lunes, 31 de julio de 2017

Apegos feroces - Vivian Gornick


Título original:  Fierce Attachments: A Memoir.
Traducción: Daniel Ramos Sánchez.
Edición: Editorial Sexto Piso (1ª edición. 2017). 
Páginas: 195
ISBN: 978-84-16677-39-9
Precio: 19,90€
Calificación: 10/10

Lo que más me ha gustado: Su honestidad. Vivian Gornick despoja su narrativa de todo adorno innecesario para, al más puro estilo Natalia Ginzburg (#miNaty, por quien la autora ha manifestado su admiración) construir una escritura compacta y redonda donde no sobra ni una coma ni falta un punto, lo cual le permite centrarse en lo realmente importante: su ambivalente relación con su madre. Se podría decir que Apegos Feroces es el negativo de Querido Miguel. Mientras que en esta novela, Vivian Gornick cuenta la versión de la hija, en Querido Miguel, Natalia Ginzburg desarrolla la de la madre. 

Lo que menos me ha gustado: Las novelas autobiográficas, como señala Rosa Montero en «La ridícula idea de no volver a verte» conllevan un riesgo evidente a la hora de delimitar qué contar y qué callar a fin de no herir a terceros ni perder la integridad uno mismo. Vivian Gornick maneja con deleite estos dilemas, si bien me ha faltado un poco más de desarrollo de algunas pinceladas que esboza.
«(...) es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: "Ésta es mi hija. Me odia". Y a continuación se dirige a mí e implora: "¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?". Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.» (Pág. 18)
El vínculo con la madre... ¿qué se puede decir de esa relación que nos marca de por vida? Una relación determinada por el azar y que, como dice Gornick, es un ejemplo perfecto de «la naturaleza circunstancial de la mayoría de los apegos». No elegimos a nuestros padres. Tampoco elegimos a nuestros hijos. La cocktelera genética hace de las suyas tirando sus dados para que ¡voilá! allá aparezcamos en brazos de una mujer con la que conviviremos, si todo va bien, durante muchísimos años. Hablar de apegos maternos es casi imposible si no hacemos referencia a nuestra propia figura materna y eso es lo que hace Vivian Gornick en este libro publicado en 1987: desgranar con pasión, rabia, admiración y amor profundo su vínculo con una madre que a veces nos desata la admiración y otras veces nos desencadena la ira. Y es que, sin duda, no hay relación más llena de sentimientos ambivalentes y altibajos que la de una madre y una hija. El poder que tienen las madres es tal que determinan la forma en la que caminamos, respiramos y miramos cuanto nos rodea. Como si de una veneración religiosa se tratase, una palabra suya basta para sanarnos... o para herirnos. De esos momentos imprescindibles de apego pero también de los momentos de desapego «nace el relato que contamos de nuestras vidas»
«—La infelicidad está tan viva hoy en día.
Sus palabras me sobresaltan y me satisfacen Siento placer cuando dice algo cierto o inteligente. Llego casi a quererla.
—Ése es el primer paso, mamá —digo con suavidad—. La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa.» (Pág. 41)
Vivian Gornick.
Eso mismo le sucede a Vivian Gornick con su madre, una mujer «judía y comunista» de fuerte carácter que esconde su sensibilidad detrás de la consabida cortina de dureza que, en ocasiones, desenmascara una cortante crueldad. Vivian Gornick nace el Bronx en 1935, y su infancia transcurre en un barrio judío de viviendas pequeñas y edificios en los que se vive de puertas para fuera ya que la intimidad allí es un imposible. Los olores, los gritos, los jadeos y las risas traspasan muros y cerraduras convirtiendo a los demás vecinos en testigos involuntarios de las propias vidas. En ese ambiente ruidoso la pequeña Vivían aprende pronto a reconocer los matices en las voces de esas mujeres que entran y salen de su casa con toda familiaridad para quejarse, tomar un té, pedir sal, enseñar un ojo morado, cotillear sobre las vidas de las demás, desplegar la sororidad en la comunidad. El enorme cinismo y la inteligencia aguda de su madre ejercen de banda sonora de un conocimiento de los entresijos de la vida que muchas veces se produce antes de tiempo, antes de que el cerebro del niño sea capaz de procesar con toda su complejidad cuanto está ocurriendo a su alrededor. Esa banda sonora se va alternando con la de Nettie, una joven vecina viuda y madre de un hijo, que comienza a ejercer la prostitución y tiene un único objetivo: seducir a los hombres al estilo mantis religiosa.
«Nettie, como pronto se comprobó, no tenía dotes de madre. Muchas mujeres carecen de ellas. Reproducen los gestos y ademanes que recuerdan de las mujeres en las que han sido entrenadas para convertirse y esperan que todo salga bien.» (Pág. 55)
Así, dos mujeres, una madre que construye su identidad entorno al matrimonio y al amor idealizado y una joven vecina que la construye a través del amor erótico y del desprecio hacia los hombres, son las encargadas de introducir a Gornick en el complejo mundo de las emociones, el sexo y el amor, algo que la marcará de por vida junto con la muerte temprana de su padre. El padre, eje en torno al cual giraba la madre con su idealización sobre exaltada del amor y de su importancia en la vida de una mujer, coloca al pequeño núcleo familiar en una oscuridad de la que solo el hermano mayor logra salir. Pero Gornick, aun adolescente, se ve obligada a convivir bajo esa sombra que el duelo por la muerte del padre ha convertido a la madre en un ser fantasmal de una presencia asfixiante. Gornick no tiene opción de manifestar su propio dolor por su orfandad paterna; no puede llorarle ni echarle de menos porque no hay ni un solo rincón donde poder expulsar su desconsuelo. Todo, cada cajón, cada escondite detrás de una cortina o debajo de una mesa, cada muesca en la pintura de la pared, está ocupado por el inmenso, enorme, exagerado dolor de la madre. La compasión que ella siente es única y exclusivamente dirigida hacia sí misma. El vínculo que une a Gornick con ella, que ya había sido complejo, se convierte a partir de ese momento en un «Apego feroz». La madre comienza entonces a crear su identidad alrededor de una única idea romántica: sufrir en su papel de viuda. Y en esa nueva identidad creada se enfada con Nettie y obliga a su hija a elegir entre ambas. Gornick la odia pero no puede separarse de ella; la ama pero ese amor duele y apesta; la admira pero nada más lejos de su deseo que parecerse a ella. 
«La había embargado un sentimiento de pérdida tan primigenio que había acaparado toda la pena. La pena de todos. La de la esposa, la de la madre y la de la hija. La pena la había llenado y la había vaciado. Se había convertido en un recipiente, en un conducto, en una manifestación.» (Pág. 68) 
Emil Nolde. Garden (artista que se menciona en el libro)
Gornick contrae matrimonio con veintitrés años tras acabar la universidad y pronto descubre que ella no siente esa veneración por el amor y por el hombre que se ha casado como el que su madre sí sentía por su padre y por el amor en general. «¿De qué sirve todo lo que me has enseñado, madre?» parece preguntarse Gornick en esa etapa de su vida. Desorientada, sin referencias a las que aferrarse, debe ir construyendo a deshoras, poco a poco y por sí misma, su propia identidad. Su trabajo como divulgadora del feminismo la ayudará a ello. 
«—¿Por qué no te vas ya? ¿Por qué no te partas de mi vida? No voy a detenerte.
Veo la luz, oigo la calle. la mitad de mí está dentro; la otra mitad, fuera.
—Ya sé que no, mamá.» (Pág. 195)
Con el paso de los años la relación entre ambas se calma. Gornick, aun manteniendo su vínculo con su madre, consigue ir reafirmándose como mujer, como profesional, como persona. Esa distancia con la que puede observar el pasado le permite salir a pasear todos los días con su madre. Y es a través de esos paseos por Nueva York, mientras contemplan escaparates, observan suelos desnivelados, sienten el desvelo de los atardeceres, cuando ambas consiguen encontrar un lugar en común en el que poder sentarse a descansar, observarse con unos ojos que transcienden de lo personal, de la ira acumulada, de los reproches. Por primera vez en su vida ambas se molestan en conocerse, comprenderse, y sobre todo, aceptarse. Recordando historias pasadas de vecinas del bloque de edificios (la señora Kornfeld, los Roseman, la señora Singer...) en el que convivieron van tejiendo una red mutua donde el odio deja pasar a la comprensión, la rabia, a la empatía y los reproches al reconocimiento mutuo. Gornick descubre que, por más que lo haya negado, tiene más en común con su madre de lo que pensaba. Sus raíces se hunden en sus brazos, sus pensamientos en sus palabras, sus recuerdos se enredan de forma indisoluble a los de ella. Nunca es tarde para convertir esos apegos feroces en apegos dulces pues, no en vano, la historia de nuestras madres es también una parte de nuestra historia. 

1 comentario:

  1. Complejas, siempre, las relaciones familiares; un ni contigo ni sin ti. Tengo muchas ganas de leer este libro, como ya te había comentado. Tu reseña no ha hecho más que acrecentar mis ganas.
    Besos

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