lunes, 24 de julio de 2017

En Grand Central Station me senté y lloré - Elizabeth Smart


Título original: By Grand Central Station I Sat Down and Wept.
Edición: Periférica (Diciembre 2009)
Traducción: Laura Freixas
Páginas: 155
ISBN: 978-94-92865-00-0
Precio: 17,50€
Calificación: 9/10

Lo que más me ha gustado: Se percibe, por la gran sensibilidad de Elizabeth, que gran parte de la novela ya estaba escrita antes de que conociese a Barker pues su búsqueda del amor, su intensidad emocional y sexual, su espejismo poético, sus instintos puros, son emociones galvanizadas que la movieron a sentir algo extraordinario.

Lo que menos me ha gustado: Esa visión del amor como un todo que aísla a la amante del mundo (la Segunda Guerra Mundial, cuyo eco resuena en la novela, queda relegada a un segundo plano por esa pasión que desborda), que le da vida y se la quita (y que me recuerda en ocasiones a Sylvia Plath) y que otorga identidad y único sentido. No es un amor, el de Smart en esta novela, que complemente, sino un amor obsesivo, sumiso, que anula y que absorbe. De hecho, cuando Angela Carter lo reseñó para The Guardian confesó que no deseaba que ninguna hija suya se encontrase en la situación de llegar a escribir un libro como este, por muy exquisita que fuese la prosa que se encontrase en ella.
«Nunca antes había yo estado enamorada de la muerte, ni agradecida a las rocas por prometerme una muerte segura. (...) Pues no hay belleza en negar el amor, excepto quizá a través de la muerte, y hacia el amor ¿existe algún camino?» (Pág. 24)
Abro el libro al azar y me encuentro frases como estas: «Nuestro beso fue un torrente que hizo un canal alrededor del mundo: de él paró el amor, igual que un refugiado en el último barco» (Pág. 35); «Estoy ciega, mas fue la sangre, no el amor, lo que cegó mis ojos.» (Pág. 33); «El día engaña, pero de noche, nadie está a salvo de alucinaciones» (Pág. 14). Da igual qué página se abra, como una dama de noche, en todas y cada una de ellas encontramos una cita llena de belleza, a veces inundada por el amor, a veces desbordada por el tormento. La escritura de Elisabeth Smart, quien escribió este libro cuando se encontraba embarazada de su primera hija, Georgina, vomita todas las emociones que ella comenzó a sentir al conocer a George Barker, un amor que desplazó a un lado a los millones de habitantes de la tierra y convirtió nuestro planeta en un espacio aislado en el que solo existían ella, George... y la mujer de George.
«¿Cómo puedo hablarle? ¿Cómo reconfortarla? ¿Acaso puedo justificarme ante ella, más de lo que me justifico ante las flores que aplasto con el pie cuando camino por el campo? Y él, solícito, se inclina sobre ella.» (Pág. 22)
Elizabeth Smart
Pero para entender mejor esta obra lírica, puesto que no se trata de una narración al uso con descripciones y explicaciones sino, como decía antes, un vómito de emociones, es necesario conocer antes un poco de la vida de esta mujer que ha pasado a la historia de la literatura por este libro que Angela Carter definió como la historia de una «Madame Bovary fulminada por un rayo». Elisabeth Smart nace en 1913 en el seno de una familia acomodada de Ottawa (Canadá). Ya desde pequeña muestra una sensibilidad notable por cuanto le rodea, quizás motivada por el carácter frío y estricto de un padre abogado y la absorbente relación con su madre, una mujer de "Apegos feroces" (que diría Vivían Gornick) que la rodeaba con unos brazos exultantes que ella misma califica de ¨garras». En 1937 comienza a trabajar como secretaria de Margaret Watt, Presidenta de Associated Country Women of the World y con ella viaja por distintos países. En Londres, al entrar en la librería Better Books en Charing Cross Rd., descubre un libro del poeta inglés George Barker y es ahí cuando se enamora no sólo de su obra sino del hombre que la escribe. 
«Bajo la cascada me sorprendió bañándome y me dio algo que no pude rehusar, como no puede la tierra rechazar la lluvia. Luego me besó y se fue a su cabaña.» (Pág. 22)
A través del escritor británico Lawrence Durrell comienza a mantener una relación epistolar con Barker y en 1940 accede a pagar el billete de avión para él y su mujer, Jennifer, a fin de que ante la amenaza de la Segunda Guerra Mundial logren salir de Japón (donde él trabajaba como profesor) con destino a California. Es aquí, en este punto, en esta espera de Elisabeth en la estación de tren, donde comienza esta novela:
«Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo.» (Primeras líneas. Pág. 11)
George Barker
La atracción entre ellos es inmediata y pocos días después comienzan una relación intermitente y tormentosa que durará dieciocho años. La presencia de la mujer, de quien Barker se negará a divorciarse alegando que sus creencias católicas se lo impiden, rodea a Elizabeth de remordimientos. Cuanto más placer siente por esa relación apasionada, mayor es el dolor que le asola imaginando el sufrimiento de Jennifer. Pero ese dolor se verá agravado por un motivo que a ella le toca personalmente: el rechazo social a su relación. En la frontera de Arizona los dos amantes son detenidos por su relación pecaminosa. Esa detención refleja claramente el doble rasero moralizante: mientras que él, el adúltero, es dejado en libertad, ya que todos los americanos son castos «por ley», ella, la mujer que se aparta del buen camino, la que provoca, la que rompe matrimonios, es tratada como una delincuente y devuelta a Canadá. Esa doble moral que Elisabeth sufrirá como la espada de Democles durante toda la relación, se convierte en algo tangible en boca de esos policías, de esos hombres y de esas mujeres, que la juzgan, criminalizan y humillan. 
«Se me acusa de silencio y de amor.

La matrona dice: Deme esa pulsera, no están permitidas las joyas. (El amado mío...) Démela inmediatamente. Y el anillo. (El amado mío...) Y el bolso. ¿Todo este maquillaje lleva aquí dentro? ¡Pero qué barbaridad! ¡Barra de labios! ¡Perfume! No me extraña que esté donde está. (Aliviadme con flores y con manzanas, dadme algún contento). » (Pág. 53)
Grand Central Station (New York)
De ahí que las referencias bíblicas a lo largo del libro sean constantes, así como ha personajes de las tragedias griegas y latinas clásicas, o a personajes melodramáticos de Shakespeare. Elizabeth ha roto la voluntad divina, se ha apartado del buen camino que una mujer decente ha de seguir, ha desobedecido los imperativos sociales, y lo que es "aun peor", no esconde su amor. Embarazada de Georgina, su primera hija, regresa a EEUU tras un enfrentamiento con sus padres, y en Nueva York, en Grand Central Station, con veintitrés años, se sienta a llorar al regresar de uno de sus encuentros furtivos con Barker. 
«Dicen: A medida que nos hacemos mayores aceptamos la resignación.
Pero cómo entran en ella: tambaleándose, humillados, ciegos. Y para ese pecado, el pecado de bajar la cabeza ante la resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención.» (Pág. 127)
De esa relación con altibajos nacerían cuatro hijos de los quince que Barker tuvo a lo largo de su vida con cuatro mujeres. A ninguna de ellas las dejó expresamente, pues tal y como relatan sus hijos, él se limitaba a irse y luego a regresar cuando mejor le convenía, confiando siempre que ellas estarían esperándole. En la entrada de su diario del 3 de febrero de 1976, Elizabeth escribiría: «Love. Children. Earning a living. Friends. Drinking. Pushed too far, to do too much. Silent years». Elizabeth fue silenciada por la tarea de sacar adelante ella sola a sus cuatro hijos y no fue hasta que estos crecieron y ella tuvo su dinero propio (Virginia Woolf, como siempre, demostró tener razón con su cuarto propio y sus quinientas libras al año) cuando retomó su voz para escribir. En 1980 la sombra de Elizabeth eclipsaba a la de Barker y, al coincidir ambos en una conferencia literaria, éste llegó a decir de esta novela que era un folletín propio de una revista femenina y que él no era ese hombre al que ella se refería. Los celos profesionales de Barker no han impedido que a día de hoy Elizabeth haya conseguido que su obra perdure y emocione más que nunca. 

6 comentarios:

  1. Hace un año que tengo pendiente este libro. Me ha parecido fascinante su vida, o mejor dicho, cómo nos la has contado. A ver si la puedo leer de aquí a diciembre ;-) Saludos!

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    1. Ojalá puedas leerla, Pilar. La verdad es que se lee del tirón pues aunque al principio cueste un poco entrar en ella por ese estilo lírico tan propio y por la necesidad de investigar sobre su vida para poder entenderla mejor, una vez hechos esos deberes previos, fluye como un manantial. Es una obra hermosísima.
      Un abrazo

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  2. ¡Es que este libro es desgarrador! Lo encontré de casualidad hace dos fines de semana en Salamanca y no pude resistirme. Sé que voy a tener conflicto en cuanto a la historia, porque no comparto esa visión del amor, pero estoy convencida que el cómo está escrito me va a enamorar... Hablar de sentimientos es complicado y transmitirlos con palabras mucho más, pero este libro tiene algo especial que cualquier párrafo te llega, como tu reseña ;)
    Como siempre el café con hielo sabe mejor pasando por tu rincón
    ¡Un besazo!

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    1. Desgarrador, ese es el adjetivo que le define. Yo tuve que dejar de lado mis propia visión del amor porque, como bien dices, me suponía un conflicto tanta dependencia y absorción al más puro estilo pareja Pin y Pon ;-), pero la literatura abre nuevos mundos, nuevas formas de ver las cosas, de ahí su grandeza, y dejar hueco, al menos temporalmente, a esa visión, enriquece y permite disfrutar de toda su belleza literaria.
      Un besazo y ¡arriba el café con hielo!

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  3. Yo tampoco concibo el amor como lo hacía Elizabeth, para mí lo suyo era más bien una obsesión. Lo cual no quita que este libro sea extraordinario, un torrente de sensaciones hecho poesía.
    Coincido también contigo en que es conveniente conocer un poco de la biografía de la autora antes de leer el libro para luego poder ir situándose. O también leer tu reseña pues lo has contado muy bien.
    Besos

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    1. Este libro es un auténtico ejercicio de transmutación emocional transitoria, en el que debemos mutarnos en la escritora durante sus 155 páginas para poder conocerla, entenderla. Y merece la pena pues el libro es tan bello que va mucho más allá de una visión del amor. Su lirismo, su música, su ira, su desgarro enriquece a cualquier independientemente de nuestros conceptos vitales.
      Muchas gracias por tu visita y por tus bellas palabras, Lorena.
      Un besote

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