionista de documentales), con localizaciones constantes (la calle López de Hoyos, el barrio de Arturo Soria, la Puerta del Sol...) que permite que con pocas palabras la autora nos cree imágenes completas.

Lo que menos me ha gustado: el tono narrativo a veces es demasiado ligero, volátil, y al alejarse de la narración clásica con una trama definida y desarrollada linealmente hay que estar muy pendiente para distinguir lo onírico de lo real, lo que ha pasado y cuándo ha pasado.
«—Siempre encerrado, no sales nunca. ¿Qué es lo que escondes en esa casa?
En esa casa escondo la promesa de un pasado (Pág. 93)

Tres horas ha durado el libro entre mis ojos y mis manos. Comencé a leerlo y desde ese mismo momento supe que no podría dejarlo hasta que no hubiese llegado a la última página. Lo recibí como regalo de Reyes retrasado el mismo día que se publicó, el 11 de enero, y lo primero que hice al ver el nombre de la autora fue investigar en internet sobre ella dado que me era completamente desconocida. ¿Esther García Llovet? No me sonaba de nada, ni siquiera de haberla visto en las librerías que tanto frecuento (seguramente estaba allí, a la vista, con alguna de sus obras anteriores, pero nunca quedó grabada en mi memoria) y no tardé en encontrar elogios sobre ella: «Se lee a velocidad de vértigo» ( Elvira Navarro sobre Submáquina, entrada en su blog del 11 de agosto de 2011); «Nos da igual lo que García Llovet nos cuente, porque siempre lo hace con una forma de mirar e interpretar la realidad que no se parece a la de nadie.» (Emilio Ruiz Mateo sobre Mamut, entrada en su blog del 25 de julio de 2014); «autora de culto» (Sara Mesa, en la contraportada de este libro que estamos comentando).
«Que yo nunca supiera por qué mi padre me mandó a estudiar a Ginebra cuando tenía diez años y prácticamente no volviera a verlo en mi vida es algo que me preocupa menos que el hecho de que nunca me importó gran cosa.» (Pág. 30)

El argumento es sencillo de contar si bien lo que diferencia a García Llovet de otros autores es que en este caso el "de qué va el libro" no es lo importante, es más, ni siquiera es importante pues sirve únicamente de excusa para dar a conocer lo que realmente importa a su autora: los personajes, el devenir del tiempo, la pusilanimidad, el ir sin rumbo por la vida. Aún así diré en pocas líneas que Cómo dejar de escribir trata de Rulfo, el hijo de Ronaldo, un afamadísimo escrito chileno que fallece en un accidente de avión. Tras su muerte, Rulfo regresa a la casa madrileña del padre a quien apenas conoce porque con diez años le envió a estudiar a un internado de Ginebra y con el paso de los años sólo se lo ha encontrado en contadas ocasiones. En esta casa, acompañado de Curto, amigo ex convicto del padre, se dedicará a la búsqueda de un manuscrito perdido de su padre y paralelamente del viejo coche del mismo que fue robado, un Seat 1.500. Ante este argumento podríamos imaginar todo un entramado de carreras, armarios saqueados, secretos que reaparecen entre papeles perdidos en la buhardilla, entrevistas con amigos y conocidos, habitaciones revueltas, todo en aras de encontrar el dichoso manuscrito y el misterioso coche. Pero nada más lejos de la realidad.
«El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte». (Pág. 43. Frase dicha por Roberto Bolaño en una entrevista para la revista Playboy, julio de 2003, México y que Esther usa para dar título a la segunda parte del libro).

Despiadada. Así es Esther con sus personajes en este libro, porque si sus personajes se hubiesen dedicado a realizar tal búsqueda se habrían encontrado ocupados, entretenidos, ilusionados por tener un proyecto, un fin en su vida. Y entonces habría sido un libro de aventuras, o una road movie literaria, o una novela negra, pero entonces no la habría escrito Esther García Llovet. La autora tiene estudios en Psicología Clínica lo que le permite profundizar en las esquizofrenias de sus personajes, en sus paranoias, sus pasividades. Una escritura despiadada, desquiciada, desesperanzada que coloca a los personajes como robots, dejándose llevar por el tiempo, por la tristeza, el rencor y la inacción. Zombies que hablan unos con otros mediante diálogos de cuatro frases, sentencias cortas pero llenas de contenido. Esther dice que empezó a escribir por el impacto que le causó Roberto Bolaño (escritor chileno, como el padre de Rulfo, Ronaldo ¿es Ronaldo un alter ego de Bolaño?) y, sin duda, la influencia de este autor se nota en su narrativa. El maestro (adorado por unos, defenestrado por otros), estaría orgulloso de esta alumna que lejos de imitarle crea un estilo propio.
«La farola del jardín tililaba como la llama de una vela, la llama rojiza de cumpleaños de muerto (Pág. 29)
Cada frase de Esther es una bofetada (una "hostia", creo que diría ella, sin tapujos) en toda la boca. Con la nariz sangrando sigues leyendo esperando reencontrarte con esos protagonistas de nombres tan feos, con vidas feas, que viven a la sombra del gran Ronaldo (por cierto, nombre que coincide con el del otro ídolo del fútbol, ese deporte del que tanto hablan y tanto gusta algunos de los personajes que desifilan por aquí). Seguir la trama de la novela ciñiéndonos a su argumento es complicado. Al igual que en la obras de Bolaño hay saltos en el tiempo, elipsis, personajes que aparecen de la nada y que sñolo páginas después vas entendiendo, o mejor dicho, intuyendo, qué hacen aquí.
«Cogió el primer folio del montón, un montón de unas doscientas páginas. Lo levantó, estaba escrito hasta la mitad. 
El segundo folio estaba en blanco.
El tercer folio estaba en blanco.
El cuarto folio estaba en blanco.
Como los otros doscientos.» (Pág. 98)

El personaje de Renfo me ha recordado, salvando las distancias, a la protagonista de Cicatriz de Sara Mesa. Ambos tienen en común una sensación de abandono respecto a su familia (mucho más acusada en el caso de Renfo quien ha vivido sin su padre y sin su madre -de la que sólo sabemos que era alcohólica-) y un caminar por la vida sin rumbo esperando que otros decidan por ellos, que una luz les ilumine, que pase algo que les haga hacer algo. Renfo tiene que buscar un manuscrito que nunca busca, no del todo; un coche que tampoco busca; un padre con el que sólo habla cuando sueña reproduciendo conversaciones que nunca tuvieron; tiene que escribir un libro sobre su padre que nunca escribe; y tiene veintitrés años así que tiene que vivir, pero tampoco vive. Todo el día encerrado en casa, sólo deambula y sale a correr por la M30, por Alfonso XIII, por Corazón de María, por ese Madrid lleno de chalets que resulta tan superficial y tan frío como el propio Renfo. Y entre carrera y carrera, fuma Kool mentolado, charla con VIPS, la antítesis de Renfo (quien no deja de ser un niño bien con una buena posición económica heredara de su padre), un desempleado de larga duración que sobrevive también como puede y observa desde la distancia a Claudia, una pija de la que se ha enamorado.
«(...) quizás lo que sonaba era ese zumbido de aburrimiento puro y duro de la gente de mucho dinero, la falta de ambición, no tener que tenerla.» (Pág. 73)

A lo largo del relato Esther hace referencia a Bouvard y Pécuchet, los personajes de la obra homónima inacabada de Gustave Flaubert y los relaciona con el deseo de Renfo de tener a un Pécuchet en su vida, un amigo, alguien que no le abandone y con el que poder emprender todo tipo de acciones juntos, incluso las más descabelladas. Curto podría ser ese Pécuchet, de hecho lo es, incluso cuando se vean obligados a separarse. 
«Después de la muerte viene el olvido.» (Pág. 123)

La prosa de Esther nos hace tomar conciencia de nuestras carencias como lectores. Acostumbrados a que muchas voces narrativas decidan por nosotros y nos den la comida comprada, cocinada y masticada, con Esther es un "tú te lo guisas, tú te lo comes". Debemos estar pendientes de cada línea, de esos dobles sentidos, de esas frases aparentemente pronunciadas al viento y que contienen una vida, y rellenar con nuestra imaginación e intuición propias los huecos como valles que Esther nos deja.
«—La desesperación es corta. La pena, larga.» (Pág. 34)
En ella nada es superficial. Todo es importante. Y cuando digo "todo" es "todo" porque a pesar del nihilismo que destinan en ocasiones los personajes, en quienes recae todo el peso, Esther nos manda un mensaje, una "hostia" tras otra.

Un apunte biográfico. Esther García Llovet 


 Esther García Llovet nace en Málaga el 23 de noviembre de 1963 y en 1970 se muda a Madrid, donde se licencia en Psicología Clínica y realiza estudios de Dirección de Cine. Comienza a escribir en el 2000 por la profunda impresión que le produjo la lectura de Roberto Bolaño. Así, en un artículo publicado en Culturamas Esther define Nocturno de Chile (novela de Bolaño publicada en 1999) como la novela de su vida y dice: «En el año 2000 yo acababa de volver de Santiago de Chile a donde había ido detrás de un chileno que con treinta y tantos años seguía viviendo con su mamá, en casa de su mamá, con fotos suyas (de él) en todas las habitaciones. Estoy en Madrid entonces, en una librería de estas de franquicia donde compro lo de siempre; autores centroeuropeos, polaquitos suicidas, etc. Y veo: “Nocturno de Chile”. Autor: Roberto Bolaño. Esa misma noche lo empiezo y lo acabo. Lo empiezo. Lo acabo. A la mañana siguiente me siento a escribir el primer relato de mi vida.» Leyó tanto a Bolaño que en una entrevista del 2014 para Lecturas sumergidas dijo: «De él lo leí absolutamente todo. Me quedé tan saturada que ahora no me comería ni una tapa.»

Ha escrito reportajes en publicaciones periódicas como el suplemento El Viajero de El País, Qué Leer y El Asombrario
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lunes, 24 de julio de 2017

En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart


Título original: By Grand Central Station I Sat Down and Wept.
Edición: Periférica (Diciembre 2009)
Traducción: Laura Freixas
Páginas: 155
ISBN: 978-94-92865-00-0
Precio: 17,50€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: Se percibe, por la gran sensibilidad de Elizabeth, que gran parte de la novela ya estaba escrita antes de que conociese a Barker pues su búsqueda del amor, su intensidad emocional y sexual, su espejismo poético, sus instintos puros, son emociones galvanizadas que la movieron a sentir algo extraordinario.

Lo que menos me ha gustado: Esa visión del amor como un todo que aísla a la amante del mundo (la Segunda Guerra Mundial, cuyo eco resuena en la novela, queda relegada a un segundo plano por esa pasión que desborda), que le da vida y se la quita (y que me recuerda en ocasiones a Sylvia Plath) y que otorga identidad y único sentido. No es un amor, el de Smart en esta novela, que complemente, sino un amor obsesivo, sumiso, que anula y que absorbe. De hecho, cuando Angela Carter lo reseñó para The Guardian confesó que no deseaba que ninguna hija suya se encontrase en la situación de llegar a escribir un libro como este, por muy exquisita que fuese la prosa que se encontrase en ella.
«Nunca antes había yo estado enamorada de la muerte, ni agradecida a las rocas por prometerme una muerte segura. (...) Pues no hay belleza en negar el amor, excepto quizá a través de la muerte, y hacia el amor ¿existe algún camino?» (Pág. 24)
Abro el libro al azar y me encuentro frases como estas: «Nuestro beso fue un torrente que hizo un canal alrededor del mundo: de él paró el amor, igual que un refugiado en el último barco» (Pág. 35); «Estoy ciega, mas fue la sangre, no el amor, lo que cegó mis ojos.» (Pág. 33); «El día engaña, pero de noche, nadie está a salvo de alucinaciones» (Pág. 14). Da igual qué página se abra, como una dama de noche, en todas y cada una de ellas encontramos una cita llena de belleza, a veces inundada por el amor, a veces desbordada por el tormento. La escritura de Elisabeth Smart, quien escribió este libro cuando se encontraba embarazada de su primera hija, Georgina, vomita todas las emociones que ella comenzó a sentir al conocer a George Barker, un amor que desplazó a un lado a los millones de habitantes de la tierra y convirtió nuestro planeta en un espacio aislado en el que solo existían ella, George... y la mujer de George.
«¿Cómo puedo hablarle? ¿Cómo reconfortarla? ¿Acaso puedo justificarme ante ella, más de lo que me justifico ante las flores que aplasto con el pie cuando camino por el campo? Y él, solícito, se inclina sobre ella.» (Pág. 22)
Elizabeth Smart
Pero para entender mejor esta obra lírica, puesto que no se trata de una narración al uso con descripciones y explicaciones sino, como decía antes, un vómito de emociones, es necesario conocer antes un poco de la vida de esta mujer que ha pasado a la historia de la literatura por este libro que Angela Carter definió como la historia de una «Madame Bovary fulminada por un rayo». Elisabeth Smart nace en 1913 en el seno de una familia acomodada de Ottawa (Canadá). Ya desde pequeña muestra una sensibilidad notable por cuanto le rodea, quizás motivada por el carácter frío y estricto de un padre abogado y la absorbente relación con su madre, una mujer de "Apegos feroces" (que diría Vivían Gornick) que la rodeaba con unos brazos exultantes que ella misma califica de ¨garras». En 1937 comienza a trabajar como secretaria de Margaret Watt, Presidenta de Associated Country Women of the World y con ella viaja por distintos países. En Londres, al entrar en la librería Better Books en Charing Cross Rd., descubre un libro del poeta inglés George Barker y es ahí cuando se enamora no sólo de su obra sino del hombre que la escribe. 
«Bajo la cascada me sorprendió bañándome y me dio algo que no pude rehusar, como no puede la tierra rechazar la lluvia. Luego me besó y se fue a su cabaña.» (Pág. 22)
A través del escritor británico Lawrence Durrell comienza a mantener una relación epistolar con Barker y en 1940 accede a pagar el billete de avión para él y su mujer, Jennifer, a fin de que ante la amenaza de la Segunda Guerra Mundial logren salir de Japón (donde él trabajaba como profesor) con destino a California. Es aquí, en este punto, en esta espera de Elisabeth en la estación de tren, donde comienza esta novela:
«Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo.» (Primeras líneas. Pág. 11)
George Barker
La atracción entre ellos es inmediata y pocos días después comienzan una relación intermitente y tormentosa que durará dieciocho años. La presencia de la mujer, de quien Barker se negará a divorciarse alegando que sus creencias católicas se lo impiden, rodea a Elizabeth de remordimientos. Cuanto más placer siente por esa relación apasionada, mayor es el dolor que le asola imaginando el sufrimiento de Jennifer. Pero ese dolor se verá agravado por un motivo que a ella le toca personalmente: el rechazo social a su relación. En la frontera de Arizona los dos amantes son detenidos por su relación pecaminosa. Esa detención refleja claramente el doble rasero moralizante: mientras que él, el adúltero, es dejado en libertad, ya que todos los americanos son castos «por ley», ella, la mujer que se aparta del buen camino, la que provoca, la que rompe matrimonios, es tratada como una delincuente y devuelta a Canadá. Esa doble moral que Elisabeth sufrirá como la espada de Democles durante toda la relación, se convierte en algo tangible en boca de esos policías, de esos hombres y de esas mujeres, que la juzgan, criminalizan y humillan. 
«Se me acusa de silencio y de amor.

La matrona dice: Deme esa pulsera, no están permitidas las joyas. (El amado mío...) Démela inmediatamente. Y el anillo. (El amado mío...) Y el bolso. ¿Todo este maquillaje lleva aquí dentro? ¡Pero qué barbaridad! ¡Barra de labios! ¡Perfume! No me extraña que esté donde está. (Aliviadme con flores y con manzanas, dadme algún contento). » (Pág. 53)
Grand Central Station (New York)
De ahí que las referencias bíblicas a lo largo del libro sean constantes, así como ha personajes de las tragedias griegas y latinas clásicas, o a personajes melodramáticos de Shakespeare. Elizabeth ha roto la voluntad divina, se ha apartado del buen camino que una mujer decente ha de seguir, ha desobedecido los imperativos sociales, y lo que es "aun peor", no esconde su amor. Embarazada de Georgina, su primera hija, regresa a EEUU tras un enfrentamiento con sus padres, y en Nueva York, en Grand Central Station, con veintitrés años, se sienta a llorar al regresar de uno de sus encuentros furtivos con Barker. 
«Dicen: A medida que nos hacemos mayores aceptamos la resignación.
Pero cómo entran en ella: tambaleándose, humillados, ciegos. Y para ese pecado, el pecado de bajar la cabeza ante la resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención.» (Pág. 127)
De esa relación con altibajos nacerían cuatro hijos de los quince que Barker tuvo a lo largo de su vida con cuatro mujeres. A ninguna de ellas las dejó expresamente, pues tal y como relatan sus hijos, él se limitaba a irse y luego a regresar cuando mejor le convenía, confiando siempre que ellas estarían esperándole. En la entrada de su diario del 3 de febrero de 1976, Elizabeth escribiría: «Love. Children. Earning a living. Friends. Drinking. Pushed too far, to do too much. Silent years». Elizabeth fue silenciada por la tarea de sacar adelante ella sola a sus cuatro hijos y no fue hasta que estos crecieron y ella tuvo su dinero propio (Virginia Woolf, como siempre, demostró tener razón con su cuarto propio y sus quinientas libras al año) cuando retomó su voz para escribir. En 1980 la sombra de Elizabeth eclipsaba a la de Barker y, al coincidir ambos en una conferencia literaria, éste llegó a decir de esta novela que era un folletín propio de una revista femenina y que él no era ese hombre al que ella se refería. Los celos profesionales de Barker no han impedido que a día de hoy Elizabeth haya conseguido que su obra perdure y emocione más que nunca. 

viernes, 14 de julio de 2017

Natalia Ginzburg - Una biografía


Natalia Levi tuvo una vida intensa marcada por el fascismo de Mussolini y la Segunda Guerra Mundial. Nace en Palermo el 14 de Julio de 1916, en el seno de una familia de clase media, atea y fuertem,ente comprometida política y socialmente con las ideas antifascistas. Su padre, Giuseppe Levi, judío triestino, es profesor universitario de anatomía comparada. Su madre, Lidia Tanzi, milanesa, es hija de Carlo Tanzi, abogado socialista amigo de Turati (uno de los fundadores del partido socialista italiano en 1892). Con tres años, en 1919, la familia se traslada a Turín a donde su padre fue trasladado. Pasó allí gran parte de su infancia y juventud, matriculándose en el instituto Vittorio Alffieri en 1927 y recibiendo una educación laica. No fue, sin embargo, una buena estudiante ya que centraba su talento y su esfuerzo en escribir poesía.

Es la menor de cinco hermanos: Gino (1901, quién se convertiría en consultor industrial), Paola (1902, quien se casará con el empresario Adriano Olivetti), Mario (1905, trabajador en la Unesco) y Alberto (1909, médico). Su infancia la definiría como feliz pero solitaria. Su madre estaba mas unida a su hermana Paola que a ella porque Natalia no le “daba cordel” mientras que Paola sí. Era una niña callada, muy observadora, que se sentía frustrada porque de su casa entraba y salía constantemente gente, gente que hablaba, discutía, contaba historias, mientras que a ella sus hermanos la interrumpían constantemente por ser la pequeña. 

Leone Ginzburg (2), activista intelectual y político antifascista, entra en el círculo de Natalia al compartir con los hermanos y el padre de ésta la lucha contra el régimen de Mussolini. El 11 de marzo de 1934 se inicia el “Caso Ponte Tresa” al ser detenido en este lugar, frontera entre Italia y Suiza, su hermano Mario Levi, por posesión de propaganda y literatura antifascista, que pretendía introducir en Italia. Sin embargo, Mario logra huir en una escena casi de película: sale corriendo de sus captores y tirándose al río lo atraviesa hasta llegar a la orilla suiza, donde se refugia. Como consecuencia de este hecho son detenidas en Turín un grupo de personas relacionadas con Mario, entre ellos, su hermano Alberto, su padre Giuseppe y el propio Leone Ginzburg.  

Durante el tiempo que estuvo encarcelado Leone en la cárcel de Civitavecchia (Roma), él y Natalia comienzan a escribirse cartas. Leone sale en libertad al ser su pena descontada en dos años por una amnistía y regresa a Turín.

El 12 de febrero de 1938 contraen matrimonio y Natalia comienza a relacionarse con los intelectuales antifascistas turineses (Italo Calvino, Cesare Pavese...) y a colaborar en la editorial Einaudi fundada por su marido junto a Giulio Einaudi, empezando a traducir En busca del tiempo perdido de Proust. Como consecuencia de la ley racial promulgada por el gobierno de Mussolini, Leone pierde su nacionalidad italiana y en 1940 es condenado al confinamiento en Pizzoli, (pequeño pueblo de la provincia del Águila, situado en la zona de Los Abruzos en el sudeste de Italia) al ser considerado como “persona peligrosa para la seguridad del Estado”.

El matrimonio tiene tres hijos:
1. Carlo Ginzburg, nacido en Turín el 15 de abril de 1939. (3)
2. Andrea Ginzburg, nacido en Turín el 9 de abril de 1940. (4)
3. Alessandra Ginzburg, nacida en Pizzoli, durante el confinamiento, el 20 de abril de 1943. (5)
Entre septiembre y noviembre de 1941 Natalia escribe su primera novela, La strada che va in cittá (El camino que va a la ciudad, Bassarai, 1997, actualmente descatalogada) que publica en la editorial Einaudi en 1942 con el pseudónimo de Alessandra Tornimparte y que reeditará en 1945 con su firma definitiva, Natalia Ginzburg. Natalia tuvo que recurrir al uso del pseudónimo porque al ser judía por la rama paterna se le aplicaba la prohibición existente durante el fascismo de que los judíos pudiesen publicar cualquier tipo de obra literaria, científica o artística. La elección de este pseudónimo viene de Sassa Tornimparte, una región cercana a Pizzoli. El nombre de Alessandra se lo pondrá después a su tercera hija.
 
El 25 de Julio de 1943 cae el régimen de Mussolini tras la invasión de Sicilia por los aliados y el 5 de agosto Leone regresa a Roma creyendo que el país sería en breve liberado por los aliados. Natalia permanece en Los Abruzos con sus tres hijos pero tras la ocupación por los militares nazis alemanes de Italia decide reencontrarse con Leone en Roma. Para conseguirlo cuenta con la ayuda de la propietaria del único hotel de Pizzoli, de la que Natalia dirá posteriormente que era una de las mejores personas que ha conocido en su vida. Esta mujer logró engañar a los nazis diciéndoles que Natalia y sus hijos eran refugiados fascistas que habían perdido su documentación. De esta manera, Natalia consigue montar con sus hijos en un camión alemán que se dirigía a Roma y así reunirse allí toda la familia el día 1 de noviembre de 1943. Sin embargo, la felicidad por el reencuentro dura poco. Veinte días después, el 20 de noviembre, su marido Leone es detenido en la imprenta clandestina de la vía Basento, de donde salía la publicación antifascista “L´Italia libera”. Llevado a la prisión Regina Coeli de Roma, es identificado como judío y transferido al sector alemán. Torturado por la GESTAPO, fallece la noche del 4 al 5 de febrero de 1944. Tras su arresto ni Natalia ni sus hijos pudieron verlo de nuevo.

Fallecido Leone, Natalia envía a sus hijos a la Toscana, donde sus padres se habían refugiado, y ella permanece en Roma, escondiéndose en el convento de las ursulinas en la vía Nomentana. Posteriormente se refugia en Florencia en la casa de su tía materna Drusilla. Le ayuda en la fuga su cuñado Adriano Olivetti. En octubre de 1944 regresa a Roma, sola, y se va a vivir con su amiga Angela Zucconi. Natalia se sume en una profunda depresión, en un período sumamente oscuro en el que fantasea incluso con el suicidio. "No estaba segura de sí quería dormir durante mucho tiempoo morir", llegó a escribir en esa época. Recuerda su estancia en Pizzoli en el relato “Invierno en los Abruzos” (Inverno en Abruzzo) y escribe en homenaje a su marido uno de sus escasos poemas: “Memoria” publicado en la revista Mercurio y donde por primera vez firma con su nombre real. Por ese motivo, convencida por Angela, comenzó una terapia, que interrumpió al poco tiempo de empezar, con el prestigio psicoanalista Ernst Bernhard.

Comienza a colaborar con la sucursal romana de la editorial Einaudi, situada en la vía Claudio Monteverdi 18, y que dirige Carlo Muscetta, íntimo amigo de Leone y uno de los últimos que le vio vivo en Regina Coeli. Ginzburg está preocupada por considerar que no posee competencias específicas en el ámbito editorial, que no conoce ningún idioma extranjero, salvo el francés y que no sabe escribir a máquina. En otoño de 1945, cuando se siente segura, se reúne con sus hijos y sus padres en Turín, conviviendo con ellos desde ese momento en su casa de la vía Morgari. En medio de ese desconsuelo publica en 1947 É stato cosi (Y eso fue lo que pasó. Acantilado, 2016), un libro oscuro y duro en el que el dolor por la tortuosa muerte de Leone impregna toda la obra. Lo dedica “a Leone”.

Junto con Pavese, Balbo y Mila trabajará en la sucursal de Einaudi en Turín. Uno de los descubrimientos de Natalia será la prestigiosa escritora, considerada una de las voces de la literatura italiana del s.XX, Elsa Morante. La editorial Lumen en su edición de la que se considera su gran obra, Mentira y Sortilegio (1ª edición: junio 2012), incluye un prólogo escrito por la propia Natalia Ginzburg en diciembre de 1985 (6)

En 1947, convencida por Balbo, se afilia al Partido Comunista Italiano. Lo abandonará en 1952 de forma silenciosa, desencantada con la deriva que el comunismo está adoptando.

En 1948, durante el verano y el otoño, mantiene una relación clandestina con Salvatore Quasimodo, poeta y periodista (que recibiría el Premio Nobel en 1958) con quien coincide en Polonia en el Congreso Mundial de Intelectuales por La Paz y que en ese momento ya estaba comprometido con Maria Cumani, con quien contraería matrimonio.

En 1949, durante el Congreso del Pen club (asociación mundial de escritores, fundada en Londres en 1921 para promover la amistad y cooperación internacional entre escritores fundada por Catherine Amy Dawson Scott, de pseudónimo Sappho) que se celebra ese año en Venecia, se reencuentra con Gabriele Baldini (7), ensayista italiano especializado en literatura inglesa y al que había conocido de forma fugaz cuatro años atrás. El 5 de diciembre de 1949 anuncia a su gran amiga Ludovica Nagel (traductora y secretaria de Einaudi): "Mi sposo con un uomo che si chiama Gabriele Baldini". Gabriele tiene treinta años, pelo castaño y barba y devuelve a Natalia la alegría de vivir gracias a su exuberancia abrumadora, su cultura sin fin, su humor, su pasión por el cine y su ternura con sus hijos. Contraen matrimonio en abril de 1950. El 27 de agosto de ese mismo año sucede algo que marca a Natalia para toda su vida, dejándola conmocionada: su gran amigo, Cesare Pavese, se suicida. 

Baldini reside en Trieste, en cuya Universidad imparte clases, mientras que Natalia permanece en Turín con sus padres y sus hijos. En febrero de 1951 publica Valentino, el último relato que escribe en Turín. En 1952 Baldini es llamado a dar clases en la Universidad de Magisterio de Roma y allí se traslada Natalia con toda su familia, estableciéndose en la vía Fucino 4. Entre febrero y agosto de 1952 escribe Tutti i mostró ieri (Todos nuestros ayeres, Lumen 2016).

El matrimonio tiene dos hijos: Susanna (4 de septiembre de 1954 - 15 de julio de 2002. La pequeña sufrió al nacer una grave malformación. Una intervención quirúrgica realizada en Dinamarca consiguió garantizar su supervivencia) y Antonio (6 de junio de 1959 - abril de 1960).

El 1 de enero de 1956 Ginzburg pone fin a su relación laboral con la editorial Einaudi porque, como ella misma dice, no se veía trabajando con unos compañeros diferentes a los que tenía en Turín pero permanece en su función de consultora. En octubre de ese mismo año muere a los setenta y nueve años su madre, Lidia Tanzi.

Baldini recibe una oferta para dirigir el Instituto Italiano de Cultura en Londres. Ginzburg le sigue con Alessandra, pues los dos hijos mayores ya asisten a la Universidad. Este traslado a Londres provoca en Natalia nostalgia. Viven entre Holland Park y Notting Hill Gate y allí descubre la obra de Ivy Compton-Burnett, a la que lee compulsivamente en inglés y se ofrece a traducir al italiano para la editorial Einaudi. También se ofrece a traducir a Harold Pinter. Ninguno de los dos proyectos saldrá adelante.  

En la primavera de 1961 escribe en veinte días Le vocci della sera (Palabras de la noche, Pretextos 2001). En verano de 1961 regresa a Roma y se instalan en la Piazza di Campo Marzio, 3, cerca del Panteón. A partir de ese momento la Ginzburg escribirá siempre desde el diván de su salón, mirando a la calle, fumando cigarrillo tras cigarrillo y con una pila de folios sobre el vientre. Le bastaban cinco horas de sueño; se levantaba a las cuatro de la mañana e incluso antes.

En febrero de 1962 se convierte en abuela: nace Silvia, la primogénita de su hijo mayor, Carlo. En otoño de 1962 se publica Le piccole virtú (Las pequeñas virtudes, Acantilado) y el 15 de octubre se casa su hija Alessandra. Al día siguiente comienza a escribir Lessico Familiare (Léxico familiar, Lumen 2016), por la cual recibe críticas discordantes, a pesar de lo cual se hace con el premio Strega superando a Tommaso Landolfi y a Primo Levi.

El 3 de febrero de 1964 fallece Felice Balbo, el más querido de sus amigos. Ese mismo año interpreta a María de Betania en la película “El Evangelio según San Mateo” de Pier Paolo Pasolini.

En febrero de 1965 muere su padre Giuseppe a los noventa y dos años. En una semana escribe su primera comedia teatral, Ti ho sposato per allegria, que se representa con gran éxito con su amiga la actriz Adriana Asti y por Renzo Motagnani en los papeles principales y es publicada por Einaudi en 1966. En 1967 se adapta al cine. A partir de ese momento se centra en escribir teatro pues éste será para Ginzburg la forma de proseguir la narración de su autobiografía, ya comenzada en Lessico famigliare, la solución para dar voces a múltiples puntos de vista, a muchos “yoes”.
El 19 de Juno de 1969 fallece Gabriele a consecuencia de una transfusión de sangre infectada que se le practicó tras sufrir un accidente de coche en Roma, en Muro Torto.  

Tras la muerte de Gabriele, Natalia sigue escribiendo cada vez más focalizada en el microcosmos familiar. En 1972 firma el artículo Gli ebrei donde se posiciona contra el gobierno israelí y su política de confrontación con los palestinos. Publica en La Stampa y en el Corriere della Sera. En ningún artículo se ocupa expresamente de la condición femenina. Comparte las reivindaciones de las feministas (como su apoyo al aborto) pero no su comportamiento presuntuoso y antagonista frente a los hombres. 

Comienza a hacer colaboraciones semanales en el periódico romano Il Mundo realizando críticas cinematográficas y después en el Corriere realizará la crítica televisiva. 

En las elecciones de Junio de 1983 el Partido Comunista le ofrece una candidatura a la Cámara de los Diputados como miembro independiente en sus listas. Duda si aceptar o no por considerar que no tiene una “mente política” pero finalmente acepta tras consultarlo con Vittorio Foa (amigo de la infancia y perteneciente al partido). Será candidata en dos colegios, el de Roma y el de Turín y elegida en ambos. Opta por Turín y se inscribe en el grupo de la Izquierda independiente. Sus intervenciones en el Parlamento son recordadas por su brevedad y por su claridad, siendo especialmente memorables sus discursos sobre el precio del pan o sobre la tutela de La Paz y la legislación sobre la agresión sexual. 

En invierno de 1991, por una úlcera gástrica, se le extraen dos terceras partes del estómago. En agosto sufre un empeoramiento y el lunes 7 octubre de 1991, fallece. 

NOTAS

(1)Buscando por internet datos de la vida de Natalia Ginzburg me he encontrado con contradicciones e incorrecciones flagrantes. En un artículo periodístico escrito por el traductor de Natalia en Argentina éste comentaba que su tercera hija, Alessandra, era de padre desconocido, algo que no se induce ni de la propia obra de Natalia (en Léxico familiar no sugiere nada parecido) ni en la información sobre Natalia que circula por internet.
Así mismo, en una entrevista que da Carmen Martín Gaite, afirma que Natalia adopta el pseudónimo de Alessandra para la publicación de su primera novela “El camino que va a la ciudad” en honor a su tercera hija cuando es al revés. Primero publicó esta novela y posteriormente nació su hija.
Estas confusiones pueden estar motivadas por la inexistencia de una biografía de la autora traducida al castellano así como las propias reticencias de la misma a hablar de su vida de forma abierta.

(2) Nacido en Odessa en 1909. Intelectual italiano de ideas antifascistas y raíces judías. Se trasladó a Turín siendo niño y estudió en el Liceo Massimo d´Azeglio donde se forma un grupo de intelectuales y activistas políticos que se opusieron al régimen fascista de Mussolini en el que estaban Norberto Bobbio, Piero Gobetti, Cesare Pavese y Giulio Einaudi.

Enseñó lenguas eslavas en la Universidad de Turín potenciando la difusión de la literatura rusa en Italia. 

En 1933 funda la Editorial Einaudi junto a Giulio Einaudi, editorial que aún existe actualmente y goza de gran prestigio en su sector.

En 1934 es obligado a abandonar la Universidad de Turín por negarse a jurar lealtad a Mussolini y al proyecto fascista. Poco después es arrestado por el “Caso Ponte Tresa” y tras ser puesto en libertad es de nuevo detenido en 1935 por dirigir con Carlo Levi la organización antifascista Justicia y Libertad.

En 1938 contrae matrimonio con Natalia y en 1940 es condenado a confinamiento en los Abruzos. 

(3) Carlo Ginzburg se doctoró en Filosofía por la Universidad de Pisa en 1961. Dio clases en la Universidad de Bolonia y en la Universidad de California (EEUU). Sus campos de interés van desde el Renacimiento italiano hasta la historia moderna de Europa especializándose en la Microhistoria. Ésta es una rama de la historia social que analiza cualquier clase de acontecimiento, personajes u otros fenómenos del pasado que en cualquier otro tratamiento de las fuentes pasarían inadvertidos. Pueden llamar la atención del historiador por su rareza pero también por cotidianiedad. Hoy en día trabaja en California, EEUU. 
“He aprendido de mi madre una desaprensión por la verborragia y la proliferación innecesaria de palabras”. 
Respecto a su padre, cuenta que al leer la autobiografía del ex-presidente Sandro Petini se topó con una frase notable de su padre en la que le decía a Sandro antes de morir: “Pase lo que pase tenemos que acordarnos de no odiar a los alemanes”.

(4) Andrea Ginzburg es uno de los fundadores de la Facultad de Economía y Comercio de Módena donde ha impartido clases entre 1970 y 2000. En 2001 fundó la Facultad de Ciencias de la Comunicación y de Economía de Reggio Emilia donde ha impartido clases de Economía hasta 2010. Actualmente está retirado.

(5) Psicóloga y Psicoanalista autora de prestigiosos libros sobre la materia, entre ellos, estudios sobre literatura y psicoanálisis. 

(6) Natalia cuenta en este prólogo que en el invierno de 1948 recibe una carta de Elsa Morante en la que le pedía permiso para mandarle la novela que acababa de terminar. Se habían conocido en Roma anteriormente pero Natalia no recuerda dónde aunque sí recuerda que no habían hablado mucho. Sin embargo, por ser la persona a la que mejor conocía de la editorial, Elsa se atrevió a escribirla. Así llegó a manos de Natalia el manuscrito mecanografiado de Mentira y sortilegio. Lo leyó del tirón y le gustó inmediatamente. Según Natalia: “hacía mucho tiempo que no leía nada que me diese tanta vida y tanta felicidad”. Tras pedir consejo a Pavese, pues Natalia llevaba poco tiempo trabajando en Einaudi y no tenía tanta autoridad como para decidir sola la publicación de un libro, éste consideró adecuado publicarlo (aunque Natalia duda que Pavese leyese el manuscrito).
Morante se trasladó a un hotel de Turín para la corrección de las galeradas, un hotel “no muy lejano de aquel donde , algunos años después, moriría Pavese”. Durante ese verano Pavese, Balbo, Calvino y ella se reunían con Elsa en el café de un bulevar. Elsa y Pavese discutían por cualquier cosa, aunque sin animadversión. Natalia dice que aprendió a amar las agudas y cristalinas carcajadas de Elsa, su manera de sujetarse el pelo con el fular, su boca grande y amarga y temer sus cambios de humor, su cólera y sus juicios drásticos. Habla también con tristeza de la agonía de Elsa antes de morir, larga y desesperante, durante la cual no fue capaz de releer sus libros porque no conseguía separar su obra de su enfermedad.

(7) Primer traductor de la obra completa de Shakespeare al italiano, tras graduarse en Literatura y Filosofía vivió en Cambridge como investigador y regresó a Italia, donde enseñó en Pisa, Trieste, Nápoles y, finalmente, en Roma. Murió en 1969, editándose toda su narrativa póstumamente. 


Bibliografía:
Voz Levi Ginzburg, Natalia redactada en el 2005 para el volumen 65 del Dizionario biografico Deli italiani, Istituto dell´Enciclopedia Italiana – Treccani, Roma que se puede consultar online: http://www.treccani.it/enciclopedia

Domenico Scarpa, Per un ritratto di Natalia Ginzburg, artículo que se puede consultar online; http://www.griseldaonline.it/speciale-ginzburg/per-un-ritratto-di-natalia-ginzburg-scarpa.html

Lessico Famigliare (Léxico Familiar, Lumen 2016, edición conmemorativa de los cien años del nacimiento de la escritora)




jueves, 13 de julio de 2017

Solo para mujeres - Marilyn French



Título original: The Women´s Room.
Edición: De Bolsillo (Enero 2013)
Traducción: Iris Menéndez
Páginas: 750
ISBN: 978-84-9989-978-7
Precio: 10,95€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: Marilyn French no tiene pelos en la lengua. Leo las historias que cuenta y es como si escuchase la historia de muchas mujeres de mi familia, de mis amigas, de mujeres que he ido encontrando en mi vida. Mujeres que a veces nos caen bien, a veces mal, mujeres de carne y hueso con opiniones con las que a veces coincidimos, a veces discrepamos, heroínas y antiheroínas, mujeres como tú y como yo que no se limitan a sacar brillo a la superficie de las cosas sino que abren cajones y desempolvan ideas para profundizar en ellas. Mina, Val, Iso... siempre me acompañarán.

Lo que menos me ha gustado: Como la gran mayoría de libros largos, (este libro lo leí en la iniciativa de #Tochogate2017 de @criscanread y su precioso blog shecanread.com) contiene ideas que se repiten y que pueden ralentizar la trama, así como personajes que aparecen y desaparecen sin dejar rastro. Mi consejo: leedlo con un cuadernito al lado tomando notas de nombres y personajes, sobre todo al principio. 
«(...) los hombres que he conocido no se han dedicado especialmente a matar, no son extraordinarios en la cama y han ganado dado dinero solo en cantidades moderadas (...) son simple y llanamente aburridos. Tal vez ese sea el precio de estar en el lado de los ganadores. Porque a las mujeres que conozco las han jodido, literal y metafóricamente, y son estupendas.» (Pág. 313)
Cuando pensamos en libros (o en series de televisión) que hablan sobre un grupo de mujeres, es inevitable recurrir a estereotipos tales como "amigas" que se enamoran del mismo hombre y se enfrentan entre ellas, "amigas" que compiten por ser la más popular o "amigas" que se critican por diferencias a la hora de entender la maternidad o el amor. La competitividad, la inseguridad, la autoestima baja, la deslealtad parece que han ido siempre unidas de forma indisoluble a muchas historias de mujeres. No es el caso de este libro publicado en 1977 y que reivindica dos aspectos admirables: la superación personal de sus protagonistas y la sororidad. Fueron mis libreras, como no, de @Lib_Mujeres, quienes me recomendaron este "clásico del feminismo de una categoría literaria magnífica" y que ya he incorporado a mis "clásicos particulares". 
«Porque habían hecho que se sintiera invisible. Y cuando lo único que se tienes es una superficie invisible, la invisibilidad es la muerte. Algunas muertes duran eternamente, repitió para sí, al entrar en el aula». (Pág. 27)
Anuncio (real) de vitaminas de los ´50.
El libro comienza con Mira, la protagonista, llorando en un baño de la Universidad. A partir de ahí la narradora va desgranando la historia de esta mujer que va pasando por diversas etapas vitales: así, de ser una adolescente inquieta y rebelde que se negaba a casarse, pasa a contraer matrimonio con un hombre que desdeña sus inquietudes intelectuales y sus necesidades tanto personales como sexuales. Inmersa en un matrimonio monótono y típicamente americano (aspiradora y recetas de tartas incluidas), Mira sustituye la palabra libertad por la de madurez y aspira a convertirse en ese prototipo de mujer ideal de anuncio de los años 50, hasta que, abandonada por su marido, comienza el camino por reencontrarse consigo misma, perseguir sus sueños de adolescencia de gozar de un cuarto propio y descubrir quién es realmente, una vez que se despoja de la identidades con que le han etiquetado, como si fuese una cabeza de ganado, a saber, primero esposa, segundo madre, tercero ama de casa.
«No tenía más opción que protegerse de un mundo que no comprendía y que, simplemente por ser mujer, era incapaz de afrontar. Existían el matrimonio y el convento. Se retiró a uno de ellos como podría haberse retirado al otro, y lloró durante la boda. Sabía que renunciaba al mundo, al mundo que un año antes había titilado repleto de estímulos y fascinación. Le habían enseñado cuál era su lugar. » (Pág. 34)
A lo largo de dos décadas, la de los 50 y los 60, caminamos de la mano de Mira no solo por su propia historia femenina (la historia de miles de mujeres) sino también por la de esa época en la que el feminismo, los movimientos pacifistas y hippies, la entrada de la mujer en Universidades y círculos intelectuales, luchaban por hacerse un hueco tras la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y la Guerra de Vietnam. Un repaso de la historia de esa época fascinante que Mira nos sirve con copas de Bourbon saboreadas a última hora de la noche (en ese momento de paz en el que los niños duermen y la ciudad está en silencio, a la espera de que los pensamientos rellenen huecos) y con conversaciones entusiastas y apasionadas con sus tribus de amigas, primero típicamente burguesas (en la etapa en la que estaba casada) y posteriormente feministas (en la etapa universitaria de Harvard). En todas ellas las mujeres, juntas, planifican cómo sobrevivir a un marido infiel, a unos deseos sexuales insatisfechos, a los problemas económicos, a unos hijos exigentes, a un futuro incierto.
«Mira siguió sentada y una frase surgió en su mente: "Piden demasiado. cuesta demasiado". No estaba segura de cuál era el coste; lo denominó "yo misma".» (Pág. 39)
Imagen manifestación contra Guerra Vietnam. (1967)
Iso es una mujer lesbiana de espíritu libre que se enamora sin ataduras por el miedo a que nadie permanezca a su lado; Val es una feminista radical, madre soltera, que reivindica el compromiso político y social hasta el punto de dejarse la vida en ello; Kyla se debate entre el querer y el deber; todas ellas forman con Mira el eje de una comunidad femenina en la que el apoyo, la honestidad y la ausencia de prejuicios son esenciales en la búsqueda de su reconciliación con la vida. Al igual que también lo fueron las amigas de Mira durante su época de casada: Natalie, Adele, Linda, Bliss... amigas con las que evitaron suicidios, superaron desengaños, engaños y frustraciones, aburrimientos, compromisos y vacíos existenciales, y para las que la nueva lavadora, secadora o nevera, así como la píldora, fueron «una pequeña liberación de la esclavitud». 
«—Detesto las discusiones sobre feminismo que acaban planteando quién friega los platos — respondió.
Yo también. Pero al final siempre están los malditos platos
». (Pág. 102)
¿Cómo compatibilizar la identidad de una misma con las expectativas sociales? ¿Es eso posible? ¿Cómo despojarse de los disfraces con que nos visten por el hecho de nacer mujer para descubrirnos a nosotras mismas? Marilyn French responde a estas y otras preguntas en este novela de carácter autobiográfico en la que se nutre de sus propias experiencias y, especialmente de dos hechos que la marcaron en su posicionamiento como feminista: su matrimonio con un hombre que la anulaba como mujer y su lucha por manejar el trauma que supuso la violación de su hija.
«Sean lo que sean en la vida pública, cualesquiera que sean sus relaciones con los hombres, en sus relaciones con las mujeres todos los varones son violadores, y eso es lo único que son. Nos violan con los ojos, con sus leyes y con sus códigos». (Pág. 691)
Marilyn French. 
Marilyn nace en Brooklyn en 1929 y en 1950 contrae matrimonio con Robert M. French, un abogado con el que tuvo dos hijos: Jamie y Robert (de su hijo Robert llegó a decir que constituía su única esperanza en el sexo masculino, en una etapa en la que su descontento por los hombres era notable, tal y como deja entrever en este libro). Tras ser abandonada por él decide retomar sus estudios universitarios y en 1968 se doctora por Harvard. Mujer de carácter decido y fuerte, declaró que su meta en la vida era cambiar las estructuras económicas y sociales y conseguir un mundo feminista. Falleció en 2009 sin haberlo conseguido. Sin embargo, su lucha abrió el camino a muchas generaciones, con Solo para mujeres rompió convenciones literarias, rupturas que como ella dice en el prólogo, «se castiga en algunas sociedades con la pena de muerte», habló sin prejuicios de temas femeninos tabúes y sigue siendo una inspiración a día de hoy, y por siempre, gracias a sus brillantes razonamientos, sus ideas bien hiladas, su sabiduría y la coherencia de sus planteamientos.
«La palabra griega alétheia, verdad, no significa lo contrario de falsedad. Significa lo contrario de léthé, olvido. La verdad es lo que se recuerda.» (Pág. 744)
Un último apunte: el título original del libro, Women´s Room, poco tiene que ver con esa traducción al castellano de Solo para mujeres que da lugar a una etiqueta (tirón de orejas para quien lo tradujo) que, en mi opinión, desmerece al contenido y hace que se pierda ese homenaje sutil a A Room of One´s Own de Virginia Woolf. Al preguntar a Marilyn French si el libro estaba basado en hechos reales o era producto de su imaginación ella contestó que tras escuchar los cientos de historias que las mujeres de su entorno y de su comunidad le habían contado decidió escribir un libro sobre las mujeres, tal cual, de forma directa y clara, sin censuras ni remilgos, con sus experiencias de verdad, y con las suyas propias. Mucha gente le dijo: nunca conseguirás que te lo publiquen. Fruto de ese trabajo salió este libro. Si os interesa, podéis ver la entrevista a esta magnífica mujer, a la que cada vez admiro más, en Youtube. 

lunes, 10 de julio de 2017

Lecturas de junio


«En el país de los cuentos el escritor es el rey. Él dicta todas las reglas, solo debe cuidarse de no pedir al lector más de lo que este puede conceder razonablemente. Recuerda, el lector es un cliente muy pero muy exigente, obstinado, que arrastra los pies y se irrita con facilidad».
Con esta cita de Notas para un escritor, incluido en Cuentos Escogidos de Shirley Jackson, comienzo mi viaje por las lecturas que me han acompañado durante el mes de junio, pues reconozco que soy una de esas clientes exigentes y obstinadas que patalean, arrastran los pies y se irritan. Desde que comencé a hacer mi propio ranking a principios de este año, noto una cierta incertidumbre, un estómago que me aprieta y me presiona, cada vez que tengo qué elegir qué libro me ha gustado más y cuál menos. Quienes me siguen comprobarán que son muy pocas las ocasiones en las que hablo mal de un libro y es por un motivo muy sencillo: si cuando lo comienzo no me llena, no me ando con medias tintas, lo abandono. Sí, soy una radical de una crueldad insoportable en cuanto a libros se refiere. No me obligo a leer un libro que no me gusta, ni a continuar hasta el final por el mero hecho de haberlo comenzado (ya hay bastantes cosas en la vida que se hacen por obligación como para convertir la lectura en una de ellas). Quizás, por ese motivo, me cuesta empatizar con aquellos que en aplicaciones como Goodreads dan una estrella a un libro, ¿por qué lo leíste entonces si tan horroroso te pareció desde el principio? ¿por qué fustigarse con la lectura cuando ésta debería ser un placer? El debate queda en el aire. Sólo quiero aclarar una cosa: las lecturas de este mes han sido excepcionales; su orden en el ranking no obedece tanto a si me han gustado o no (todas me han gustado y me han parecido de una calidad sobresaliente) sino a una pregunta que me he hecho expresamente en esta ocasión: ¿lo incluiría en mi maleta si tuviese que elegir entre los libros que me llevaría a una isla desierta? ¿me ha sorprendido/revuelto/removido? A decisiones difíciles, preguntas extremas... Allá voy. 

1. No, mamá, no. Verity Bargate. Mi «libro revelación del año». La calidad literaria de esta pequeña joyita es tan brutal que no solo me tiene encandilada, sino que cada vez que me acuerdo de ella me siguen temblando los músculos por la profunda emoción que me produjo su lectura. (Podeís leer la reseña aquí). La depresión postparto sigue siendo un tema tabú a pesar de que Verity Bargate ya habló de ella en esta novela publicada en 1978. A la impresión de leer a una mujer hablando de este tema se une la admiración por cómo lo plantea, lo desarrolla y, sobre todo, lo resuelve. Un auténtico alegato feminista que convierte este libro en una obra universal, apto para madres y no madres, que remueve los cimientos de la identidad femenina tradicional. La forma en la que conmueve con su lenguaje, su trama y sus personajes perfilados, hace que exclamemos un «Sí, Verity, sí» y que incorporemos (al menos en mi caso) su libro a nuestra propia selección de clásicos destinados para permanecer, que diría Elvira Lindo. Sí, Verity, Sí. Y, por favor, Rara Avis, publicad más obras de ella.

1bis. Apegos feroces. Vivian Gornick. ¿Cómo elegir entre este libro y No, mamá, no? Dos obras completamente distintas. Mientras el primero habla de #MaternidadesLit desde la perspectiva de la madre, Vivian Gornick habla de esas #MaternidadesLit desde la perspectiva de la hija, una hija cuya relación con su madre ha sido siempre complicada. ¿Qué relación madre-hija no lo es? Esos paseos por Nueva York, siendo ya la madre una anciana y la hija una mujer experimentada en la vida, facilitan el reencuentro entre dos personas que, queriéndose, no se han encontrado emocionalmente a pesar del tiempo que han pasado juntas. Una historia de amor, odio, enfrentamientos, rencores y reproches en la que prima al final un mensaje precioso: es más lo que nos une que lo que nos separa. La aceptación de la persona que más nos ha amado, aunque a veces no haya sabido cómo demostrarlo, convierte este libro maravilloso en otro de esos clásicos que me acompañarán en mi viaje a una isla desierta. 

2. Al faro. Virginia Woolf. Toda una vida oyendo hablar sobre Virginia Woolf, leyéndola a través de terceras voces, y no escucho su voz de primera mano hasta este año. Me consuelo pensando que todo tiene su momento, que los libros te escogen (y no nosotros a ellos), pero aun así no dejo de perdonarme el haber vivido tanto tiempo sin haberla leído antes. Es maravillosa. Quienes la hayan leído, y en concreto esta obra, sabrán a qué me refiero. Y quienes no, mi consejo es este (y miren que soy poco dada a dar consejos, «no se aprende en cabeza ajena», como dice mi madre): no pierdan tanto el tiempo, como yo hice, sin leerla. Virginia es calma, es paz, es tormento, es pasión, es reflexión, es introspección. Su inquietud por analizar el transcurso del tiempo, leit motiv de este libro, y exorcizar las figuras de su infancia la lleva a una descripción minuciosa de dos episodios de su vida que nos obligan a mirar nuestras entrañas para luego preguntarnos: ¿cuál es mi faro? 


3. Leonora. Elena Poniatowka. ¿No lo has leído? Me preguntaron mis libreras de @Lib_Mujeres. Tienes que hacerlo. Y lo hice. Y menudo descubrimiento. ¿Recuerdan haber estudiado a Leonora Carrington si cursaron la asignatura de Arte en el Instituto? Yo no. El surrealismo (corriente artística que siempre me ha fascinado) era encarnado por Dalí, Magritte o Ernst pero, oficialmente, Leonora no existía. Sin embargo, a raíz de este libro impresionante, descubrí que Leonora era una pieza fundamental de este movimiento, reconocida internacionalmente y con una vida tan fascinante como toda su obra. Conocer a Leonora es emocionarse, centrarse en lo importante que es ser fiel a uno mismo, conocerse y luchar por mantenerse al lado de nuestra sombra. Elena Poniatowska, con un lenguaje narrativo rico en imágenes y exhaustivamente documentado (llegó a entrevistarse con ella en varias ocasiones) nos acerca a esta mujer que, simplemente, enamora.

4. Cuentos escogidos. Shirley Jackson. Shirley, ¿cómo lo haces? Después de conocerla gracias a musasensutinta (Pilar, nunca podré agradecerte que me la dieses a conocer) y su Siempre hemos vivido en el castillo, me uno al grupo de "Fans de Shirley Jackson". En esta recopilación de cuentos, que incluye el inolvidable La Lotería, nos encontramos con un universo fascinante que nos envuelve con ese terror cotidiano y esa crítica ácida a una sociedad que excluye a la persona que es diferente o que se aparta del normativo social. Sus cuentos sobrecogen y enturbian una realidad de una forma tan escalofriante e impresiva que es como si nos tatuasen en la piel el dramatismo que se esconde detrás de cada gesto aparentemente inocuo. Shirley Jackson, una mujer que fue muy infeliz en vida, nos conmueve no a través de la crítica directa sino por medio de lo que calla, de lo que insinúa y muestra para que el lector, ese ser exigente y caprichoso, juzgue por sí mismo. Shirley, me conmueves.

5. Velocidad de los jardines. Eloy Tizón. He llegado a un punto en mi vida en el que estoy tan harta de que «los hombres me cuenten cosas» (que diría la genial Rebecca Solnit) que leer algo escrito por un hombre me da una pereza brutal. No es el caso de Eloy Tizón. Este libro lo abrí por casualidad gracias al boca a boca que tantas puertas abre y me enamoré de él. Concretamente, caí rendida de amor ante ese cuento inédito que hace las veces de prólogo llamado Zoótropo y en el que el autor hace un recorrido autobiográfico tan lírico y permeable que me lo llevé a casa. El resto de relatos no desmerecen esta fantástica reedición de lo que se considera el germen del postcuento en nuestro país y que constituye una lección magistral de compasión humana, empatía y belleza literaria. Si quieren leer un libro de cuentos con una carga literaria impresionante, unas imágenes que se funden con los poros de la piel y unas historias que se impregnan en nuestra vida de nostalgia y optimismo, este es su libro. Yo solo puedo decir que seguiré leyendo a Tizón y que descubrir que los jardines tienen velocidad, metamorfoseándome en uno de ellos, es una delicia. 

6. Normas de inseguridad. Almu Ballester. Sigo hablando de cuentistas, o más bien, diseccionadores de la realidad, porque Almu Ballester es una autora que a través de los relatos contenidos en esta joyita va desmenuzando, como si fuese a deconstruir una receta gastronómica clásica, retazos de realidad buscando un porqué para llegar a una conclusión que alivia y conmueve: no existen normas para el día a día; cada uno sobrevive como puede. Almu no plantea dilemas morales existenciales pero es fácil reconocerse en cada uno de los personajes que pueblan sus relatos. Viajando en el metro, caminando por una calle, reencontrándonos con un ex amante, recordando algo que una vez vivimos (¿u oímos? ¿o nos contaron?), esta excelente cuentista da una vuelta de tuerca a nuestro día a día inundando de un lenguaje exquisito y preciso como un tiralíneas un pedazo de nuestra realidad. Tras leerla uno se reconcilia con el relato breve (considerado un género menor) con gran efusividad y se queda con ganas de seguir aprendiendo más de sus "normas". 

7. Americanah. Chimamanda Ngozi Adichie. Aquí empieza el lío de mi ranking. ¿Cómo convencer de que el libro que ocupa el puesto siete es un gran libro que me enganchó desde la primera hasta la última página? El motivo por el que no está más alto en mi clasificación es por una necesidad de selección y de honestidad conmigo misma. Puesta a buscar "peros" que me ayudasen a elegir, Americanah, aun siendo un retrato imprescindible sobre la identidad de la mujer negra, y de la mujer independientemente de su raza; aun siendo una obra que podríamos llamar universal porque cualquier mujer puede sentirse identificada con ella y porque da un testimonio invaluable sobre la visión de EEUU (y de cualquier sociedad occidental europea) desde el punto de vista de una mujer inmigrante; ateniéndonos a estrictos criterios narrativos y literarios le 
encuentro un "pero": es demasiado redundante y repetitivo. Hay episodios que, en mi opinión, sobran e ideas que se repiten hasta la saciedad. Ese es el único pero. Por lo demás, Chimamanda es una comunicadora excelente con una gran visión de cuanto le rodea que conmueve y enamora a partes iguales. 

8. El corazón es un cazador solitario. Carson McCullers. Y aquí sigue el lío de mi ranking. No, El corazón, con ese título tan hermoso, no está tan abajo en la lista porque no me haya gustado, sino porque, como decía al principio, debía posicionarme y escoger. Y quizás porque me esperaba muchísimo de él tras todas las reseñas que había leído antes, o quizás porque La balada del café triste (mi favorito de McCullers) o Frankie y la boda me sumergieron tanto en un mundo literario en el que me anclé profundamente, lo cierto es que, aun adorando a McCullers, puestos a elegir no sería este el libro suyo que salvaría de un incendio en mi biblioteca. Es maravilloso. McCullers en estado puro. Pero confieso que en ocasiones me resultó lento y tedioso, demasiado exhaustivo en descripciones banales y carente del simbolismo del que gozan las novelas que mencionaba antes. Aun con una gran crítica vital, con la figura del sordomudo en el que todos vuelcan sus angustias aunque no sean comprendidos, no me atravesó con la profundidad con la que Carson suele hacerlo. A pesar de ello es un libro fantástico e imprescindible para disfrutar del estilo de la inconfundible McCullers.

9. La mano izquierda de Peter Pan. Silvia Herreros de Tejada.  La autora es una auténtica especialista en la figura de James Barrie. ¿Quién es ese hombre? Pues el autor del emblemático Peter Pan, ese personaje que le transcendió y devoró hasta el punto de que nadie recuerda quién le creó. Silvia Herreros nos enseña de una forma que atrapa quién fue ese hombre y, sobre todo, quién fue Cynthia Asquith, una mujer fascinante que le acompañó durante un largo período de su vida. A través de una serie de personajes-espejo, viajamos al pasado y regresamos al presente encontrando paralelismos entre el duo Barrie-Asquith y los investigadores David-Moira, ensamblando una trama dinámica y entretenida que a la vez nos permite profundizar en el mundo aristocrático de Asquith y en el literario convencional de Barrie. Sin embargo, tal y como comenté en la reseña, me esperaba un final más sorprendente, más rompedor. Aun así, dado que me gustan los libros con un contexto histórico en los que pueda aprender, disfruté mucho de su lectura. 







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